Tamara Falcó: La perfecta anfitriona

Nos cuenta las claves del arte de recibir

Tamara Falcó Home

Llamo a la puerta de su casa, en el madrileño barrio de Salamanca, muy temprano, aunque diez minutos después de la hora fijada. A pesar de que se trata de un rendez-vous profesional, no rompo la norma de urbanidad que a la Tamara Falcó anfitriona —según me confiesa después— más le fastidia que se transgreda: llegar a una invitación antes de tiempo. «Lo encuentro de fatal educación. Siempre hay algún detalle que debes resolver a última hora y el hecho de que te pillen sin tenerlo todo a punto lo llevo mal».

Abre la propia Tamara enfundada en un quimono y con el pelo húmedo envuelto en una toalla. No hay en sus palabras de bienvenida ningún matiz distante. Más bien al contrario: la naturalidad de una joven de mundo que lo mismo pisa barro en Mozambique que alfombras persas en el Palacio Grimaldi. Y que, por encima de cualquier cliché, transmite la energía cálida de la buena gente. «Pasa, pasa», ofrece. Y desaparece hasta su dormitorio.

Menos es más: la segunda bienvenida me la da un salón de líneas limpias, con un sofá de esquina, una chaise longue y una mesa presidida por un retrato de familia (su madre, Isabel Preysler, y sus hermanos). Un biombo decorado con viñetas en blanco y negro separa la habitación principal de la cocina. De nuevo, en la nevera otro recuerdo familiar, esta vez de ella (una niña) al lado de su padre, Carlos Falcó, marqués de Griñón. En la pared, dos retratos inmensos en blanco y negro de sus bisabuelos. «Los paternos», aclara más tarde.

Ese muro, roto por una ventana que llena de luz el ambiente, da paso a la terraza, una azotea inmensa convertida en jardín urbano que es un canto a la felicidad y al buen gusto. Esa maravilla botánica en pleno centro de Madrid es, en realidad, el mayor lujo que descubro en su piso. Ese y el vestidor del dormitorio.

El resto es testimonio de sus gustos y de su estrenada independencia. «Empecé con el jardín en febrero», cuenta con orgullo mientras la cachorra de labrador, Vanille, mordisquea sus pies. «Aún faltan cosas, como una fuente y unos azulejos con la imagen de una virgen. Pero tiempo al tiempo… Al menos ya me he acostumbrado a regar, porque con eso he sido un desastre», confiesa riendo.

Publicidad

¿Formal o informal?

En esa atmósfera boho chic reina para la ocasión una mesa puesta como una oda a la primavera y que armoniza con las preferencias de nuestra anfitriona a la hora de invitar a sus amigos. «Cuando hago cenas en casa me encanta que todo sea muy cómodo; que todo el mundo venga en vaqueros para que las comidas se conviertan en reuniones distendidas.

Pero si convoco en casa de mi madre o de mi padre, me divierte hacer algo más protocolario, porque nos van a servir. Y la gente siempre se anima si se tiene que poner elegante. Me gusta mucho el proceso de organizar —continúa—; escoger el menú, la vajilla, las flores. El arte de la mesa me encanta.

También ir al mercado, ver qué hay y dejarme aconsejar a la hora de adquirir productos de temporada. Es la forma de acertar siempre».

Ojo a los detalles

A una persona acostumbrada a desenvolverse en entornos exquisitos es inevitable preguntarle qué hábitos de familia ha adquirido de cara a recibir en casa. «De mi padre he aprendido a dar la bienvenida con un buen vino. Él es fiel al espíritu mediterráneo y español. Y de mi madre me fascina el arte de la ceremonia. Lo cuida todo. El olor a gardenia en el ambiente. El juego de vajillas y manteles para que todo sea como una sinfonía. Me ha transmitido el disfrute y también la organización en las cenas más formales, en las que los tiempos entre plato y plato son fundamentales. Y en cuanto a los detalles, el consejo de ofrecer siempre aperitivos ligeros para no llegar llenos a la cena». 

Publicidad

Amor 'gastro'

Sus especialidades como cocinera son la repostería e inventar ensaladas. Y se declara gourmande. «Me encanta comer. Por eso tengo que controlarme», dice. Ahora una de sus preocupaciones es la comida sana, así que hoy ha optado por una propuesta ligera, que es también una de las favoritas de su madre: «El arroz de coliflor y pollo caramelizado. A las dos nos gustan los menús light», confiesa. En cambio, cuando es su padre quien la visita, la receta se complica. «Las ensaladas para él son hojas (risas).

Tiene que haber un primero y un segundo. Casi siempre algún plato de cuchara y carne bien hecha».A pesar de su amor incondicional por la buena comida, hay una asignatura culinaria que le cuesta. «Todos los sabores fuertes de mar —revela—. Y las texturas de chicle, como los percebes. Cuando fui a comer por primera vez con el padre de mi ex novio me llevó a tomar ostras: ¡lo pasé fatal!».

Menú

Tamara me cuenta que elige los menús en función de quién vaya a acompañarla. Es fan de las comidas basadas en tapas y ensaladas. Le gusta ocuparse y meter las «manos en la masa». Pero también sabe ser práctica: «Aunque lo hayas puesto precioso, quedas mal si, por querer hacerlo todo, desatiendes a tus invitados.

Los detalles son un plus, pero lo que cuenta es crear un sentimiento acogedor. Una buena comida lima las asperezas entre la gente. Así que en caso de apuro no dudo en encargar los adornos a Floreale ni en pedir un catering a Isabel Maestre».

Publicidad

Sus favoritos

Me puede la curiosidad y le pregunto cuál ha sido el menú que más le ha sorprendido en su vida. «Una fiesta en Saint-Moritz que giraba en torno al surrealismo. Probabas el flan y sabía a pollo, y lo salado a dulce. Todo con formas y colores raros. Fue una experiencia sorprendente. Bueno, no; mentira —se contradice espontánea—. Lo que de verdad me ha sorprendido en mi vida ha sido la cocina de Ferran Adrià. En elBulli, con cada plato tuve una sensación distinta, completa. No hay un chef como él». 

Desenvuelta en el arte del protocolo (aunque ahora admite que hay menos rigidez, salvo en las recepciones en Buckingham Palace, donde ha estado varias veces con su madre), un gesto que le encanta es recibir flores al día siguiente de una cena: «Es un detalle muy español y hace que la anfitriona se sienta especial», analiza. Y, a pesar de su agenda cosmopolita, no tiene ninguna duda: «No hay nada como ir a casa de unos amigos a comer y que la sobremesa se prolongue hasta las siete de la tarde. Ese es el plan perfecto».