Audrey Hepburn o el eterno encanto

Una oda a la actriz más elegante de todos los tiempos. Repasamos su vida a lo largo de 50 imágenes icónicas.

Con apenas una treintena de películas, Audrey Hepburn consiguió crear a su alrededor un aura distinguida, como de princesa de cuento hadas; algo para lo que se valió de su cuerpo delgado y su porte de bailarina. Con una sonrisa agradable y una mirada cálida consiguió redondear el mensaje y forjó la leyenda alimentándola con cada uno de los papeles que eligió. La moda le tendió la mano y ella supo aprovechar el capote, con Hubert de Givenchy como amigo, costurero y confesor. Pero fue en el último tramo de su vida, cuando ejerció como Embajadora de Buena Voluntad para Unicef, cuando realmente mostró su talante: solidario y afectuoso.

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Una de las primeras imágenes de Audrey Hepburn como actriz, descansando sobre le césped del Richmond Park de Londres (1950).

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Posando en los Kew Gardens de Londres, en mayo de 1950.

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Audrey Hepburn, de familia belga, nació en Inglaterra pero creció en Holanda. Su madre –aristócrata– y su padre –todo un dandi– tuvieron a bien instalarse en los Países Bajos ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial, pero el territorio holandés pronto cayó en manos nazis y la pequeña Audrey pasó a llamarse Edda Van Heemstra, para evitar levantar sospechas con un nombre británico y por ende aliado. Como la mayoría de niños de la época y de la zona sufrió una severa malnutrición pues los alimentos eran escasos, cuando eran (porque al menos eso significaba que algo había). Sobrevivieron a base de harina de bulbos de tulipán y hierba cocida; el capítulo más amargo de su vida que sin embargo dejo una seria mella en su carácter, además de una anemia y algunas complicaciones respiratorias que acarreó el resto de su vida.

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En el pueblo holandés de Arhem, Audrey Hepburn estuvo del lado de la resistencia ayudando a recaudar fondos con representaciones de ballet; también hizo de mensajera en varias ocasiones, algo que solían hacer los chavales solícitos a ayudar a las tropas aliadas hasta que por fin llegó la comida. La UNRA –la semilla de Unicef– entró con un cargamento de víveres para la población. Aquel capítulo quedó grabado a fuego en la memoria de la actriz y sentó las bases de su verdadera empatía y del sentido del deber con los más desfavorecidos. Esta foto fue tomada en torno a 1955.

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La familia de Audrey Hepburn decidió pasar los días de la posguerra en Londres, donde la chica consiguió un beca para cursar clases de danza en la escuela de Marie Rambert, una prestigiosa bailarina formada al lado de Vaslav Nijinsky. Audrey estaba aprendiendo de los mejores, iba a clases con la plana mayor del ballet, y aunque se esforzaba por perfeccionar algo que se le daba muy bien no tardó en enfrentarse a la dura realidad: era demasiado alta y demasiado mayor como para seguir bailando.

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Audrey Hepburn desoyó los infortunios profesionales y siguió trabajando, esta vez en busca de nuevas oportunidades. No tardaron en aparecer los papeles fútiles, secundarios, en películas sin importancia. Pero ella no cejó. Y fue un día a la salida del rodaje de 'Montecarlo Baby' cuando su suerte cambió. La escritora francesa Colette la observó en silencio desde una esquina mientras actuaba, y lo tuvo claro: aquella chica de ojos enormes y cuerpo de cervatillo iba a encarnar a 'Gigi', su obra de teatro con inminente estreno en Broadway. Y allá que se fue Audrey, con seis semanas de ensayos, decidida a comerse las tablas. Como el César: veni, vidi, vici. William Wyler la vio en escena y no pudo dejar escapar lo que se antojaba todo un filón interpretativo. Audrey Hepburn iba a estar en su próximo trabajo cinematográfico: 'Vacaciones en Roma'.

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Una imagen de la actriz a mediados de los 50.

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Y llegó Vacaciones en 'Roma' (William Wyler, 1953). El galán más guapo de todos los tiempos, aka Gregory Peck, cayó rendido ante sus encantos y ambos actores se juraron amistad eterna; una relación que duró hasta el fin de los días. El propio Gregory Peck fue quien llamó a sus agentes y a la productora para pedir que el nombre de Audrey Hepburn apareciera antes que los créditos de la película; Peck había quedado fascinado por la interpretación de su compañera y merecía un lugar destacado en la cinta.

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En un tiempo donde el canon de chica hollywoodiense era rubia, bobalicona y voluptuosa, aquella figura delgada, divertida y delicada no tenía ninguna papeleta para triunfar. En cambio Audrey Hepburn dio al traste con la carnalidad desbordante de actrices como Jayne Mansfield o Marilyn Monroe. Y no solo eso, la actriz encontró su gran baza: los papeles en los que abandonaba la crisálida y se convertía en una preciosa mariposa. Porque en la piel de la princesa Ana de 'Vacaciones en Roma' convenció a propios y a extraños, y aquello le valió el pase directo al trono de la comedia romántica; un género que fue suyo hasta que abandonó el cine.

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Pero su compañero de reparto no solo le facilitó una brillante interpretación –que le valió una nominación al Oscar– sino que fue él quien le presentó a Mel Ferrer, el que sería su primer marido.

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