El escritor modelo

El autor suizo, que ha seducido a tres millones de lectores con ‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’, regresa con 'El libro de los Baltimore', una novela que ya es número uno en Francia. Descubrimos en Ginebra el nuevo rumbo de su literatura y de su vida.

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Conocí a Joël Dicker (Suiza, 1985) en Londres hace tres años. Por entonces era un chico casi anónimo, con más pinta de modelo que de escritor, ojos inmensos azul cristalino, pasión por los insectos y alma de runner. En esos momentos ultimaba en la city la traducción al inglés de La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara), la obra que dos meses más tarde sería un fenómeno editorial sin precedentes en España. Ese trabajo, escrito sin más pretensión que ser una despedida de la literatura porque nadie creía en su voz, le ha dado la gloria. Fue su segunda novela, de la que hoy por hoy ha vendido más de tres millones de ejemplares en todo el mundo. Acaba de sacar la tercera: El libro de los Baltimore (Alfaguara), el ocaso de una gran familia, que ya es número uno en ventas en Francia. Brilla el sol sobre Ginebra, la ciudad donde nació como escritor y donde nos concede una entrevista en exclusiva. Nos cita en una bodeguita con tienda de ultramarinos con sabor italiano. Esta vez lo hace bendecido por el aguacero del éxito. 

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¿Por qué nos has citado en este lugar?
Porque los dueños son fantásticos. Y el sitio se parece a ellos. Es una de mis casas aquí. Me encanta esta bodega. Hay una única mesa, donde eres bienvenido, y da igual que seas un trabajador de a pie o un banquero: te van a tratar de la misma manera, y todos se sientan mezclados. Eso es raro en Ginebra, una ciudad donde te sientas a tu mesa y no hablas con los que se encuentran cerca. Aquí puedes ver banqueros que compran una botella de vino carísima y, al lado, gente mucho más sencilla que viene a tomar café o comer pasta casera, y todos hablan entre ellos. Es maravilloso.

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Dime, ¿qué ha pasado desde el día en que nos conocimos?
Es difícil explicarlo. Todo y nada al mismo tiempo. Publiqué el libro en muchos países y eso me puso al mismo nivel que otros escritores conocidos en el mundo. Con respecto a esos autores que venden muchísimo, sigo siendo muy pequeño. Así que, dependiendo del punto de vista desde el que lo miremos, me ha pasado todo y nada.

¿En algún momento lo que se espera de ti te ha condicionado a la hora de escribir esta siguiente novela?
No, en absoluto. Yo siempre he hecho las cosas que he querido. Es más, hasta me gusta que la gente me diga: «No vas a ser capaz de hacerlo». Me estimula (risas).

Si te encontrases en un tren con una persona desconocida y te preguntase de qué va tu nuevo libro, ¿qué le dirías?
Es difícil describirlo en pocas palabras. Es la historia de una familia durante tres generaciones. Con sus envidias pero también con sus amistades y los lazos bellos que crean.

¿Dónde has creado esta novela y cómo ha sido el proceso?
Me ha llevado dos años y medio acabarla. Para la promoción de mi anterior libro viajé mucho porque tenía que defenderlo, así que este lo he escrito en varios países. Estoy muy contento de haber podido adaptarme a cada situación. Pero no es lo ideal, porque me gusta tener tiempo para escribir y valoro la calma. Toda la vorágine que he vivido me ha hecho darme cuenta de qué me hace falta de verdad. Ahora, lo bueno es que gracias a ese éxito no tengo que moverme tanto. Son los periodistas los que muestran más interés.

¿En qué ha cambiado tu vida?
Sigo viviendo en Ginebra. Lo único que ha cambiado es que antes no tenía un apartamento propio, vivía con mis padres. Ahora sí. Me he convertido en un adulto. La gente me pregunta: «¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a comprarte un Ferrari?». Y yo digo: «No habéis entendido nada». No me atrae fardar delante de los demás.

¿Qué es el éxito para ti?
Es el triunfo de uno mismo para sí mismo. Cuando hemos conseguido algo, hay que preguntarse si hemos triunfado para nosotros. Ser el mejor con uno mismo: eso sí que es difícil. Porque sólo nosotros sabemos si hemos trabajado al máximo, si hemos dado lo mejor. Nadie más lo puede sentir. Para mí es importante que el éxito como escritor me haya llegado a los 30, tras una década de trabajo. Todos los que me conocen siempre me han visto hacer esto. No es que de repente triunfase tras decir: «Voy a escribir un libro en tres semanas en verano». Ahora es un trabajo remunerado, pero hubo momentos difíciles, en los que los editores no me aceptaban y nadie me leía.

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¿Quieres decir con todo eso que tu triunfo no te ha afectado absolutamente nada?
He de reconocer que si el libro hubiese sido tan exitoso en otros países como lo ha sido en España y Francia, habría resultado difícil superarlo. Hay gente que teme por mí. Quizá porque me preceden muchos escritores que reaccionaron mal tras un triunfo. Personas que tuvieron fama brevemente y a las que, cuando se acabó, les resultó insoportable. El éxito ha sido positivo para mí porque fue suficiente como para abrirme las puertas, para llevarme lejos y mostrarme los límites.

¿Qué límites?
Yo poseo como una doble identidad. Está lo que la gente ve de mí como un escritor famoso y lo que veo yo: tengo 30 años, he publicado tres libros y me acompaña la suerte, pero me quedan cosas por aprender. Para un deportista los 30 significan el final de su carrera, pero para un escritor suponen el comienzo. Tengo muchas cosas por hacer todavía.

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¿A qué te refieres exactamente?
Los sueños traen consigo otros sueños. Te lo explico: la música me ha acompañado toda la vida. De pequeño componía canciones para aprender los verbos en latín. En mi vida llegó un momento en el que la escritura superó a la música porque era algo en lo que me vi con posibilidades. Toco la batería, podría soñar con dedicarme a ello algún día. Y escribir un libro me ha hecho conocer gente de ese mundo que me dice: «¿Por qué no tocas con nosotros?». El éxito te abre las puertas a otras cosas.

¿Es posible que te veamos tocar literatura y música al mismo tiempo?
Sí, creo que más adelante surgirá ese equilibrio. Ojalá. Por ahora no tengo grupo, aunque sí el proyecto de formar uno. Lo que ocurre es que soy una persona con una entrega enorme al trabajo, lo cual puede ser positivo para mí pero es un defecto para la gente que se encuentra a mi alrededor, porque se ve obligada a seguir mi ritmo. Precisamente por eso preferí dedicarme a escribir: podía tener mi propia velocidad.

Entonces, ¿cuál es en este momento tu plan para poder desarrollarte como músico?
Hace 15 años era casi imposible darse a conocer en Nueva York: había que mandar un casete... Hoy lo podemos hacer por medio de Internet. No desecho esa idea.

Pero no abandonarás la escritura, ¿no?
No. Ya estoy escribiendo mi siguiente libro, y sé que voy a seguir hasta el final de mis días. Lo importante es hacer las cosas bien: ahí está la dificultad. Son muchas las formas de arte que me interesan. Por ejemplo, el dibujo. Me encanta. Pinto para mí cuando tengo tiempo, lo he hecho siempre, aunque no cuento con la ambición de organizar exposiciones con mis dibujos. Entre otras cosas porque sé que nunca llegaría adonde quiero dibujando. No poseo el suficiente talento. Pero con la música sí, y también con el cine.

De hecho, para Peugeot protagonizaste una miniserie de cinco episodios que ha arrasado en Internet.
Sí. Grabé con ellos durante diez días. Aquella fue una experiencia que me marcó y que me permitió darme cuenta de que se trata de un mundo que me interesa. Digamos que hizo que me apeteciese. Y, sí, me gustaría dirigir, pero no quiero improvisar. Si me lanzase sin más, no sería como con los libros, podría ser una experiencia terrible. Si me hago director, quiero ser el mejor, y para convertirse en el mejor hay que trabajar mucho.

Ayer me contaste vía correo electrónico que uno de tus lugares favoritos es la librería en la que trabaja tu madre, La Librerit. ¿Por qué?
¡Porque sé que si no hablo de ella me va a matar!
¿Sueles ir a comprar libros allí?
Sí. Y los pago, aunque me hace un descuento.

Ayer me acerqué a La Librerit a comprar tu libro en francés y tu madre me contó que de pequeño ya tenías muchas historias en la cabeza y que, al no saber escribir, le pedías a ella que lo hiciera por ti.
Es verdad. Se me ocurrían todas esas cosas justo cuando tenía que ponerme a ordenar mi habitación. Pero era muy frustrante para mí. Porque mis padres me hacían preguntas del estilo: «¿Por qué sucede esto con este personaje? ¿Por qué es así la historia? ¿Adónde quieres llegar con aquello?». Y eso me parecía fatal. «¡No me interroguéis –pensaba– vosotros estáis ahí para copiar lo que yo os digo!» Eso provocó que me apeteciese aprender a escribir: para poder hacerlo por mi cuenta.

Me han dicho que has empezado a boxear. ¿Es eso cierto?
Sí, es cierto, pero ahora tengo mal la espalda. Creo que me estoy haciendo viejo (risas).

Yo diría que mantienes el tipo. Prueba de ello es que tu rostro es imagen de las líneas aéreas Swiss. ¿Cómo lo llevas?
Para mí no es un juego, es ser auténtico. He hecho publicidad con Swiss, y la gente exclama: «Pero qué horror, un escritor que hace publicidad de estas cosas». Y yo les contesto: «¿Por qué no? ¿Acaso no estamos cansados de ver a jugadores de fútbol que lo hacen?». A mí me gusta mucho el fútbol, pero la verdad es que los jugadores están por todas partes. ¡Basta ya! ¿Por qué no nos atrevemos a cambiar el modelo de inspiración para nuestros hijos? Escritores, matemáticos, cosmonautas... Cuando un autor se convierte en imagen de algo potente, les muestra a los más jóvenes que la literatura está ahí y que es importante. Pensamos que se trata de algo obsoleto, que no le interesa a nadie, que no está de moda, que no nos van a leer. Y ahí creo que nos equivocamos todos. Yo estoy muy satisfecho de proyectar la imagen de que escribir y leer libros es algo con lo que se disfruta, de que la lectura está muy bien, de que es igual de bueno que ser futbolista. ¿Por qué no?
Al final de los finales, ¿por qué escribe Joël Dicker?
Pues porque escribir me encanta. No se trata de pensar en si la novela tendrá éxito, se trata del momento. De disfrutar del placer de escribir en sí mismo.
¿Vas a contarme algo de tu próxima novela?
¡No!
Sólo un poco.
¡No! (risas).
Siempre me haces lo mismo...
Es que resulta muy arriesgado contarlo. Yo no puedo hablar de un libro antes de que exista como tal. Durante el proceso de escritura de una obra surgen muchos bloqueos. Y son una cosa normal. Al menos en mi caso lo raro sería que todo saliera rodado. Por eso no puedo afirmar nada. Si te dijese algo ahora, luego llegaría a casa y me vería obligado a incluirlo en la novela, y eso acabaría con el mayor privilegio, el de tener dudas. Anularlas es peligroso. La creatividad no es ni más ni menos que las ganas de afrontar riesgos, de pensar por uno mismo, incluso en aquellos momentos en los que los demás opinan que estás loco. Precisamente ese el punto en el que hay que lanzarse.