Mucho más que mosaico

​Diversas culturas, occidentales y orientales, han dado protagonismo a los suelos, utilizando el mosaico como técnica, y éstos han sido fuente de inspiración de los más sorprendentes creadores.

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Me recuerda el novelista y crítico de arte Javier Montes que a Marcel Proust no sólo le despertaba la memoria la famosa magdalena. También es transportado a otros tiempos y ámbitos por el contacto de sus labios con una servilleta almidonada o el sonido del chocar de una cuchara contra un plato de porcelana. Pero la más llamativa de estas evocaciones es la del momento en que tropieza con un saliente en los adoquines del suelo al llegar a una fiesta en el patio de la princesa de Guermantes. En ese momento, Proust revive la ocasión en que dio un traspiés en el Baptisterio de San Marcos en Venecia y la impresión causada por aquel resplandor dorado de ese lugar fascinante. Muchos nos hemos quedado impactados en la visita a ese monumento, en el que los suelos cuentan historias mediante la combinación de simbólicos animales -como el del pavo real, que representa la inmortalidad cristiana-, que conviven con pavimentos de diseño totalmente geométrico.

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Dos opciones, figurativa y geométrica, que se cruzarán a lo largo de la historia sin que una disminuya ni anule el interés de la otra. Diversas culturas, occidentales y orientales, han dado protagonismo a los suelos, utilizando el mosaico como técnica, y éstos han sido fuente de inspiración de los más sorprendentes creadores. El artista belga Wim Delvoye, que de siempre ha usado técnicas asociadas a las artes decorativas, realizó hace unos años los llamados "Marble Floors" (Suelos de Mármol), una serie de suelos de dibujos geométricos basados en los pavimentos barrocos italianos y en los motivos islámicos. Solo que las piezas que los componen son jamones, mortadelas, salchichones y chorizos. No en carne viva, claro (¡qué peste!), sino fotografiados e impresos sobre aluminio. El contraste entre lo perturbador del uso de las imágenes de la charcutería y el armonioso ritmo al que son sometidos en el diseño, crea una extraña y enigmática sensación de una enorme potencia, tanto visual como emocional.

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*Hace unos años, el maestro Gaetano Pesce me invitó a cenar en Nueva York, en un restaurante italiano, claro está, porque Italia y su cultura informa su vida y su trabajo. Su conversación derivó pronto a temas candentes relacionados con el diseño. En este caso, nos acaloramos discutiendo sobre los suelos. Según Pesce, es lo más importante que hay que tener. Yo sostenía que lo más importante era el techo. "¡Sin suelo no hay arquitectura!", clamaba él, "puedes tener el cielo como techo pero necesitas un suelo donde posarte". "Pero es que el suelo se da por hecho", decía yo. "¡Ah, pero qué manía la de los jóvenes de dar las cosas por sentado!". Pesce siempre ha prestado gran atención a los suelos. Según me contó, en cierto momento se preguntó qué significaban los mosaicos para los romanos. Éstos permitían a los dueños de una casa representar su propia historia contada en sus suelos. Lo que Pesce ha hecho ha sido encontrar un material contemporáneo, como la resina, y usarla como elemento de comunicación, al igual que los antiguos romanos. Y a la par, manteniendo ese lado práctico que los mosaicos también tenían, ya que se pueden pisar sin temor. "El suelo tiene que hablarnos", insistía él, y lo hizo durante la última feria de Milán, donde en la exposición "Altra Bellezza" unos coloristas pechos de mujer nos hablaban de una belleza líquida, mutante e imperfecta.