Fallece Ana María Matute

A los 88 años, ha muerto la escritora que fue premio Cervantes en 2010 y ganadora del Nadal y del premio Planeta. En diciembre de 2012 nos abrió su casa de Barcelona para caminar por las luces y las sombras de una vida de papel. Y nada mejor que sus propias palabras para este pequeño homenaje desde ELLE.

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Tiene un aura de hada buena y una melena de nieve. «Yo no vivo, floto, a veces pienso que caí de otra galaxia», suele decir esta niña de 85 años que desde los 5 sabe abrir puertas cerradas con su prosa triste y mágica para entrar en el reino de lo invisible. En la vida real, es la tercera mujer que ha podido atravesar el umbral de la Real Academia Española en tres siglos de historia. Nos esperó sentada en su sillón, con los labios pintados de rosa, flanqueada por dos orquídeas, las únicas que han sobrevivido de todas las flores que le han mandado para felicitarla por el Premio Cervantes. Y nos dejó sin palabras.

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¿Para qué sirve un premio?
Para estimular. Pero con el Cervantes es diferente, porque supone el reconocimiento al esfuerzo, al trabajo y a la dedicación de toda una vida. De todo lo que ha sido y es para mí la literatura.

El Instituto Cervantes felicita el año al mundo reproduciendo una frase suya: «Las palabras son lo más bello que tiene el ser humano, las palabras salvan». Me gustaría darle algunas y que usted me dijese el significado que han tenido en su vida.

Sí, dígalas.

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Destino

Lo que a mí me ha dado miedo siempre. Tanto, que he preferido no pensar en él. He vivido con el presentimiento de que iba a irme joven y con una muerte espantosa. Y mira, luego no ha sucedido.

¿Le sigue teniendo miedo a esa palabra?
No, ya no. Porque ya no tengo destino. Ya estoy en él.

¿Qué me dice de la palabra presente?
Que en el momento vive la eternidad. El tiempo no existe. Amor. El amor es la vida con mayúsculas.

¿Y Dios?
Lo único que se me ocurre decir de esa palabra es «el absoluto». Yo no sé explicar a Dios, sin embargo, puedo afirmar que lo he encontrado.

Hábleme de eso, por favor.
Fue hace unos años, alrededor de quince. Tuve una sensación intensa, como de mucha paz. En el instante en que sucedió, lo más fuerte no fue descubrir que Dios existía, sino sentir profundamente que él también sabía que yo existía. No me pidas que lo describa, pero sé que Dios sabe que estamos aquí.

¿Recuerda qué hacía en ese momento?
Escribía. Estaba en una de esas pausas en las que antes me podía fumar un cigarrito. Recuerdo que ese día había estado escribiendo de una manera muy satisfactoria. No buscaba nada. Quizá
por eso lo encontré. Fíjate, creo que precisamente esa felicidad escribiendo fue lo que me llevó a Dios. ¡Pero no soy de las que va a misa, ni a ver al Papa!

¿Eso afectó después a su vida?
Sí. Yo creo que aquello me hizo mejor persona. ¿Cómo te diría? ¡Fui más sabia! Me hizo más conocedora. Es como si viese la vida en cinemascope.

Otra palabra por la que quería preguntarle es hijos.
Los hijos son la magia. ¿Tú sabes lo que sentí cuando yo tuve al mío? Y no hablo del momento de tenerlo, que lo pasé fatal, sino de cuando lo vi por primera vez. En aquel instante no lo relacioné con los achuchones que había tenido con mi marido. ¡No, no, no! Cuando lo tuve en brazos dije: «Esto es magia». Aquel niño, con esos ojazos. ¡Porque me miraba, eh! Ahora se ha descubierto que los bebés ven... Y yo mientras lo miraba pensaba: «Dentro de poco podré hablar con él»... (Hay un silencio largo).

...Mira, una de las conversaciones más bellas que he tenido en mi vida fue cuando mi hijo era pequeñito. Yo lo estaba pasando muy, muy mal. Vivíamos en Madrid. Caminaba sola con él. En un momento de profunda tristeza, le cogí y le apreté la mano. Y, de repente, el apretó la mía. ¡Sólo tenía dos años! Le hice tic, tic y el me hizo tic, tic. Entones empezamos: tres veces, una, dos, otra vez tres. Él me devolvía exactamente el mismo número de apretones. Al ?? nal, me miraba y me sonreía. ¡Qué conversación! Jamás volví a tener otra así. Eso son los hijos. Y claro, si después tienes la suerte de que sean buenos, te quieran y te cuiden como el mío, pues no hay nada más que decir.

Otra palabra que tengo muy presente cuando la miro es infancia.
La infancia es lo que nos marca. Hay personas que no lo saben, pero están señaladas por ella. El niño se lleva siempre dentro. Yo el otro día cogí una cucharilla. Tenía una forma especial. Era antigua. Y recordé que en mi casa había unas iguales. La toqué y al instante me vino a la cabeza la cocina de la casa donde crecí en Madrid, mi madre, la tata... ¡Todo, todo, todo! La infancia no abandona. Nunca. Es persistente. Y a veces muy cruel. ¡Porque los niños no son angelitos! Eso sí, la crueldad infantil es admisible porque no hay conciencia del mal. No es igual a la que tiene esa compañera que te hace mobbing.

¿Qué significado tiene para usted la palabra mujer?
Puedo decirte que yo he conocido todas sus desventajas, pero también he sentido la maravilla de ser una de ellas. Siempre digo con cariño: «¡Cómo entiendo a los gays, porque a mí me encantan los hombres!». Creo que, hoy por hoy, hemos pasado por una grandísima evolución de la que somos meritorias las propias mujeres, porque si no nos moviéramos por nosotras mismas pocos se hubieran movido.

Dígame algo de Barcelona.
¡Oh, Barcelona es mi ciudad! Un lugar bellísimo. Aquí me enamoré por primera vez. La verdad es que con los hombres nunca he sido una desaforada. Siempre tuve control. Bueno, cierto control. Porque en el amor nunca se tiene control del todo.

Más allá de las palabras, ¿cuál es, a día de hoy, su pequeño gran placer?
Un muñeco negro. Mi Gorogó.

El personaje de su libro Primera memoria... ¿Existe de verdad?
Es un muñeco negro. Me lo trajo mi padre, que tenía una fábrica de paraguas, de un viaje a Inglaterra. Y sí, a mis 85 años todavía lo tengo. Está aquí, en la habitación de al lado. Pero no me pidas que te lo enseñe. ¡Lo tengo tan guardadito! El pobre está que se cae. Ya no tiene pelo, le faltan botones y lleva un ojo a la virulé. Lo veo más jorobao que nunca. Lo he usado para contarle injusticias desde los 5 años, la misma edad a la que empecé a escribir.

¿Sigue escribiendo?
No. Ya no. Lo hacía a máquina eléctrica y luego corregía a mano, siempre con colores. De pequeña, recuerdo que, cuando mi padre estaba fuera, me encaramaba a su escritorio y le cogía el papel y el tintero azul. Así es como empecé a escribir mis primeros cuentos.

Y ya nunca paró. Sólo una depresión, la enfermedad de este siglo, la apartó de la literatura. ¿Cómo se logra salir de eso?
Como se entra. No se sabe. Yo lo hice gracias al último médico al que acudí. Todavía está en activo aquí en Barcelona. Se llama Domingo Carreras. ¿Y sabes cómo me curó? Dejándome hablar. No me dio ni una pastilla. Hablamos, hablamos y hablamos durante meses. Y saqué todo lo que me sumía en el silencio. Eso sí, cuando salí, Domingo me dijo: «¡Ahora que no se te ocurra volverte del todo cuerda!, ¿eh? Porque entonces ya no serás nada. Tú siempre con tu locurita». Aún hay noches en las que voy cenar con él a su casa.

Así que va a ser cierto que las palabras literalmente nos salvan.
Claro. ¿Por qué te crees que les tengo tanto amor?