Primer plano

Así fue nuestra cita con Elena Anaya.

Su mirada bicolor, verde y castaña, ha reflejado en el universo de las mentiras muchas emociones de las de verdad. En su mayoría doloridas, arriesgadas y hasta invadidas de cierto aire turbio. Empezó a hacerlo en 1996, en la película 'África'; continuó en 'Familia' (también en 1996) y siguió en 'Lágrimas negras' (1999), 'Lucía y el sexo' (2001), 'Habitación en Roma' (2010), 'La piel que habito' (2011, su Goya a Mejor Interpretación Femenina Protagonista), o en la todavía inédita 'Lejos del mar' (2015), por recordar algunas. E insiste en 'La memoria del agua', una durísima historia de pérdida que ha rodado en Chile a las órdenes del director Matías Bize y que se estrena el próximo 5 de agosto. Por su personaje, Amanda, ha sido nominada a los Premios Platino, que reconocen a los profesionales de la industria audiovisual iberoamericana.

Sin embargo, Elena Anaya (Palencia, 1975), menuda gran actriz de proyección internacional, también se ha divertido. Por ejemplo, encarnando a una de las novias de Drácula en la superproducción 'Van Helsing' (2004), convertida en el objeto de deseo de Justin Timberlake en el videoclip de la canción 'SexyBack' (2006), metiéndose en la piel de un personaje misterioso (misterioso porque no nos lo puede contar) en otro 'blockbuster' hollywoodiense ('Wonder Woman', que no llegará a los cines hasta 2017) o en su primera incursión en el cine familiar, 'Zipi y Zape y la isla del capitán', segundo largometraje de una saga lúdica, ambiciosa e inteligente dirigida por Oskar Santos y en la que pone rostro a la mala malísima: la señorita Pam, dueña de un minimundo lleno de niños huérfanos para los que ha ideado un su géneris país de Nunca Jamás.

«Cuando me llamaron para colaborar venía de trabajar en tres películas muy difíciles, oscuras y tristes. Vi la primera entrega, Zipi Zape y el club de la canica, con hijos de amigos y se lo pasaron bomba. Y me divirtió la idea de asumir un papel en el que no tenía que sufrir», admite entre risas. A Elena, una mujer extremadamente educada, entusiasta del yoga y fan de la bicicleta para moverse por la ciudad, le gusta más hablar de sus personajes que de su vida. Antes de intercambiar cualquier confidencia, se nota que se protege, se piensa un rato lo que va a decir y mide cada palabra. Pero, a pesar de eso, abre una rendija para que nos colemos en su intimidad.

Ya llevas dos décadas en la industria del cine. ¿Te lo crees?
Uf (risas), ¡claro! Es que no me queda más remedio. Tengo 41 años y empecé en este mundo a los 19.

¿Cuál es tu primer recuerdo laboral?
La prueba de casting de 'África'. Fue la primera de mi vida, y salí de ella con el papel protagonista en la mano. Mentí como una bellaca para conseguirlo porque sólo convocaban a gente de 15 y 16 años. El problema surgió cuando el director dijo que debían venir mis padres a firmar el contrato; tuve que confesarle que no hacía falta, que yo ya era mayor de edad, y se quedó de piedra. Me pidió que guardásemos el secreto durante el rodaje, así que no me quedó más remedio que inventarme una nueva biografía de cara al resto de mis compañeros porque una niña de 16 años no está en Madrid estudiando y compartiendo piso con dos amigos (risas). Desde entonces he ido acumulando momentos muy bonitos que me han llevado a sentirme agradecida tanto a la vida como a las personas que han hecho posible todo esto.

¿Por qué en tu filmografía abundan los dramas?
Pues debe de ser porque tengo cara de sufrimiento constante. Me llegan guiones, los leo y, de pronto, me topo con un personaje increíblemente apetecible que forma parte de una película muy triste. Pero, claro, el rol me ha enganchado y ya no puedo decir que no.

'Zipi y Zape' marca un paréntesis en tus tragedias. ¿De niña eras lectora de tebeos?
Sí, sobre todo de los Zipi y Zape, precisamente. Me gustaban más que los de Mortadelo y Filemón, por ejemplo. Supongo que era por sus gamberradas.

¿Ir al cine con toda la familia es una costumbre en desuso?
Creo que no. No tengo hijos, pero sí sobrinos, y ellos quieren acudir con sus padres. Y cuando sus padres no pueden acompañarlos, ahí estamos todos los demás. Yo soy de salas pequeñas, de pelis en versión original; sin embargo, cuando me toca ir con mis sobrinos a unos cines grandes, veo que se forman unas colas tremendas.

Mencionas a tus sobrinos. ¿Qué es lo mejor de ser tía?
Que puedes ser amiga de los pequeños y darles la libertad de hacer gamberradas, cosa que sus padres no pueden permitirse. Eso sí: luego hay que diseñar una buena justificación para explicarse ante los mayores (risas).

¿Qué supone para ti la familia?
La mía es lo mejor y lo más importante que me ha pasado en la vida. Todo lo que soy, es decir, las raíces, los cimientos y el fundamento de mí como persona, está ahí.

¿De pequeña eras una niña tirando a tranquila o dabas mala vida?
Digamos que fui peculiar, pero en ningún caso fui traviesa. Me enseñaron a crecer en la libertad, y eso me aportó una perspectiva de la vida realmente bonita, diferente de la de otros niños. He tenido los mejores padres posibles. No eran de los de «tú haces lo que yo te diga y de aquí no te mueves»; me educaron en el cariño y en el respeto, me escucharon siempre, me brindaron la oportunidad de soñar y fomentaron que creyese en la vida de una manera incondicional.

¿Has padecido el síndrome de Peter Pan?
¡Qué va! A mí me encanta crecer. Que la vida pase y que sucedan cosas. Lo bueno de ser adulto se llama experiencia. Está claro que la existencia tiene un final triste y terrible, pero eso te conecta aún más con la idea de que hay que exprimirla al máximo; debes decidir cómo quieres hacerlo y también qué quieres conseguir en tu día a día.

Si pudieras meterte en una máquina que te trasladase al pasado, ¿a qué edad te gustaría regresar?
¡Cada diez minutos me iría a una! Volvería a la edad del juego, a momentos de máxima felicidad junto a mi madre, cuando cortábamos el césped y formábamos montañas de hierba sobre las que nos tirábamos. La imaginación y los recuerdos sensoriales y emotivos son muy poderosos, y mi trabajo me ayuda a volver a ellos. Esa sería mi máquina, ahora que lo pienso...

Está claro que la imaginación no la has perdido.
No, ¡tengo el depósito lleno desde pequeña! Lo que también ha ido a más con los años ha sido la prepotencia. A veces piensas que puedes con todo; luego te das cuenta de lo absurda que eres: la vida no da para tanto.

¿A qué dedicas las esperas entre un proyecto y otro?
Hace años me di cuenta de que es importante aprovechar bien los tiempos libres para prepararse. Y, cuando terminaba los rodajes, volvía a la escuela, me matriculaba en cursos. Lo necesitaba. Y lo necesito. Sigo formándome. Cuando no soy actriz me entrego la vida que me gusta, a disfrutar de las cosas sencillas, que es como me han educado. Me encanta cocinar; coger el carrito de la compra y salir al mercado es sinónimo de una mañana perfecta. Pasear por el parque, ir al cine o quedarme en casa con un libro... Disfrutar del tiempo libre sin deberes.

¿Sigues colaborando con Greenpeace y Acnur?
Sí, y de una manera muy activa para todo lo que necesiten. El tema de los refugiados me impresiona y me indigna. Estamos viviendo la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Hay gente que lo ha perdido todo y necesita que otros estemos ahí para contarlo. Green­peace me llamó para apoyar la campaña Salvemos el Ártico: las tres cuartas partes del volumen de su hielo se han deshecho. Su ecosistema es muy frágil y no podemos perderlo. Lo que ocurre ahí nos afecta irremediablemente. Todavía no se ha logrado proteger el diez por ciento de las aguas internacionales. Se conseguirá. Ya hemos reunido ocho millones de firmas en todo el planeta. Proteger la Antártida exigió siete años de lucha; aquí sólo llevamos tres. Poco a poco...

Cuando vais a la escuela de interpretación, ¿os enseñan a lidiar con la idea de llegar a convertiros en un icono que adorne camisetas?
Qué va, ¡para nada! Te diría que ocurre más bien todo lo contrario. Pero es que, si algo así se te pasa por la cabeza, ¡menuda presión! Al menos en mi caso... Hasta en eso ha influido también mi familia. Soy la pequeña de la casa, así que lo más normal es que me digan: «Elena, ¡a poner la mesa! Aquí nadie se libra». Eso no casa con ser un mito para nadie (risas). Me siento muy querida por el público, eso sí. Y lo tengo en cuenta a la hora de elegir mis trabajos. Pero nadie llevará una camiseta con mi cara.

¿Y tú de quién llevarías la camiseta?
(Risas). De nadie. No soy mitómana. Aunque sí te confieso que tomarme un vodka con Cate Blanchett en el bar de los Oscar fue mágico. Teníamos la misma representante, estaba en Los Ángeles por casualidad y me invitaron a la gala. Fue muy rápido; le dije lo bonito que era su collar, me contó de quién era... En fin. Un ratito para mí inolvidable. Y otro, rodar con Bryan Cranston. En el set de 'The Infiltrator '(sin fecha de estreno en España), no paraba de mirarlo. No por mitomanía, sino porque tenía delante a un actor tan bueno, tan bueno, tan bueno que no podía creérmelo.

'La memoria del agua', tu siguiente estreno después de Zipi y Zape, es un drama tremendo. Cuando ruedas, ¿influyen las películas en tu estado de ánimo?
Tienes que llegar a una fragilidad muy grande y romperte muchas veces para que lo que se aprecie en pantalla sea verdad. En el caso concreto de La memoria del agua, la trama me afectó psíquica y físicamente. De la historia me interesaba en especial cómo a veces una pareja intenta de todas las maneras posibles salvar su relación. Y, cuando es que no, lo mejor es aceptarlo y acabarlo. Ha sido la única vez en la vida que me ha podido un trabajo. Era un momento difícil para mí y el dolor es una acción física que desgasta lo más profundo de tu ser. Filmé en Chile, en pleno invierno, durante ocho semanas. Y una mañana, al levantarme, ni siquiera podía mantenerme en pie; estaba mareada, no veía bien, y pasé todo el día tomando agua de té para no desmayarme. Rodé y aguanté hasta que pude ir al hospital. La médico me dijo que estaba agotada y deshidratada y me puso una vía, pero aun así tuve que regresar al set. Fue algo que hoy no haría; me quedaría en cama. Allí me sentí muy sola, la película era muy difícil, el país me costó mucho y todo me pudo. Cuando cogí el avión de vuelta a casa lloré como nunca antes en mi vida.

¿Ahora qué le pides a tu futuro?
En la noche de San Juan salté 20.000 hogueras y pedí deseos uno detrás de otro. No te los voy a contar (risas). También me desprendí de unas cuantas cosas. Pido que estemos todos bien y que tengamos una buena vida.

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