El síndrome del espejo

Vivimos rodeados de espejos, de pantallas de móvil, de ordenadores, de televisiones en esta la que llaman era 'ultramoderna', donde la búsqueda perpetua de la belleza es una de las obsesiones más frecuentes en los países del primer mundo. Jesús J. de la Gándara explica el porqué de ello y propone soluciones para aprender a aceptarse.

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'Cada espejo, cada pantalla, cada escaparate es un lugar en el que nos vemos, miramos y comparamos. Son los jueces insobornables de la belleza y la fealdad. Tan mágicos y sinceros como taimados y peligrosos', esta es una de las afirmaciones que hace Jesús J. de la Gándara, psiquiatra y escritor, en su libro El Síndrome del Espejo, además del centro de sus reflexiones. 

Este relato trata sobre la excesiva preocupación por la imagen que hoy en día se considera como una de las 'enfermedades' propias países ricos, convirtiéndose en objeto de infelicidad de la sociedad en la que vivimos. 

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Buscar la belleza en los demás y nosotros mismos es natural y biológicamente lógico 'lo bello es lo que nos gusta. Lo que nos gusta nos hace gozar. Lo que nos hace gozar nos parece bueno, y deseamos poseerlo', así indica Umberto Eco en 'Storia della bellezza'.

Cuando algo nos gusta, nos quedamos 'embobados' mirándolo porque en nuestro cerebro hacen aparición una serie de drogas internas muy placenteras a las que es muy difícil resistirse: la dopamina y las endorfinas.

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Y si nos remontamos más atrás, buscamos la belleza porque la relacionamos desde un inconsciente primitivo con la salud, con lo bueno, con éxito, la felicidad y en definitiva con más posibilidades de descendencia. Hasta ahí todo se conoce.

Nuestra mente, como podemos observar con la mayoría de pensamientos innatos que tiene el ser humano hoy en día, ha evolucionado desde los primeros homínidos, pero el ámbito socio-cultural lo ha hecho mucho más rápido que ella, lo que ha generado varios problemas como son los trastornos de la conducta alimentaria (TCA).

Hablamos de TCA cuando nos referimos a anorexia, bulimia, o trastorno dismórfico corporal, esta última significa verte horrible en el espejo cuando realmente no lo eres, lo que explica de la Gándara en un fragmento: 'El descontento con la propia imagen física genera disminución de la autoestima, ansiedad, depresión y trastornos alimenticios. Y no queda ahí la cosa, hay estudios que dicen que los hombres más altos tienen mejores puestos de trabajo y ganan más dinero (...), otro norteamericano demostró que las mujeres obesas ganaban un 5 por cientos que las delgadas, (...) y otro que las personas más bajas tiene mayor riesgo de suicidio'. 

Muchos asocian estas frustraciones y trastornos con la imposición de 'ideales de Photoshop' que dictan la industria de la moda y de la publicidad, pero está demostrado que existen más factores que cooperan al mismo nivel con esta razón como el biólógico (la herencia del tipo o peso es entre un 40 y 66% genética), el psicológico (conflicto o miedo a hacerse adulto, a la sexualidad, muy relacionado con la anorexia), los conflictos familiares y los problemas en las relaciones sociales (el querer ser como los demás para 'encajar'). 

Actualmente la delgadez saludable es el patrón biológico y social que se asocia con una mejor calidad de vida, longevidad y posibilidad de descendencia. Por eso, la obesidad, que fue un canon lógico en otras épocas de largas hambrunas donde había que acumular reservas para sobrevivir, es traducida como 'inutil' de manera inconsciente en nuestro cerebro, un órgano que sigue siendo muy primitivo en ciertos aspectos y que no entiende por qué hay que acumular tantas reservas si ahora la comida es tan fácil de conseguir acudiendo a la nevera. Es lo que se conoce como 'genoma lag' o retardo genético, es por ello que muchos cuerpos tienden a coger peso de más como conducta natural. 

El escritor propone acudir a un especialista cuando se trate de una TCA, pero cuando hablemos de disconformidad leve, hay métodos que ayudan a aceptarse poco a poco como intentar ser empático con la propia imagen y no juzgarse tan duro, mirar al espejo como quien mira a un amigo al que quiere y reforzar los puntos positivos, reírse de uno mismo, aceptar los defectos e intentar mejorarlos con moderación y no caer en los excesos.

Lo perfecto no existe, y las imperfecciones a veces son lo mejor