"Ahora celebro la vida con más calma"

Mientras desembala su nuevo disco, 'Lo niego todo', y se prepara para embarcarse en una gira que agota entradas, Joaquín Sabina comparte su casa estudio con ELLE. Así es el hombre cuando descansa del mito.

Sabina tiene 68 años, 18 discos y seis gatos que están por cada esquina. Cuando menos te lo esperas, aparecen y desaparecen como si fuesen esculturas efímeras para activarlo todo con su magia. Saltan con suavidad sobre el tapete de billar del salón, se pasean pegados a la pared de la cocina mientras apuntan con la cola las fotos de viejos amigos, desde Chavela Vargas hasta Gabriel García Márquez, y me escoltan hacia la segunda planta del dúplex de su dueño en pleno barrio de Lavapiés, en Madrid.

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Aquí, el caballo de un tiovivo preside el salón, los relojes de bolsillo enmarcan las puertas y las guitarras cuelgan del techo como farolillos sobre colecciones de vírgenes antiguas y ceniceros de hoteles de cualquier parte del mundo. «Todo está decorado por él. Esta casa es igual que su cabeza», me cuenta Jimena, su mujer, nada más llegar a este hogar a medio camino entre un museo, un teatro, el templo de un chamán y la barra de un buen bar. El poeta de Úbeda aparece con un tequila en una mano y un cigarro en la otra para charlar sobre su nuevo y esperado trabajo, 'Lo niego todo'.

O lo que es lo mismo: un striptease sin miedo al qué dirán sobre sus 40 años de canciones, giras, conciertos, sonetos, bocetos, brindis y algún que otro momento difícil. «Qué bien lo pasamos en Rota haciendo esa entrevista cuando saqué el disco con los poetas después del ictus», me recuerda el ser humano detrás del mito. Ese mismo que, como sus gatos, tiene siete vidas a estrenar una y otra vez para seguir poniéndonos con su música los pelos de punta.

Después de Rota, nos vimos con Serrat en una sesión de fotos donde reíais ataviados con bombín y chistera ante la euforia de una nueva gira. ¿Qué ha pasado desde aquello?

Lo mejor que me ha ocurrido ha sucedido en los últimos cuatro meses. Hasta entonces, estuve dibujando y escribiendo sonetos, pero hacía ocho años que no escribía canciones.

¿Habías perdido el gusto por el escenario y las giras?

No, pero sí por componer y por los estudios. Estaba perdiendo la afición, hasta que pasó una cosa que considero milagrosa: encuentro un nuevo amigo a mis casi 68 tacos. Un músico estupendo, 30 años más joven que yo y que me mete otra vez el virus de entrar en un estudio e inventar. Ese amigo es Leiva. Me ha echado una mano gigantesca en la música, desde los arreglos hasta el sonido. Y en las letras colaboró conmigo Benjamín Prado, así que este disco es de tres y me tiene como un adolescente que se enamora por primera vez.

¿Y cómo es el proceso creativo de tres rockeros juntos?

Mis canciones favoritas han surgido siempre como un torrente. Y aquí han sido todas así. Leiva vino a la nueva casa que tengo en Rota. Estuvo en dos ocasiones; una vez, cinco días; la otra, durante casi una semana. Benjamín también reside allí. En esa convivencia, escribimos prácticamente los 12 temas. Leiva, además, cocina unos huevos cojonudos. Mientras preparábamos el disco, hacía concursos de tortillas con Benjamín y siempre los ganaba él (risas).

¿Dónde grabaste las canciones?

En el estudio del piso de abajo de esta casa. Aquí he metido las voces, entre otras cosas, porque puedo levantarme a las cuatro de la mañana y ponerme a cantar. El resto se ha hecho en estudios grandes, y se ha ocupado de todo Leiva.

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El vídeo de 'Lo niego todo' lo ha dirigido Carmela, tu hija mayor. ¿Cómo llevas que te manden?

Es la primera vez que trabajo con ella. Me aburre mandar, prefiero dejar mi imagen en manos de alguien: no me gusta nada verme. Esta vez, elegí a mi hija porque de verdad me fío de ella. Precisamente, anoche estuve viendo Los del túnel, una película en la que participa como productora. Tengo una confianza ciega en Carmela. Sabiendo lo cabezota que es y lo mucho que se parece a mí en el nervio, estaba seguro de que se iba a jugar la vida. Y la verdad es que le ha quedado muy bonito.

Apoyado en la mesa de billar, ante la mirada de uno de sus gatos.

En 'Lo niego todo', más que desmentir, haces una declaración de principios. Suena a testamento vital.

(Da un trago). Es que lo es. Lo que intento es coger todos los tópicos que me han puesto los periodistas, como juglar del asfalto o profeta del vicio, para darles la vuelta y decir: «Lo niego todo, incluso la verdad». Así que sí; es un trabajo muy confesional, pero siempre como quien se mira al espejo y saca la lengua. Una biografía bastante cínica, porque, en el fondo, también es un disco sobre envejecer.

Háblame de eso, por favor.

Por un lado, tenía miedo. Pensaba: «¡Quién coño quiere canciones sobre envejecer, y menos todavía en la música popular, que es lo que es la música pop!». Luego creí que era mi obligación hacerlo, porque envejecer es, en realidad, lo que más me preocupa. Gracias a Leiva, he conseguido unos temas con unas letras a veces tristísimas pero envueltas en una música que no lo es.

En la cocina de su casa, con fotos de sus amigos.

Huele a melancolía.

Ese es el jardín donde planto siempre mis flores.

Confieso que, al oír el CD, se me saltó alguna lágrima.

¡Qué bien, cuánto me alegro! (Risas).

Pero, ahora que te tengo enfrente, te veo bastante bien.

¡La que está estupenda es la Jime, que tengo veintitantos años más! (Risas). ¿Sabes de verdad lo que me jode? Que cada día se mueren más amigos. Y ya se me ha ido un montón de gente, músicos y poetas. Ángel González, imagínate. Y el Gabo (García Márquez), que éramos amiguísimos. Eso sí cuesta llevarlo. Me niego a ver las fotos esas de la cocina porque hay como 40 muertos muy cercanos a mí.

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¿Qué te permite seguir gastando la vida con satisfacción?

Procuro cultivar más que nunca a los amigos que quedan y a los que no conozco, que son esos que han escrito los libros que me han acompañado toda la vida. También procuro alegrarme de estar vivo cada mañana que me despierto y de no estar ciego, para poder leer y mirar el culo a las señoritas. Alegrarme de tomarme un tequila y fumarme un cigarrito.

En el estudio de grabación de su casa de Lavapiés (Madrid).

¿Le has perdido el miedo a lo que tú mismo bautizaste como 'marichalazo'?

Aunque el monstruo ese del ictus sigue ahí agazapado, ya no me corto con mis vicios. Estuve ocho meses sin fumar hasta que me puse a trabajar. Fue coger un folio en blanco para escribir una canción o un soneto y volver a fumar. Sin esa compañía que ves en la mano me resulta todo imposible. La gente de mi generación que llevó la vida que yo llevé nunca pensó en llegar a los 40. Y yo tengo 67. Así que me digo: «¡Joder!». Recuerdo que Ángel González, a sus 82, dos días antes de morirse, me comentó: «Sabina, yo creo que ahora es el momento de probar la heroína» (risas). La verdad es que estoy un poco asustado, pero, por otro lado, estoy celebrando la vida cada día de un modo más reposado. Y este disco, además de ese amigo nuevo que te comentaba, ha venido a regalarme algo más que no esperaba, y es un puñado de canciones con la emoción que tenían los grandes temas que yo hacía antes. Una emoción que ya creía que no iba a volver a mi música.

En esta excursión vital, me resulta inevitable preguntarte por Jimena Coronado. ¿Son ya 20 años juntos?

Le debo la vida. Me conoció antes del ictus y, después, digamos que me ha quitado de cosas... Cuando la Jime y yo nos encontramos, había 18 personas en Madrid que tenían la llave de esta casa. A lo mejor, a las cuatro de la mañana, me despertaba para ir al baño y me encontraba a una pareja a la que no conocía de nada echando un polvo en el salón. Entonces, apareció la Jime y organizó un poquito aquel caos, pero no tanto como para que yo me sintiese encarcelado. Y, bueno, ¡bendita sea!

Dice que no sabes ni freír un huevo.

No se freír un huevo porque soy de otra generación y porque he de reconocer que tampoco lo he necesitado nunca. Incluso en Londres, cuando vivía de okupa, siempre había una chica que los hacía (risas). Pero tampoco sé conducir un coche, ni tengo móvil ni fijo, ni sé lo que es Internet. Ni me interesa. Las cuestiones importantes acaban saliendo en la prensa, y esa yo la leo a rajatabla. Además, en mi oficio, si te metes en las redes, estás perdido, porque te pasas la vida contestando a los que te insultan. A mí, sin embargo, me insultan por la calle. Me dicen: «Hijo de puta, todo bien, ¿no?» (risas).

¿Te arrepientes de algo?

(Silencio). Tal vez, por las idas y venidas de mi trabajo y por mi necesidad de intimidad, de haber dejado de ver durante bastante tiempo a algunas personas a las que ya he perdido y a las que quería. Es igual que cuando se muere tu padre sin que llegases a confesarle lo mucho que lo amabas. Pues eso me ha pasado a mí con algunos amigos, que, además, han estado dolidos; porque no tengo teléfono, y, si no se viene aquí, a casa, no es nada fácil encontrarme. Así que de eso sí que me lamento, de que ellos se hayan sentido heridos, como si yo los hubiera abandonado. De eso me arrepiento, y de pocas cosas más. Bueno, sí: de no haber tenido más novias. ¡De serle fiel a la Jime, de eso también me arrepiento! (Risas).

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¿Quién te lo iba a decir, ¿eh?

¡Sí, joder, qué mal envejecemos! (Risas).

Puerta de su casa decorada con sus dibujos.

Igual la Jime es como muchas novias en una.

No lo sé (apura el tequila). Ella ha sabido entenderme muy bien. Es muy cómplice. Tanto, que hago cosas con ella que jamás había imaginado y que, además, recomiendo a todo el mundo que no las pruebe.

¡¿Ah, sí?! ¿Como cuáles?

La Jime viene a todos mis conciertos y trabaja conmigo, cosa que, si me la dicen antes, me parecería impensable. De gira había que irse siempre sin novia. ¡Por favor, con las cosas que pasan por esos mundos...! Pues yo no voy ahora mismo a ningún sitio si ella no viene.

Arturo Pérez Reverte, que es un miura, dice...

(Interrumpe). Es verdad, Reverte es un miura (sonríe). Pero es muy cariñoso también. Es una persona muy tierna.

El salón, lleno de reliquias, como un caballo de tiovivo.

Y valora tanto como tú la complicidad. Eso fue lo que me dijo en una entrevista sobre las mujeres de sus novelas y su vida.

Claro, es que tú puedes tener una amor pasional, arrebatador por alguien, y luego no encontrar la manera de conseguir la cotidianeidad. Y de eso, en otras épocas, algo he sabido yo (ríe). Por eso, la Jime es una magnífica compañera de viaje. Por cierto, Reverte me ha hecho una putada desde la sincera amistad...

¿Se puede saber cuál?

Me ha propuesto para la Real Academia Española. Y a mí me da un corte que te mueres.

Enhorabuena. ¿Qué le has contestado tú?

Que haga lo que quiera. En realidad, lo que le he dicho es que, para que entre un cantante en la Academia, el primero tiene que ser Serrat; él es de verdad quien lo ha sido y lo es todo. Se inventó un oficio que no existía. A Serrat lo ves desde en la folclórica hasta en lo que estamos haciendo los demás. Y nos abrió los caminos de América.

Bongó pintado por el propio Joaquín.

Un comentario muy generoso, pero tus canciones han unido a generaciones y retratan la vida de los 80 a ahora. No me parecería raro el anuncio de tu ingreso en la Academia.

¡Ese día yo me meto debajo de la cama! De todos modos, me tiene que votar mucha gente que debe de vomitar cada vez que oye mi nombre (risas).

Hablando de la casa de las letras: ¿qué pondrías hoy por hoy detrás de la palabra ojalá?

Aparte de que me lleva al instante a una hermosísima canción de Silvio Rodríguez, yo te diría: «Ojalá, mañana».

Todo empieza siempre.

Sí, y uno, pese a la edad, siempre piensa que mañana hará una cosa nueva que un día pensó hacer y aún no ha hecho.

'Las palabras y la cosa', de Jean-Claude Carriére, su última lectura, y su colección de ceniceros.

No me resulta fácil imaginar qué es lo que le queda por hacer a Joaquín Sabina...

A mí gustaría robar un banco, por ejemplo (risas).

¿Sigues entrenándote mangando ceniceros en los hoteles?

Mira, estos tres azules de cristal son del mismo hotel de México. Siempre que voy, me alojo allí, y cada vez me traigo uno nuevo. ¡A que son preciosos! (Risas).

Ahora en serio, ¿cuál es tu asignatura pendiente?

¿Te digo la verdad? Yo creo que siempre he soñado con ser más viejo para no tener ganas de subirme al escenario y así escribir de una vez el libro con el que sueño yo siempre escribir. Y que no es un libro de versos, sino una especie de loca autobiografía en la que se mezclan todos los géneros que a mí me gustan. Un libraco, vamos. Sí. Eso me gustaría hacer. Pero, pa'eso, tengo que bajarme del escenario y meterme en la casa de Rota. Por cierto que ya sabes que estás invitada.

Lo mejor es que lo dices en serio.

De todo corazón, y no tienes ni que avisar. Bueno, sí; llama a la Jime y dile: «Llego mañana».

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