Hora de sentarse: Un culto a la silla

A lo largo de la historia, la literatura ha generado anécdotas alrededor de los asientos dignas de ponerse negro sobre blanco y aquí nos hacemos eco de la sillipedia, un blog de Andreu World para leer sentado.

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una silla para el sombrero
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Una de las normas de la etiqueta hispánica, cuando se "rendían" visitas, era demostrar gran admiración por el sombrero del visitante. Los árabes y los judíos que habitan las ramas de nuestro árbol genealógico podrían explicarnos cumplidamente las razones de esta costumbre oriental. "La cortesía que se rinde al sombrero de un caballero particular -observa el gran viajero Richard Ford- es notable, sobre todo entre la gente bien de provincias: no se le permite tenerlo en la mano, ni dejarlo en el suelo. El atento dueño de la casa se esmera en este rito de hospitalidad fundamental, coge el sombrero -salvando cualquier débil resistencia de su huésped-, lo deja sobre un cojín o lo coloca encima de una silla reservada para él... El viajero, si quiere ser muy cumplido y muy formal (palabra ésta que no tiene el mismo significado quisquilloso que en inglés) debe recordar que, cuando un español vaya a visitarle a su casa, tiene que quitarle el sombrero nolens volens -si quiere mostrarse atento- y ponerlo, como si fuera un cristiano, en una silla para él sólo".

sillón orejero
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Un buen sillón es un signo distintivo de autoridad. Antiguamente reservado al patriarca, hoy las mujeres deberían proclamar su conquista de la igualdad, sentándose en el sillón orejero de la casa. Curiosamente, el más famoso de todos los sillones orejeros –fabricado en Italia desde 1912 por un artesano turinés llamado Renzo Frau- tenía un nombre femenino (la "poltrona Frau"). Tapizados con piel lisa o capitonnée, los sillones Frau crearon un estilo inolvidable en las casas burguesas. Se convirtieron en un símbolo de bienestar y de poder. Su publicidad era también original, ya que se anunciaban con un póster en el que se veía al Padre Eterno sentado cómodamente en una poltrona, con la leyenda: "Y el séptimo día descansó... en un sillón Frau".Que los chicos de Barcelona acabaron viajando a los USA, donde vivieron una experiencia que no sólo les resultaría realmente inolvidable, sino que les permitiría incorporar a su currículum una nota de excelencia, que en el futuro les resultaría muy útil a la hora de encontrar trabajo.

la silla de los genios

Salvador Dalí calzaba un 41; pero cuando pintaba, para estimular su inspiración, utilizaba zapatillas más pequeñas, concretamente de la talla 38. La incomodidad activa el ingenio. Goethe se sentaba a escribir en su casa de Weimar en un caballete de madera, parecido a los "caballos con aros" que utilizan los atletas en los Juegos Olímpicos. Rilke escribía de pie, en un pupitre alto, recitaba también de pie, y sólo se sentaba para leer. Y en el Achilleion –el palacio que construyó Sissi en Corfú- se conserva el despacho que utilizó el Kaiser Guillermo II, con una especie de silla de montar donde se sentaba a escribir.

Manuel de Falla

Manuel de Falla, el compositor español, era muy hipocondríaco. No tenía una complexión fuerte, pero además sufría de pequeños trastornos (cefaleas, desarreglos digestivos y dolores reumáticos). Era tan aprensivo que tenía incluso miedo de los abrazos enérgicos que le propinaba el pintor Zuloaga, que era un vasco de fuerte complexión. Zuloaga contaba cómo fue a visitar a Falla en Granada, y la hermana del músico le advirtió que no se acercase a abrazarle, porque estaba muy débil. Zuloaga se lo encontró rodeado de sillas, protegido en un verdadero búnker, mientras le alargaba la mano, para que Zuloaga no le pudiese abrazar, y le decía:¿Cómo va usted, don Ignacio? Ya me ve, entre mis dolores de cabeza y mis enfermedades crónicas, yo apenas tirando: así así...

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