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Una larga carrera

Coordinación y texto: Olga Chicot - 07-04-2010

Ya a los 45 años contaba en su haber con los máximos galardones, incluído el llamado Oscar de Arquitectura, el Premio Pritzker (1995), además de, entre otros, la Medalla de Oro de la Academia de Arquitectura Francesa (1989), la del Real Instituto Británico de Arquitectos (1997) y prácticamente todo premio de consideración que se pue­de ganar en su país. Sin embargo, quizá uno de sus ma­yores éxitos fue la prueba de calidad a la que se vio so­metido su Rokko Housing (1981-83), un complejo de apar­tamentos en la Bahía de Osaka, sacudida por un fuer­te terremoto en 1995. Ninguno de sus edificios se vio dañado. Tadao Ando donó, además, el dinero recibido por el Premio Prizker para las víctimas de la catástrofe.

Toda la obra de Ando es de una coherencia extraordinaria y fiel reflejo de su filosofía; un edificio nunca puede ser creado con independencia de su entorno, jamás debe de ser una invasión en un paisaje o enfrentarse a la cultura tradicional de un país. Además, en toda su obra se impone la necesidad de encontrar un lugar de recogimiento y el contacto con la naturaleza re­sulta esencial, sea en un proyecto como el Maritim Mu­seum en Abu Dhabi o como el de la isla Awji en el que la arquitectura se integra en el bosque. El edificio nunca debe acaparar demasiado la atención, sino fundirse con el entorno en el que se encuentra y de­jar que el viento y la luz lleven la voz cantante. Lo consigue con proyectos am­plios y de aspecto sorprendentemente simple, claramente elegantes, pese a las se­veras líneas que los forman y los pocos materiales de los que hace uso. Pese al éxito, su arquitectura no ha sufrido cambios y se mantiene fiel a sus principios y aquel joven, que aprendió arquitectura viajando para estudiar en directo las obras de los arquitectos más importantes, se en­cuentra en la cumbre de la arquitectura moderna casi sin salir de Osaka y es a él a quien ahora se visita.