entrevista hermanos Cruz cara a cara

Mónica y Eduardo Cruz, al detalle.

entrevista-a-los-hermanos-cruz

Eduardo (Madrid, 1985) está lleno de tatuajes, energía positiva y recetas de cocina. Es músico, vive en Los Ángeles desde hace 11 años y sabe lo que es componer al lado del oscarizado Hans Zimmer (con él participó en la banda sonora de 'Piratas del Caribe: en mareas misteriosas') y para grandes campañas de Lancôme, L’Oréal y Nintendo. Ahora trabaja en su propio estudio de la ciudad californiana dándole forma a Optimist, su factoría creativa, de la que han salido piezas como 'Sexy Toy', la pegadiza canción del vídeo de Agent Provocateur, la marca de ropa para la que colaboran sus hermanas. Mónica (Madrid, 1977) es la mediana de los tres, una mujer de alma transparente, diseñadora de la firma de accesorios de lujo Carpisa, con sede en Nápoles, y madre de Antonella, una niña de tres años de edad a la que se ha consagrado en cuerpo y alma. Así son, juntos por primera vez, mucho más que los hermanos de Penélope Cruz.

¿Os atrevéis a definiros el uno al otro en dos frases?
Mónica: Eduardo es alguien que maneja unos tiempos especiales para todo, es una persona que va a su ritmo (risas). Pero, si hay algo que lo define por encima de todo, es que es buena gente. ¡Hala, Edu!, ya puedes aprovechar la ocasión para compartir esas cosas que dices de mí cuando estamos a solas en casa...
Eduardo: ¡Siempre has sido muy sargento! Mónica es una gran mujer, una gran hermana y una madre increíble.

Más allá de la genética, ¿cuál es vuestro vínculo más fuerte?
Mónica y Eduardo: Poseer un alma creativa.

Desde fuera mantenéis una relación que parece idílica.
Mónica: Y lo es. La unión es algo que hemos mamado desde niños; no concebimos la familia de otra manera. Conozco a hermanos que no se hablan entre sí. Es triste.
Eduardo: Afortunadamente, sabemos que eso no va a sucedernos. Estamos muy cerca unos de otros.

¿Las cosas no se complican en el momento en el que empiezan a mezclarse negocios y asuntos de familia?
Mónica: Al revés, para nosotros es más fácil. Yo me entiendo con Penélope con una mirada. ¡A veces nos reímos de las cosas que nos pasan! Con el diseño nos ocurre que decidimos buscar ideas por separado para un colección, llegamos a una reunión y, cuando las exponemos, resulta que hemos coincidido en el mismo concepto. Esa conexión sólo se tiene con un hermano, ni siquiera con un amigo. ¿Que si discutimos? Sí, eso forma parte de la relación (Eduardo la mira y asiente).

¿Tenéis un secreto para gestionar malentendidos?
Mónica: La comunicación ayuda a que las cosas funcionen. Ahora andamos más liadas con los niños, pero jamás dejamos de estar en contacto.
Eduardo: Para mí todo sale mejor cuando trabajo con ellas. En familia existe una confianza que te anima a atreverte a expresar cosas que no le dirías a otra persona.

¿Qué importancia les adjudicáis a vuestros padres en el hecho de ser quienes sois hoy por hoy como artistas?
Mónica: Toda. No es fácil permitir que tus hijos se dediquen al arte desde niños. Ellos no nos cortaron las alas.   
Eduardo: ¡Mi madre aguantaba todos mis solos de batería y mis guitarrazos! Recuerdo que me decía: «Pero ¿vas a venir a comer o no?». Supo aceptar desde el primer momento la burbuja dentro de la que vivía con la música, la que hoy se ha convertido en mi mundo.
Mónica: Sin embargo, en el colegio nos daban mucha caña. Las profesoras me repetían: «¿Por qué vas a bailar si eso no vale para nada?». La verdad es que creo que he aprendido más sobre la vida en todos los viajes que he hecho por el mundo gracias a mi dedicación al baile que como consecuencia de lo que me enseñaron en los colegios. De hecho, no he estado ni estoy todavía de acuerdo con el tipo de educación que se imparte en muchos de ellos. Llevo a mi hija a uno que me permite quedarme allí con ella.

¿Antonella también ha heredado esa vena artística marca de la familia?
Mónica: Le encanta pintar y tiene un cuarto sólo para eso. Me garabatea las paredes y el suelo, pero no quiero arrancarle su parte creativa. Aunque no sé a qué se dedicará el día de mañana, sé que voy a apoyarla en lo que decida. La experiencia me ha demostrado que no hay nada como entregarse a aquello que a uno le entusiasma; si a mí me hubiesen obligado a estudiar lo que no me gustaba, hoy sería muy infeliz. Un bailarín tiene una vida profesional muy corta, no puede empezar a formarse con 20 años: a esa edad es casi cuando acabas. Yo, al cumplir los 15, dije en casa que quería invertir todas las horas del día en bailar, y, gracias a la aprobación de mis padres, al año siguiente ya estaba trabajando profesionalmente en la compañía de Joaquín Cortés. A Edu le pasó igual: antes de hablar ya escuchaba canciones, le sacaba a todo melodías con un teclado.
Eduardo: Sí (risas). Me encantaba. Era curioso, me quedaba sentado en el salón hipnotizado con los discos de papá: Vivaldi, Mozart...
Mónica: Es verdad. A papá le apasionaba la música clásica, la ópera. Pero, en realidad, le gustaba de todo. ¿Te acuerdas de cuando escuchaba una y otra vez a Camilo Sesto?
Eduardo: Sin duda, la banda sonora de nuestra infancia. Ahora me pasa que, cuando lo escucho, oigo a papá. El corazón me va de otra manera. Es algo raro. Ya no lo pongo mucho porque me lleva a un viaje fuerte...

Ahora mismo, vuestra madre está cuidando de Antonella en la habitación de aquí al lado...
Mónica: Sí, es increíble. Ella siempre ha estado y está ahí para todo y para todos. Y, ojo, si tiene que darte una colleja, te la da, y si cree que debe levantar la voz, lo hace. ¡Especialmente a mí, que soy la del medio! Edu, tú te ríes, pero es verdad. ¡Siempre me llevo las broncas de él y las de la hermana mayor! (risas).
Eduardo: Mi madre es la columna vertebral de la familia. Que ella faltase sería para todos como si derribases un puente.

Y luego está la hermana mayor del clan, Penélope. ¿Su visibilidad a escala global ha sido un espaldarazo o un hándicap para vosotros como artistas?
Mónica: Yo creo que una hermana mayor siempre es la segunda referencia, la que va inmediatamente después de los padres. Ver en ella a una persona tan luchadora nos ha enseñado que quien trabaja duro siempre consigue lo que se propone. Ese ha sido nuestro ejemplo, lo que hemos ido viendo día a día. Sin que ella haya sido consciente de ello, su actitud en la vida ha sido el mejor consejo que podría habernos dado. Y, por supuesto, la mayor inspiración.
Eduardo: Nos ha demostrado que podemos cumplir nuestros sueños siempre que vayamos tras ellos.

¿Cuál diríais que es el principal rasgo de vuestro carácter?
Mónica: En mi caso, que soy lo que se ve.
Eduardo: Yo suelo escaparme mentalmente del mundo en el que me encuentro, me voy al otro lado. Vivo como en otro planeta. Esa es una costumbre que me ayuda a crear. De hecho, cuando colaboré con el compositor Hans Zimmer me pasó algo muy raro. Una noche soñé con una canción, no sé de dónde vino; me desperté y tuve que levantarme de la cama y encerrarme en el estudio. Dos días después Hans me llamó por teléfono para una entrevista. Le mostré aquel tema con el que había soñado y me dijo: «Lo quiero para Piratas del Caribe: en mareas misteriosas». Yo siempre había querido trabajar con él. Fue algo increíble, nunca lo olvidaré.
Mónica: Es curioso, a mí me ocurre que muchas de las prendas que diseño la he visto en sueños antes.

¿Cabeza o corazón?
Mónica y Eduardo (a la vez y sin dudar): ¡Corazón! (Risas).

¿Qué es lo que más admiráis en el sexo opuesto?
Mónica: Yo en un hombre y en una mujer admiro que sientan respeto por sí mismos porque así está asegurado que respetarán a los demás.
Eduardo: Coincido. Además, añado la honestidad.

¿Con qué pequeño gran placer os quedáis?
Mónica: Para mí no hay nada comparable a cuando me acuesto por la noche y mi niña y mis tres perros se duermen plácidamente a mi lado. Pongo una serie en la televisión y caigo frita mientras los miro. Ese es el rato perfecto, el momento en el que todo está bien. Mi hija representa la felicidad absoluta, es mi mayor triunfo.
Eduardo: Yo me considero un poco más materialista. ¡No hay nada que me aporte más paz que saborear un buen sashimi! (Risas). Disfruto muchísimo con la cocina japonesa. Si viajáis a la ciudad de Los Ángeles, os recomiendo comer o cenar en Sugarfish, en la concurrida Ventura Boulevard.

Es uno de esos restaurantes maravillosos con un menú que cuesta dos duros. Recuerdo que hace unos años le formulé la misma pregunta a tu hermana Penélope y me contestó que uno de sus pequeños placeres era tu gazpacho...
Eduardo: (Risas). ¡Es que me gusta mucho cocinar!

¿Podrías darnos la receta?
Eduardo: Claro. Apunta: ni pan ni cebolla. Doce tomates, un pepino, un diente de ajo y pimientos verde y rojo. Es fundamental que a estos últimos les quites la piel, igual que a los tomates. Sacas la licuadora, nada de batidoras de brazo; pones la mitad de un vaso de aceite de oliva extra del bueno, sal y vinagre de vino. Y, cuando ya estén formándose burbujitas, coges cinco hielos, se los añades a toda la mezcla y los trituras de tal manera que no quede ni un trocito para evitar que se agüe y conseguir que salga en su punto justo de frío. Ese es el truco del gazpacho que le gusta a mi hermana mayor.

Publicidad

En pareja

Mónica lleva vestido de Etro.

Eduardo, con camiseta de Sandro, vaqueros de Levi’s, sombrero de Zadig & Voltaire, colgante de Thomas Sabo y botas negras de Louis Vuitton.

El sofá ‘vintage’ es de Il Tavolo Verde.

Gran apoyo

Mónica, con jersey de Sandro.

Eduardo lleva camiseta negra de Marciano by Guess, sombrero de Zadig & Voltaire y collar de Thomas Sabo.

Publicidad

Rotunda

Mónica lleva vestido y cinturón de Michael Kors y botines negros de Burberry.

En clave de negro

Mónica lleva jersey de Uterqüe y ‘shorts’ de BDBA.
Eduardo, con chaleco de Zara, camiseta de American Vintage, ‘jeans’ de Levi’s, sombrero de Zadig & Voltaire y pañuelo de Ermenegildo Zegna.

Publicidad

Pensando

"Mi hija Antonella representa la felicidad absoluta, es mi mayor triunfo. No hay nada como el momento en el que, por la noche, se duerme a mi lado".