Hipster-manía

O formas parte del movimiento más trendy, o le tienes ya verdadera manía. Hablamos del fenómeno hipster no para juzgarlo, sino para tratar de entenderlo.

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A estas alturas todo el mundo conoce, en mayor o menor medida, lo que envuelve a la palabra hipster: la barba, la camisa de cuadros, ir en bici, el brunch, la fotografía, beber un gin tonic bajo las notas indies, lo handmade, las versiones originales de cualquier cosa (hasta de lo que no te gusta), la comida vegetariana, Instagram… Un sinfín de gustos y actividades relativamente nuevos que configuran una estética con reminiscencias vintage y que algunos, han asumido rápidamente como su imagen “de toda la vida”. 

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Y aquí llega el conflicto que a muchos se les presenta en la cabeza: no puedes convertir, casi de la noche a la mañana, algo que es emergente en un hábito de vida. No te ha podido dar tiempo. Es decir, no puede ser que seas el mayor experto en cervezas artesanas cuando hace unos meses, no sabías ni que eso existía. O empezar a comprar prendas nuevas que en el fondo, sabes que no van mucho contigo. Puedes probar con una, pero no llenar tu armario, ¿no? Además, no es fácil llevar la camisa como lo hace Justin O´Shea... ¿cierto?

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Dos son las reglas básicas que definen a un verdadero hipster: no le gusta nada y jamás dirá que es un hipster. Decenas de definiciones y opiniones sobre el término acaban diciendo lo mismo: lo que busca (bueno, más bien lo que no-busca) un hipster es ser auténtico. Se aleja de convencionalismos y busca sus propias alternativas. Y para eso, hace falta tener criterio. Y si tienes criterio, normalmente no haces lo que todos hacen (alguna vez podrás coincidir). Entonces, ¿qué dudas quedan? Está claro que esta subcultura que ha conquistado nuestras calles, portadas en revistas, ferias llenas de pop-up y muchos de los nuevos restaurantes tiene el nombre de hipster pero desde luego, no tiene por qué ser cool, ni auténtico. 

¿Cómo detectar entonces lo auténtico de lo no auténtico? He ahí la cuestión. Lo primero es entender que todo es como una paradoja: por ejemplo, al hipster (que es un moderno o pretensión de serlo) le gustan los bares de viejos porque es el último lugar al que iría un moderno (y no porque le haga gracia compartir una experiencia con el característico dueño del bar, que le podría contar sus peripecias de antaño tras la barra). Una vez entendido que a veces existe como una especie de boicot a uno mismo (porque no necesariamente haces lo que realmente te apetece), lo segundo es volver a eso señalado en el párrafo anterior: el criterio. Tu propio criterio. Te guste o no todo lo que rodea la cultura hipster, nunca puedes dejar de lado tu verdadera opinión, tu verdadera personalidad. Fuera modas, fuera tendencias. Ahí está la clave, en el criterio con el que naciste y el que has desarrollado. 

Si nos remontamos a los orígenes de esta palabra, poco tiene que ver con la connotación que le damos hoy en día. Los músicos de jazz la utilizaban en las décadas de los 50 y 60 para identificar a todo aquel que conocía algo de la entonces emergente cultura afroamericana. Se describía a los hipster como “dueños de un lenguaje propio, y personas con una especial espiritualidad”. Dicho ésto, el mayor nexo que puede existir entre los miembros de la generación beat (primeros hipster) y los actuales es es ese carácter alternativo, la pretensión continua por marcar la diferencia.

Eso sí. Lo que está claro es que este concepto ha dado mucho de qué hablar y muchas de las actividades que conocemos, se han impulsado bajo el seudónimo hipstermanía. Y sólo esto, ya merece un aplauso.

Como todo en la vida, las modas pasan y este boom ya está diluyéndose. Sin embargo, retén lo que has leído en este artículo y aplícalo cuando empieces el siguiente capítulo, que va a llegar pronto y ya tiene nombre: cultura muppieY ojo, que viene pisando fuerte.