Jean Paul Gaultier, L'homme magnifique

Del corsé como fetiche a la cima de la Alta Costura. Sus diseños llevan más de 40 años revolucionando la manera en que vestimos. Su última invención llega en forma de perfume... que vivirá más de un escándalo.

Jean Paul Gaultier (Arcueil, Francia, 1952) asegura que los momentos más importantes de la vida tienen relación con dos cosas: los olores y aquello que sucede alrededor de una mesa. «Y justo este es uno de ellos», dice mientras se abren las puertas del ascensor de su sede monumental en la parisina rue Saint-Martin y nos adentramos en la cocina, donde su chef particular nos espera. Hoy ha preparado una sopa fría de remolacha, pescado al vapor y un canutillo de helado de limón. «Intento cuidarme. Antes de la moda, lo mío eran los fogones. Ahora sólo soy bueno comiendo». Gesticula con energía, exagera sin complejos y se parte de risa cuando detecta un exceso de seriedad en sus reflexiones. Está radiante. Acaba de presentar su propuesta de Alta Costura para invierno y su nuevo perfume, Scandal. «Los periodistas siempre me obligáis a recordar cosas que tenía olvidadas. Para qué quiero psicólogos si os tengo a vosotros. ¡Y me sale gratis la sesión!», explica mientras enumera a los que le ayudaron a llegar donde está: su madre, que lo vestía con jerséis de rayas; el director Rainer Werner Fassbinder y su película Querelle (1982), que lo inspiró para sus tops marineros; el diseñador Pierre Cardin, que lo fichó a los 18 años; la modelo argelina Farida Khelfa o Mado­nna, que globalizó sus diseños. Más allá de su virtuosismo técnico y de una imaginación desbordante, a lo largo de sus 40 años de profesión –fundó su casa en 1976–, ha ofrecido una visión abierta de la sociedad, un mundo de locura, sensibilidad, ironía y sorpresa donde cada uno puede reafirmarse tal y como es. «Mi abuela Marie vino a mis primeros desfiles. Ella es el germen de mi vocación. Era una especie de enfermera multiuso que recibía a mujeres en la consulta que tenía en casa. Ponía inyecciones, leía las cartas y hacía masajes. Yo me sentaba hipnotizado a disfrutar del ritual y dibujaba a esas señoras dos veces: una, al entrar a la consulta, y otra, al salir, convertidas en Brigitte Bardot».

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Entonces, ¿allí te diste cuenta del poder transformador de la moda y la belleza?

Junto con mis padres, mi abuela me enseñó a no renunciar nunca y a vivir satisfecho de lo que soy, de mis diferencias. Me gusta cuestionar lo esperado. Como cuando doy de comer a mi gato: en lugar de una lata, yo veo un brazalete africano. Mis músculos ocu­lares están tan desarrollados como los de una mosca.

"Mi abuela me enseñó que nunca debía renunciar y a estar siempre satisfecho de lo que soy, de las diferencias"

¿Y qué me dices de los olfativos?

Soy muy sensible a los olores. ¡En realidad, todo el mundo debería serlo! Nos sentimos atraídos por ellos; te pueden recordar a una persona, a una sensación, a una situación... Por ejemplo, es imposible dejar de ser sensual en un perfume, porque existe una connotación en ellos que te transporta a tu estado más primario.

¿Es eso lo que sucede con Scandal, tu nueva fragancia?

Es igual que yo, dulce y excesiva. Representa a una mujer fuerte, inteligente, poderosa y con un espíritu libre.

De ahí que haya unas piernas en el frasco?

Claro. Porque sirven para caminar, así que personifican la libertad. Es algo que resulta extremadamente necesario hoy en día.

Pareces tener una relación especial con esa parte del cuerpo.

Puede... (guiña un ojo). De crío, mis programas favoritos eran los que se emitían desde el Folies Bergère, el teatro cabaret. Cuando vi esos vestidos por primera vez, a los nueve años, dibujé en clase a una mujer con piernas largas envueltas en medias de rejilla. Mi profesora lo vio, me hizo ponerme de pie, me pegó en los dedos con la regla, me colgó el boceto que había hecho en la espalda con imperdibles y me obligó a pasear por el colegio para que todo el mundo me viera.

"Esta nueva fragancia representa a la mujer libre, poderosa, fuerte e inteligente. Algo que hoy es muy necesario"

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¿Y qué ocurrió entonces?

Lo contrario de lo que ella esperaba. Tras el paseíllo, muchos niños me pidieron uno igual. Solía sentirme rechazado porque me había criado con mi madre y mi abuela, no tenía hermanos, no jugaba al fútbol... Pero aquel día, algo saltó en mi cerebro. Me di cuenta de que podía ser querido y aceptado haciendo lo que quería. Ese era mi pasaporte.

Mantienes esa filosofía desde 1976. Eres uno de los rebeldes con mayor longevidad y aún continúas más cercano a la calle que a los salones. ¿Cómo lo logras?

Puedes ser un poco subversivo dentro del sistema, aunque si lo fueras de verdad, no estarías en él. Yo entré para cambiarlo y transformarlo desde dentro. Uso mi posición para romper fronteras injustas sobre la edad, la belleza o la raza. Para mí no existe una única perfección; es relativa, y la belleza, subjetiva. Mis desfiles transmiten una idea universal: «Puedes ser lo que eres». Será mi lado de Superman de la moda el que quiere hacer la imperfección admirable.

¿Se podría decir que sobra ruido en esta industria?

Hoy, tenemos demasiado de todo: líneas, colecciones, marcas... También hay un exceso de revistas supeditadas a lo que dicta la publicidad, de películas y de canales de televisión. Zapeo constantemente porque me da miedo perderme algo, y es entonces cuando no veo nada de verdad. No es fácil pensar ante tanta variedad. No hay pausa.

Azzedine Alaïa ha dicho que en este sector ahora mismo se exprime a los jóvenes para luego desecharlos.

Tiene razón. Uno de sus vestidos de los 80 sigue valiendo hoy. ¿Por qué? Porque hace falta tiempo para crear algo que perdure. Estamos obsesionados con lo nuevo. Es imposible reinventarse por completo cada seis meses. Yo creo en la evolución, en no descartar las ideas a los cinco minutos. Pero vivimos en un mundo tan caótico que todo tiene que ser rápido. No le pides a un escritor que publique un libro cada semestre o a un cineasta que ruede cuatro películas al año. Se necesita espacio para contar una historia. Y hay que ser realista: esto no es arte conceptual. Lo que la moda hace es reflejar su tiempo; somos testigos, espejos. Nunca he querido provocar por provocar. Los creadores deben expresar lo que sucede en la sociedad. La ropa, como la vida, se muestra llena de posibilidades, y lo bonito es abrazarlas.

"Tenemos demasiada obsesión con lo nuevo. Creo en evolucionar, y no en que, cada seis meses, me reinvente"

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¿Es importante poder no hacer?

Sí. En especial para alguien como yo, que tiene ganas de crear mucho. La relevancia de un trabajo artístico está en lo que el autor dejó de realizar. Se necesita valor para detenerse.

¿Y tú conseguirías algo así?

¡Ni loco! No sé quedarme quieto... ni quiero.

¿Cómo llevas las críticas?

Bon, aún me afectan. Cuando mostramos nuestro trabajo nos transformamos en gladiadores esperando que el pulgar suba o baje. No es fácil, aunque hay que aceptarlo. Yo me siento desnudo frente a vosotros y, al mismo tiempo, es lo que he escogido, así que puedo parar cuando quiera. Admito que resulta difícil bajarse una vez que está en marcha el engranaje y que las expectativas son tan altas.

"Como no he tenido hijos y ya no habrá más Gaultiers, me reconforta que la firma que he creado me sobreviva"

Tus creaciones han mejorado desde 2014, cuando decidiste trabajar en exclusiva la Alta Costura?

Sí, porque tengo más tiempo. El resultado es más positivo, y me siento seguro con cada colección. No tengo formación académica, todo lo aprendí mirando, leyendo y absorbiendo la revista ELLE. Fue mi libro de texto. Cuando empecé, hacía muchas prendas, pero todo era fluido. Después, añadí la Costura, hombre, niños, Hermès (fue su director creativo siete años)... Al final, te vuelves loco.

¿Te consideras un defensor de las mujeres?

¡Las venero y admiro a ultranza! Cualquier debate o tendencia contribuye a ampliar la mentalidad de la gente. La vida hace que la sociedad evolucione, y la moda lo refleja. Necesitamos luchar contra la injusticia y cambiar los prejuicios por diferentes cauces; militar en el feminismo con actuaciones diarias y despojar a la palabra de connotaciones negativas para reinventar su significado. Es el primer paso hacia la igualdad.

"Uso mi posición para romper fronteras injustas sobre la edad, la belleza o la raza. No existe la perfección. Mis desfiles transmiten una idea: puedes ser lo que eres"

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¿Tú eres un activista?

En absoluto. Es una palabra que no me convence. Un activista es alguien que podría llegar a morir por una causa, y yo no tengo intención de matarme por ninguna. La responsabilidad de un diseñador no tiene que ser desmontar clichés. Me dedico a interpretar el espíritu del tiempo. Ese es mi rol: seguir el momento y sus efectos. A mí lo que me gusta es la ropa, porque en ella hay alguien dentro.

¿Cómo logras anticiparte al tiempo que te ha tocado vivir?

Somos sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor. En los 80, propuse el corsé por una suma de factores; no hubiera sido posible sin el precedente de las mujeres quemándolo para reclamar la igualdad. Por otra parte, estaban los bustiers de los que solía hablarme mi abuela. Para ese momento, lo provocador ya no era desnudarse, sino recuperar esta pieza, pero llevada como elección, y no por obligación.

Ahora, con tantas protestas, ¿aún tienes en qué inspirarte?

Desde luego. Aunque no sé cuál será el resultado de todo esto; sólo sé que el cambio está aquí. Y lo que sucede con las religiones... La gente se siente perdida.

Ya lo predijo André Malraux...

Que «el siglo XXI será espiritual o no será». Esa sentencia inspiró mis Rap Prayers (1990). Quería hacer un homenaje a la diversidad, y desfilaron desde monjas a raperos. Eso culminó en la colección Chic Rabbis (1993). Estaba en Nueva York cuando vi salir de la Biblioteca Pública a un grupo de rabinos. Los encontré tan hermosos, tan estilosos, con sus sombreros y sus enormes abrigos al viento, que tenía que hacer algo con ello. Era una escena fantástica.

¿Ser fiel a uno mismo es una forma de elegancia?

Las minorías que se mantienen unidas se ganan el respeto de todos. La película Pane e cioccolata (1974) analiza bien ese tema. Trata sobre un italiano que emigra a Suiza; se tiñe el pelo, cambia de modo de vestir... Hasta que, un buen día, viendo un Suiza-Italia de fútbol en un bar, su selección mete gol y él salta de alegría, descubriéndose.

¿Ese ejemplo es tu guía vital?

Mentir e intentar ser otro es renunciar a tu persona. Y sé de lo que hablo: de pequeño me inventaba historias porque en el colegio me hacían de menos, se burlaban de mí. Yo no tenía un porte masculino, y era una pesadilla cuando había gimnasia. No me iban esas cosas de macho, las detestaba. Si el profesor decía: «Gaultier, quédate allí», el resto gritaba: «¡Mira el mariquita!». Crear era una válvula de escape para que la gente creyera que era interesante.

¿Sigues disfrutando de la moda como espectador?

El día en que deje de hacerlo, abandono mi trabajo. Lo amo porque sigo jugando a esos mismos pasatiempos con los que disfrutaba ya de pequeño: dibujar y soñar.

¿Cuáles son ahora tus expectativas?

Seguir imaginando. Si mi equipo no cree en mi visión, no puedo hacerla realidad. La moda es libertad. Mi personal es mi equilibro, mi gimnasio... Mi ecología mental.

"Venero y admiro a las mujeres. Necesitamos luchar contra las injusticias, militar en el feminismo con actos diarios y cambiar los prejuicios"

¿La fe en los sueños es el motor más poderoso?

La lección más bella viene de John Galliano, un gran amigo. Además, de su inmenso dominio técnico, confiaba en ellos. Cada uno de sus modelos en Dior era una historia, y él estaba tan dentro que todos la veíamos. Aún sostengo que fue muy raro lo que le pasó.

¿Has pensado en tu futuro?

Te voy a contar algo que es bastante cursi: mis padres están muertos, y hoy solamente mantienen nuestro apellido mi tío, su mujer y su hija, que no puede ser madre. Como yo tampoco tengo descendencia, y parece que no habrá más Gaultiers, me reconforta la idea de que mi firma, gracias a un grupo tan familiar como Puig, me sobreviva... Como si fuera parte de una dinastía.


Su último perfume Scandal, su inspiración, cómo se convirtió en diseñador o la primera vez que se emborrachó. Jean Paul Gaultier nos cuenta todos sus secretos.

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