Benedict Cumberbatch: descifrando a Sherlock

Televisión, cine, teatro... nada se le resiste al actor británico del momento, especialista en dar vida a personajes muy 
complejos, desde el padre de la informática hasta Hamlet.

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Hoy he conocido muchos Benedict Cumberbatch (Londres, 1976) diferentes. Está el invisible, con el que he paseado por la calle, que mantenía la cabeza gacha evitando el contacto visual con aquellos con los que se cruzaba, ya fuesen turistas, jóvenes madres o chicas adolescentes. Está el encantador y carismático profesional de nuestra sesión de fotos, que ha conseguido ganarse a todo el equipo de ELLE. Y está el actor al que he entrevistado, un poco receloso, oscilando entre la franqueza y la cortesía, mientras mostraba pequeños destellos de inseguridad y una tendencia a responder a críticas imaginarias antes de que nadie se las haga. Aunque aquel con el que sospecho que sus amigos pasan el tiempo es el Benedict con quien luego hemos ido a tomar una copa: socarrón, juvenil, divertido. Y este es, sobra decirlo, mi Cumberbatch favorito: el que ya no se preocupa por qué impresión causa, lo que naturalmente causa muy buena impresión. Pero ¿quién es en realidad él?

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Benedict Timothy Carlton Cumberbatch nació hace 38 años en el seno de la pareja de actores Wanda Ventham y Timothy Carlton y fue un niño «propenso a momentos de hiperactividad seguidos de agotamiento y malhumor. También era demasiado sociable, demasiado amable, demasiado confiado». Su familia fue extraordinariamente feliz. Aunque lo enviaron a un internado con 8 años, él no lo vivió como algo negativo. «Los primeros días fueron realmente horribles, pero pronto quedaron olvidados por la alegría de lo que estábamos viviendo. Éramos como hermanos que íbamos de campamento y a navegar, jugábamos al cricket y vivíamos aventuras», recuerda el actor. «De verdad, tuve una infancia genial», afirma. «Hasta que llegó la adolescencia y me asaltaron las preocupaciones típicas: “¿Soy diferente? ¿No me estoy desarrollando bastante deprisa? ¿Dónde están las chicas?”». Su colegio, sólo para varones, no ofrecía demasiadas oportunidades para relacionarse con el sexo opuesto: «Las besaba en las fiestas, pero cuando ya estábamos todos borrachos, y era espantoso». Con 13 años entró en un coro para intentar alguna interacción con el género femenino y surgió su primer enamoramiento: «Las fantasías comenzaron a florecer en mi cabeza: ¿viviríamos juntos?, ¿nos escribiríamos poemas?, ¿nos casaríamos?, ¿tendríamos hijos?... Ella podría haber sido mi primera novia». Habló con la chica una única vez, muy brevemente. «Recuerdo mi mano rozando la suya, ¡era tan electrizante! Me preguntaba si ella estaría pensando lo mismo que yo. ¿Era eso posible? Ya sabes, esos maravillosos sentimientos románticos. Y no obstante, en esa época, conseguir cruzar el puente que nos separaba era dolorosamente imposible».

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Después del internado de Harrow fue a la Universidad de Mánchester para estudiar drama. Hizo algunos grandes amigos y se enamoró de la actriz británica Olivia Poulet, con quien salió durante aproximadamente 12 años, y en ese tiempo construyó una sólida carrera de actor. No sólo en papeles dramáticos, sino también mostrando su don para la comedia e interpretando a perdedores como Patrick Watts en Un chico listo (2006) («era muy tonto, y tenía más de mí que cualquiera de los genios que he encarnado»), o el desventurado negociador de rehenes en Four Lions (2010). Todo indicaba que Benedict sería sólo otro actor con talento que se ganaría la vida trabajando duro en lo que más le gustaba (que, en definitiva, era a lo que él aspiraba). Pero entonces llegó Sherlock. Una miniserie independiente de la BBC que se convirtió en un fenómeno internacional y lo lanzó al estrellato de las más ardientes fantasías de millones de fans. Un año más tarde se produjo la separación de Olivia Poulet. Benedict se encontró en la treintena solo, aunque con gran parte de la población femenina mundial soñando con él. Sin embargo no dejó que eso lo volviera un cínico. Y siguió persiguiendo su particular cuento de hadas.

En el momento de esta entrevista todavía no se había hecho pública su próxima boda con Sophie Hunter. El anuncio del compromiso con la actriz y directora de escena teatral de 36 años apareció en el periódico The Times en unas pocas líneas en la sección de enlaces, sorprendiendo al mundo entero. Aunque él nunca ha ocultado su deseo de casarse y tener hijos. «Es un tema de debate nacional por  qué todavía no lo he conseguido. Se preguntan si en realidad soy incapaz de mantener una relación». Cuando le digo que imagine dónde le gustaría estar dentro de unos treinta años, me contesta: «Quiero poder mirar atrás y pensar que este fue un momento extraordinario de mi vida. Y quiero poder hacerlo al lado de otra persona. Y además me gustaría estar rodeado de mis seres queridos». Ya en aquel momento estaba claro que quien hablaba era un hombre enamorado que hacía planes.

A pesar de 14 años de profesión, 21 programas de televisión, 16 producciones teatrales, 48 nominaciones (y 17 premios), Benedict Cumberbatch nunca ha protagonizado un papel romántico. Aunque es cautivadoramente atractivo, ha construido su carrera interpretando a hombres asexuales. Nada de escenas de amor. Y naturalmente su Sherlock Holmes se abstiene de sexo, aunque Benedict explica que «él es asexual con un propósito. No carece de deseo sexual, sino que lo suprime para hacer mejor su trabajo. Bueno, las duchas frías y examinar un montón de cadáveres también ayuda». No obstante, las mujeres aman a Sherlock. «No es mi problema», dice sonriendo Benedict. Cumberbatch tiene una alucinante y variada trayectoria. Es capaz de causar sensación en la taquilla, como con Star Trek: En la oscuridad, mantener el tipo frente a Meryl Streep y Julia Roberts en Agosto, y ser un intérprete teatral imprescindible, como en el Frankenstein de Danny Boyle en el National Theatre de Londres. Sin embargo, se ha superado a sí mismo con su última interpretación en The Imitation Game (Descifrando Enigma) (estreno en España el 1 de enero), una conmovedora película biográfica en la que da vida al brillante matemático Alan Turing, el británico que descifró el código Enigma para los aliados en la Segunda Guerra Mundial y fundó la ciencia informática moderna, antes de que su país le difamara por ser homosexual. Cumberbatch parece especializado en hombres impulsados por su fervor intelectual: Stephen Hawking en la película de la BBC Hawking (2004), Julian Assange en El quinto poder (2013), Sherlock Holmes... «Para un actor es muy tentador interpretar estos caracteres tan extraordinariamente complejos», explica. Pero también ha intervenido en el último filme de Los pingüinos de Madagascar poniendo voz a un lobo porque le pareció divertido enfrentarse verbalmente a John Malkovich. Y desde el 17 de diciembre lo podemos ver en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos. Además ni sus éxitos televisivos ni sus intervenciones cinematográficas logran alejarlo de su pasión por el teatro, tanto en la pequeña pantalla, donde encarnará a Ricardo III para la serie de la BBC The Hollow Crown, adaptación de varias obras de Shakespeare, como en los escenarios, donde será Hamlet el próximo verano. Otro hombre bastante asexual, le sugiero. «¡Por Dios!», exclama Benedict. «Posee un alma tan profunda que, si te la entregase, te haría la mujer más feliz del mundo».

Recordando la pregunta del principio de esta entrevista, me parece justo concederle la última palabra para saber quién es, así que antes de irme le pregunto qué espera que piense de él. Al principio parece horrorizado. «Eso es terrible. Es como si te manipulase para que vieras un determinado aspecto de mí». Pero luego aprovecha la oportunidad: «Enormemente honesto. Una buena compañía. Alguien que está a gusto en su piel. Y alguien que en este momento está disfrutando mucho de su vida, porque lo hago. De verdad que estoy disfrutando».