La vida de Ryan... Reynolds

Arriesga mucho y huye del título de guapo oficial. 
Para Ryan Reynolds lo mejor aún está por llegar.

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Quienes por dedicarnos a esto tenemos la oportunidad de conocer a las estrellas de cerca sabemos que, en la mayoría de los casos, no resultan tan altos, ni tan guapos y que, a menudo, si coincidiéramos en un bar ni siquiera repararíamos en ellos. Con el actor Ryan Reynolds (Vancouver, Canadá, 1976) ocurre lo contrario. Impecable, con traje azul oscuro, camisa blanca, una envergadura y una voz que superan en mucho a lo que hemos visto en pantalla. Perfecto. Más tarde nos cruzaremos en el vestíbulo del hotel Arts de Barcelona con su mujer, la actriz Blake Lively (antes estuvo casado con Scarlett Johansson) y descubriremos que ella sí es de ese tipo de ce-le-brities del que hablábamos al principio: vestida con pantalones y bailarinas beis, resulta sorprendentemente menuda, sorprendentemente normal.

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Mucho más que sexy
Ha sido el guapo oficial durante años, aunque su cabeza parece amueblada para bastante más que para ostentar este título. Que aceptara el papel de Enterrado que le propuso Rodrigo Cortés, entonces un principiante de un país muy lejano al suyo, dice mucho de ello, y que esté hablando con él para volver a trabajar juntos, también. Dice que siente un cariño especial por Barcelona gracias a aquel rodaje. «Sería un idiota si me tomara en serio esas listas del hombre más sexy del planeta. Un día soy yo y mañana será otro. Debe de suponer mucha presión creer que eso es importante y tener que mantener esa belleza».

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Ha interpretado los papeles que se pueden esperar de un físico como el suyo, desde el superhéroe de Linterna Verde a un chico de comedia romántica en La proposición, pero en el último año ha vuelto a arriesgarse rodando a las órdenes de Atom Egoyan en The Captive, donde interpreta al padre de una niña secuestrada, y de Marjane Satrapi. La dibujante iraní ha realizado una extraña película llamada The Voices sobre un hombre con una enfermedad mental. «No sé por qué Marjane pensó que yo era el tipo que quería en esta historia. Había muchos actores a los que admiro peleando por el papel, pero voló hasta Nueva York para encontrarse conmigo, y ahí estoy».

Reconoce que iba para policía en Vancouver, como lo fue su padre y como es hoy su hermano. «Es un buen trabajo, él está encantado y seguro que yo también lo estaría», dice. Pero la vida le llevó por otros derroteros y ha acabado asumiendo como normales conversaciones tan glamurosas como la siguiente: «Antes veía a menudo a Orlando (Bloom) y Miranda (Kerr), porque éramos vecinos, pero desde que nos hemos mudado a Nueva York ya no coincidimos». Bloom y él comparten profesión y pasión por las motos y, además, ambos son imagen de la misma firma de perfumes, Hugo Boss (uno de Boss Orange, el otro de Boss Bottled y Boss Bottled Night). «Si a los 13 años me hubieran dicho que iba a llegar donde estoy ahora, no me lo habría creído. Yo quería dedicarme a actuar, pero pensaba que lo haría en anuncios, o como mucho en alguna serie de televisión. No me planteaba ser una estrella de cine. He trabajado duro, desde luego, pero tampoco voy a negar que he tenido suerte: he estado en el lugar adecuado en el momento justo y lo estoy disfrutando mucho».

Viene de una familia de chicos (es el menor de cuatro hermanos) y habla con cariño de su infancia «en un entorno donde los hombres todavía trabajan con sus manos y huele a cedros húmedos». Esto es lo que le une al perfume del que es embajador. «No soy muy bueno hablando de aspectos técnicos, o de notas, pero hay algo de madera que me gusta, me recuerda a ese ambiente de la Columbia Británica donde crecí. Hay algo icónico en Boss Bottled y en Boss Bottled Night, como una masculinidad clásica con la que me siento muy identificado».