Michelle Williams, el rugido tímido

Michelle Williams es la reina del cine 'indie', un talento de rostro dulce y carácter indomable que ha sabido reconstruirse después de la tormenta. Feliz y (por fin) libre, nos recibe radiante en Nueva York.

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La idea era pasear por el barrio neoyorquino de Red Hook, pero llueve a mares y no nos queda más remedio que meternos en la parte de atrás de la cafetería de un supermercado, por donde revolotea un puñado de gorriones. «Pero ¿quién ha dejado entrar a esos pájaros? –pregunta Michelle Williams (Montana, 1980), entre divertida e incrédula–. Qué higiénico...». La actriz, con cazadora cropped de cuero, jersey de lana de cuello vuelto y náuticos en burdeos con borlas («así es como salgo todos los días», dice a modo de disculpa), reside con su hija, Matilda Rose, de 11 años, justo encima del local, en un almacén reconvertido en apartamento de dos habitaciones.

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Sin embargo, no llega a la entrevista directamente desde su piso; viene de ensayar el largometraje musical 'The Greatest Showman', en el que la acompañarán Hugh Jackman y Zac Efron (su estreno en España está previsto para los primeros compases de 2018). «Me entusiasma cantar y bailar. Es imposible que te sientas infeliz mientras lo haces», admite. Entonces, golpea la mesa con los nudillos: «¡Y voy a interpretar a Janis Joplin! Tengo un trabajo estupendo».

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Se trata de una mujer de rostro fino y mejillas sonrosadas, mirada honda, carcajada estridente y gesto amable y tenso a la vez, un ex ídolo teen (a finales de los 90 y principios del siglo XXI fue Jen Lindley en la serie 'Dawson crece') cuya aplaudida carrera en el cine parece un catálogo de personajes femeninos que sufren y que asaltó la cumbre de Hollywood en 2005, cuando encarnó a la conmovedora Alma del Mar en 'Brokeback Mountain'.

Además de un hito en lo profesional, aquel western supuso para ella un punto de inflexión en el terreno privado: comenzó a salir con su compañero de reparto Heath Ledger; juntos, se instalaron en una casa de infarto en Boerum Hill (el área más cara de la ciudad, sin contar con Manhattan) y emprendieron un bonito –aunque breve– proyecto familiar, sembrado de pícnics en el parque con la pequeña Matilda Rose, sesiones de shopping por Brooklyn y escapadas en la línea G del metro a las hipsters calles de Williamsburg.

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Pero la magia desembocó en ruptura amistosa en 2007 y en tragedia el 22 de enero de 2008; ese día, Ledger fue encontrado muerto tras una sobredosis de fármacos. En semejante contexto, Williams sufrió el acoso de los paparazzi («así, con tal exposición pública, era imposible sobrellevar el dolor»), puso tierra de por medio con respecto a su vecindario y se planteó abandonar la actuación. «Lo que quería en realidad era no seguir convertida en el centro de atención».

No dar explicaciones

A Michelle se la ha relacionado con el director Spike Jonze, su colega Jason Segel y, recientemente, el novelista Jonathan Safran Foer. Por supuesto, prefiere esquivar cualquier pregunta en este sentido. «No es que yo posea una inclinación natural a fijar límites –señala con los ojos cerrados y pellizcándose la nariz–. De hecho, el objetivo de mi profesión consiste en mantener abiertas de par en par las puertas y las ventanas para que entren los demás. Sobre cuestiones personales, durante bastante tiempo me negué a conceder entrevistas. Ya he levantado algo las barreras. Sí, me considero menos vulnerable; creo que no corro el riesgo de naufragar emocionalmente cuando doy explicaciones por todo».

De ahí que no muestre reparos en hablar de su infancia y su adolescencia, dos etapas en las que piensa especialmente desde que rodó el drama sobre el machismo en el entorno rural estadounidense 'Certain Women' (aún sin fecha de lanzamiento en España). «Fui una niña plenamente feliz; sin embargo, en la adolescencia dejé de recibir la educación adecuada», explica.

Hija de un comerciante con aspiraciones políticas (se presentó, sin éxito, como candidato a senador por Montana en un par de ocasiones) y de un ama de casa, Michelle rondaba los 8 años de edad cuando se mudó a San Diego con sus padres y su hermana pequeña, Paige; a los 15, se emancipó legalmente y se trasladó a Los Ángeles, donde empezó a participar en audiciones. Fue una época áspera, de propuestas insípidas en telefilms y que ella sintetiza en una frase: «Me encontraba muy, muy sola».

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Hasta que, cumplidos los 17, aquella chica terca, capaz de graduarse en el instituto gracias a un curso por correspondencia, se embarcó en las seis temporadas de Dawson crece, todo un hit en alrededor de 50 países. La experiencia sirvió a Williams para saborear la popularidad y, en paralelo, percibir (y rechazar) el vértigo producido por la fama. «Notaba que había perdido el control en numerosos aspectos de mi existencia, que las circunstancias me dominaban. Sentía un poco de tensión».

Sin ningún plan

El estrés saltó definitivamente por los aires con el fallecimiento de Heath y el azote de la prensa. Michelle y Matilda Rose entraban y salían de casa a hurtadillas. «El mundo entero nos observaba –denuncia la actriz–. Aquello no era vida». Se refugiaron unos meses en una casa de campo en el norte de Nueva York y acabaron asentándose en Red Hook.

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«Aquí nadie nos molesta. Es más, la pequeña pasa por un momento dulce. Jamás he intentado vender la idea de que la maternidad es un camino de rosas, pero sí es verdad que ahora disfrutamos de una especie de compensación poética. El verano de 2016, por ejemplo, lo pasamos genial. Se me había olvidado qué hacer en vacaciones, cómo exprimirlas. Veía que la gente organizaba planes y preparaba viajes y yo pensaba: "¡¿Cómo lo logran?!". Me conformaba con que, sencillamente, las cosas saliesen regular».

En lo laboral, el camino tampoco resultó fácil. Durante el rodaje de la amarga 'Blue Valentine' (2010), donde se colocó en el pellejo de una madre cuyo matrimonio (con Ryan Gosling) se desmorona, «apenas podía formar frases». Se había mantenido un año alejada de los platós y creía que le faltaba naturalidad. «Estaba asustada». Precisamente por eso, en aquel momento encajaba como un guante en el personaje: «Cindy era pura inacción, represión, silencio».

Williams prepara sus trabajos con la misma dedicación que el alumno más aplicado de un curso de doctorado. «Soy igual que una niña en el colegio –admite–: estudio para sacar buenas notas en los exámenes». Le ayuda a no tropezar seguir a rajatabla una máxima de Gustave Flaubert que ella recita con aire ceremonioso: «Compórtate con firmeza en tu vida para ser original en tu trabajo». Orden en casa, cero ataduras en el set y sobre el escenario. Sí, ha aprendido a asumir riesgos. En 2014 (el mismo ejercicio en el que firmó como musa de Louis Vuitton), se enroló en el espectáculo de Broadway Cabaret y dos años más tarde se subió de nuevo a las tablas para brindar una montaña rusa emocional con Blackbird.

Salieron a relucir un coraje y una confianza en sí misma desconocidos, virtudes que palpitan intensamente en el reciente (y aclamado) melodrama 'Manchester frente al mar', por el que ganó su cuarta candidatura al Oscar. «Rodando la película encontré libertad, accedí mejor que nunca a mi propio interior», explica la intérprete, que devora la pantalla en el rol de Randi. «Casi rompo a llorar cuando Kenneth Lonergan –el director– me ofreció el papel. Ponerme a sus órdenes constituía uno de esos sueños que guardas en secreto durante décadas».

Ha dejado de llover, así que decidimos levantarnos, parar en el puesto de quesos del supermercado (Michelle, cliente habitual, me regala un trozo de Midnight Moon, la variedad favorita de su hija) y salir a la calle. Mientras caminamos, me doy cuenta de que Red Hook es un barrio a la última, tan empeñado en ser auténtico que casi parece un decorado. Abundan las barbas milimétricamente peinadas y recortadas, las camisas de Rag & Bone, los artistas con unos ingresos desorbitados y los establecimientos chic en los que se venden whisky artesanal y porciones de tarta de lima. ¿Demasiado artificial?

Le pregunto a la actriz si, en este entorno privilegiado y tan cool, no le preocupa perder su autenticidad. «No, por supuesto que no –responde con rotundidad–. Para mí lo que importa es conservar la esencia de las cosas. Es algo en lo que me he esforzado siempre. En todas mis elecciones, he buscado seguir siendo yo». Nos despedimos. Y, cuando abre el portal de su edificio, aparece Matilda Rose, que la abraza con energía y le explica atropelladamente cómo le ha ido en clase. Michelle sonríe. Presentarle a su hija a un periodista no entraba en sus planes. Pero es que casi nada de lo que le ha ocurrido en estos 36 años responde a un guión.

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