Alice in Wonderland

Entramos en casa de la fundadora de Dolores Promesas.

Casa de Alicia Hernández, creadora de Dolores Promesas

Alicia Hernández (Ali para los amigos) no es una mujer convencional. Inquieta, vivaracha y entusiasta de la vida y de su trabajo, la fundadora de la firma Dolores Promesas prefiere vivir en este piso alquilado en el Madrid de los Austrias a tener una casa en propiedad. Todo un desafío a la mentalidad tradicional, que ella justifica: “Siempre nos han dicho que es bueno comprar, pero veo más ventajas en el alquiler porque así, cuando la casa ya no me aporta nada, me llevo mis cosas y cambio”. Algo parecido fue lo que la llevó, hace unos cuantos años, hasta esta vivienda. “Yo vivía con mi hijo en un antiguo palomar rehabilitado. Pero al conocer a mi chico, que también tenía un hijo, se nos quedaba pequeño. Buscábamos algo por el centro, porque yo soy muy urbana y me gusta moverme andando o en bici, y encontramos esta casa”, cuenta. Situada en un edificio antiguo, a Ali le enamoró por su arquitectura señorial –techos altos, molduras…– y porque estaba reformada con exquisito gusto: los propietarios habían mantenido las contraventanas, la madera original del suelo...

Y además, habían utilizado colores neutros en la pintura de las paredes. Un perfecto lienzo en blanco ideal para que la creadora pudiese dar rienda suelta 
a una de sus grandes pasiones junto con la moda: la decoración. “Soy muy de mezclas” –explica–. 
“Me encanta el terciopelo por su calidez, pero 
también la tela de arpillera. En cuanto a tonos, me gusta 
que la base de la casa sea clara porque da más juego a la hora de cambiar los elementos”. Su hogar está en continua evolución porque, como ella misma confiesa, “cada cuatro años me canso y quiero renovar la deco. No soy sentimental ni cojo apego a las cosas. Creo que cada mueble tiene su momento y su sitio. Si me gusta uno pero no me encaja en la nueva casa, prescindo de él. Lo único que siempre va conmigo es una colección de láminas que compré en un período sensible de mi vida: Los apuntes del viajero, de Fernando Bellver”. Eso, y sus complementos favoritos: las velas y las flores, que renueva cada semana porque le aportan serenidad. 
“Mi casa es mi mundo interior. En el trabajo soy caótica 
–tengo las telas por el suelo, los botones…– y cuando llego aquí necesito orden y equilibrio. Me da seguridad”.

En su caso, calma no es sinónimo de soso o aburrido ni mucho menos. La clave es que todo está aderezado con una buena dosis de piezas vintage (es fan de El Rastro de Madrid) y de herencia (le encantan los muebles que cuentan alguna historia de su familia), realzados con una estudiada iluminación. “Para mí es fundamental. Puedes tener una decoración fantástica pero si la casa está mal iluminada, se la carga. Por eso recurro a lámparas de apoyo, cuya luz es más cálida y acogedora que la de los modelos de techo (éstos los pongo exclusivamente por estética). Además de los objetos con pasado, Ali hace hincapié en que lo que verdaderamente da alma a su morada es “que todo se usa y está vivido”. La diseñadora lo tiene claro: “El tiempo que paso en mi casa lo dedico a disfrutarla. Soy muy casera. Me encanta estar tumbada en el sofá viendo una peli, cocinar… Eso sí, el día que me da la neura lo cambio todo de sitio… ¡para acabar colocándolo igual que estaba! (Que levante la mano quien no haya hecho lo mismo). El centro neurálgico, sin duda, es el salón, un espacio amplio dominado por un espectacular sofá turquesa (que en su día era gris y ella retapizó) y las obras de arte. Como explica Ali, “es la estancia más familiar, donde nos juntamos todos, y me resulta muy confortable por las alfombras, las velitas… Es el momento en el que siento que hay hogar”. Unos metros más allá, en el dormitorio, es donde reside el auténtico secreto de su estilo. En este templo fashion, la creadora exhibe algunos de sus bienes más preciados, ya que joyas y complementos varios quedan a la vista. Una cuestión de funcionalidad: “Como siempre voy con prisas, los muebles de cristal me permiten ver las cosas de un vistazo”, cuenta. Y puntualiza: “No me gusta guardar los objetos pequeños en cajones, porque luego no los encuentro”. Tampoco le gusta el estilo industrial ni el retro “tipo Cuéntame”. “Me aburre lo que se masifica”, sentencia. “Por ejemplo, en su día compré unas cabezas de ciervo de cerámica que me encantaban, pero ahora que las tiene todo el mundo, ya no me hacen tanta gracia… aunque son súper prácticas para colgar collares”. De hecho, ya está pensando en su próxima adquisición: “he echado el ojo a un espejo dorado de Marantikk”. 
Así, en estado de permanente metamorfosis, la creadora va construyendo su perfecta casa inacabada.

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Sereno equilibrio

En el salón, sofá de ante turquesa, diseñado por Alicia, con cojines, de Usera Usera. Encima, 
grabados de Fernando Bellver. A ambos lados, sillones blancos años 20, de 
Antigüedades Román; mesitas de centro, de Maisons du Monde; alfombra, de Berbería, y lámpara de pie, de Vintage 4P. Una delicia.

Perfecta simetría

Una gran cajonera, de El Teatro de los Sueños, lleva la vista a este rincón del salón. En el centro, cuadro de Pin Vega, y debajo, letras con el nombre de la dueña, "ALI", regalo 
de una amiga. Lámpara de
pie, de El Corte Inglés, y 
butaca de patchwork, de 
Portobello Street. En la mesa, 
calavera de Aitor Saraiba.

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De todo corazón

Silla de 
terciopelo, de The Point, y camarera y espejo antiguos, de 
El Rastro.

Entre copas

De cristal de Murano, adquiridas en Praga.

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Falsa chimenea

Diseñada por Guille García-Hoz a propuesta 
de Alicia, que quería dar a la casa un toque más cálido. Ciervo, de El Ocho, y velas y flores, de Fransen et Lafite. En la pared, aplique de Vintage 4P, y cuadro, de Cris Hueltes.

Blue velvet

Silla de terciopelo azul, con cojines, de Guille García-Hoz, y cuadro de 
Tàpies, de la galería Guereta.

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Festival de 
canes

En las mesitas, de Vintage 4P, perros del artista Felipao.

Lorito bonito

Es de El Ocho. Vasos de colores, de Guille García-Hoz, 
y botes de cristal, de Almoneda Gamella.

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¡Abuelito dime tú!

Heidi ilustra este juego de café, comprado en el Mercado de Las Pulgas de París.

Vajilla a la vista

En una 
vitrina decapada, de El Teatro de los Sueños.