La noche en la que me empezó a gustar el whisky

Hay un anuncio de la lotería que dice algo así: "Qué calor debe hacer en los áticos en verano y la de ruido que debe oírse dentro de un descapotable". Pues con Sublimotion, el restaurante más caro del mundo, pasa algo parecido.

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Cuando recibí la invitación para cenar en la apertura de su tercera temporada, 9 de cada 10 personas a las que se lo comenté me dijeron que no podía valer la pena los 1.650 euros que cuesta un cubierto y que eso era cosa de rusos ostentosos.

Como estudio estadístico no es serio, pero cabe mencionar que entre amigos, compañeros, vecinos, familiares y gente que pasaba a mi lado alcancé la cifra de muestreo de unos 83 'opinadores'. Claramente me invadió el espíritu ostentoso de los rusos.

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Sólo un pequeño porcentaje aseguró que, si pudiera, lo pagarían con gusto que son los mismos que quieren vivir en un ático y conducir un descapotable.

Yo pertenezco a esa minoría así que cuando la marca de whisky Premium Maxxium España me invitó a pasar una noche en Ibiza en el mayor espectáculo gastronómico del mundo, dije "Sí quiero", aunque yo un whisky entero no me lo he tomado en la vida y tres de las propuestas del restaurante creado en 2012 por Paco Roncero estaban maridadas o creadas con uno: un cóctel de Hibiki con Mangostán, una costilla de Wagyu hecha a baja temperatura durante 15 horas a 75 grados acompañada con una salsa de barbacoa a base de Laphroaig, y un postre de chocolate y cacao con whisky The Macallan Rare Cask envejecido en botas de vino de Jerez.

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La noche comenzó cuando un Range Rover Sport nos recogió en el hotel Hard Rock, nos dio la vuelta a la manzana, volvió a unos metros de donde nos había recogido y nos dejó en frente de un cubo blanco sin ninguna señal. "Esto deber de ser un concepto ruso de diversión", pensé.

Se abrió la puerta y entramos en una mini recepción de un hotel que parecía inspirado en los dibujos de Tarta de Fresa y olía a jazmín y nardos como si aquello fuera un jardín. Allí me hicieron comerme el ticket de entrada, me dieron de comer galletitas y beber algo rosa y acto seguido me metieron en un ascensor con alarmas y sirenas a oscuras donde Los Ramones sonaban a todo volumen: "Hey ho, let's go". "Los rusos deben de ser una sociedad con gusto por el contraste", pensé.

Dentro había una mesa que parecía la de un quirófano y unas luces como de nave espacial y en la pared, mi nombre proyectado sobre una especie de pódium. Ver tu nombre escrito ya sea en una lata de Cocacola como en la pared del restaurante más caro del mundo funciona. Esto es así, para los rusos y para nosotros.

Un camarero muy serio me trajo una caja joyero en la que parecía que iba a haber un anillo de compromiso pero en su lugar me hizo comerme una pastilla como en Matrix que "explotaba" en la boca y me bebí mi primer cóctel de whisky Hibiki. A partir de ahí, comí en el mar con olor a sal mientras me miraban los delfines, olí a pan en mitad del campo italiano, bailé en un guateque, comí tierra a cucharadas y algodón de azúcar que sabía a cacahuete cuando vino el circo, volé por encima de las montañas, comí dentro de una seta y me pintaron un postre que degusté extasiada.

Son 3 horas de experiencia difícil de explicar y buena comida, por supuesto. ¿Vale los 1.650 euros? Me imagino que todo es una cuestión de proporción. Esa cifra es muy superior al presupuesto mensual de muchas personas. Pero si tenéis la suerte de que os inviten, no digáis el calor que hace en los áticos y el ruido que debe oírse dentro de los descapotables.

Sería la noche, sería el espectáculo, la comida o el ambiente, pero afuera, en la terraza privada del restaurante con la pantalla extragrande del Hard Rock y esos aviones que pasan irrealmente cerca de los edificios, me bebí no uno, sino dos whiskys. Pasar una noche en Sublimotion es una gran experiencia para un ruso y para mí. Sólo me queda comprobar que también lo es vivir en un ático e ir en descapotable porque lo que también descubrí, en la noche en la que me empezó a gustar el whisky, es que resaca no deja.