¡Feliz noche de San Juan!

Medio planeta celebrará dentro de unas horas la noche de San Juan, la más larga del año, en la que la tradición invita a hacer rituales de iniciación, protección, para pedir un deseo o para lograr el amor. Pero... ¿sirven de algo esos rituales? Sepamos algo más de la festividad de esta noche y de la eficacia de estas prácticas.

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Le llaman 'la noche del fuego': la noche del 23 al 24 de junio se celebra el solsticio de verano, el día más largo y la noche más corta del año. En realidad, el solsticio de verano es cada 21 de junio, pero la influencia de la iglesia católica consiguió desplazar el festejo dos días hasta hacerlo coincidir con la supuesta fecha de nacimiento de San Juan Bautista.

La iglesia católica hizo suyo una fiesta milenaria de origen celta llamada Alban Heruin. En ella, se celebraba el instante de máximo poder del sol, cuando estaba más tiempo en el cielo y se mostraba en su máximo esplendor y plenitud. Pero también se conmemoraba que, a partir de ese día, el sol empezaba a decrecer, camino al solsticio de invierno.

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Los celtas encendían hogueras para capturar algo de esa fuerza del sol, para darle gracias y para intentar recibir su bendición, que también afectaría a los animales y a los campos. El fuego era habitual en las celebraciones de los pueblos antiguos: los druidas hacían pasar a los animales entre fuego para purificarlos, los griegos encendían hogueras para homenajear a Apolo, dios del sol...

La tradición que ha llegado hasta nosotros también tiene como protagonista al fuego. En campos y playas de España se encienden hogueras, y el rito asegura que si se saltan cinco veces (según el estilo mediterráneo porque en Galicia, por ejemplo, son nueve veces; lo importante es que sea una cifra impar), recibiremos la protección del sol y nos purificaremos de los malos espíritus. Es un rito limpiador y sanador, como si se tratara de cerrar una etapa de nuestra vida.

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Otros rituales típicos de esta noche incluyen los baños en el mar y recibir siete (o nueve) olas de espaldas, para conseguir la fuerza marina o la fertilidad; saltar en pareja las hogueras para que las relaciones amorosas sean más efectivas o quemar un papel en el que habremos puesto la situación, nombre o recuerdo que nos está haciendo daño para poder pasar página.

El sentido del ritual

¿Para qué sirven todos estos rituales? Según los psicólogos, estas acciones nos generan sensación de estar controlando el momento, de tenerlo en nuestras manos, ahuyentando la pena e incrementando la esperanza. En una investigación realizada en 2013 en la Harvard Business School, se pidió a 247 personas que escribieran sobre un fallecido o sobre una relación acabada y, además, se les solicitó que recordaran si habían tenido un ritual que les ayudara a sobrellevar el momento. Resultó que los que habían tenido ese ritual sintieron un dolor menos fuerte.

“Los rituales son acciones estereotipadas que tienen una interpretación cultural e histórica y que se asocian a un contenido simbólico: limpiar el pasado, espantar los malos augurios, empezar de nuevo, ahuyentar los fantasmas, celebrar el paso a la pubertad...”, explica Guillermo Fouce, doctor en psicología, profesor de honor en la Universidad Carlos III y presidente de Psicología sin Fronteras.

Para Fouce, lo que determina que un ritual sea terapéutico o no está en la propia persona: “Primero hay que creer en el mito, en la historia, y luego hay que aplicarlo a la situación propia”, señala el experto, quien añade que al ser rituales colectivos, que hace mucha gente, “es más fácil y más efectivo”. Luego está el efecto de autosugestión o, como indica el presidente de Psicología sin Fronteras, la “profecía auto cumplida”: si uno cree que algo pasará puede comportarse de manera que haga que al final se cumpla.

Contraproducente

Realizar un ritual, aunque a veces sea liberador, también puede ser perjudicial, tal y como asegura Fouce, puesto que puede haber casos de personas que “crean tanto en ello que lo entreguen todo, salga mal y el resultado acabe siendo peor”. Es la consecuencia a la que nos exponemos, también, por “apoyarse en algo mágico en incontrolado para lograr un objetivo buscado”.

Los psicólogos sí aconsejan la práctica de 'otros tipos' de rituales, desprendidos del carácter simbólico y mágico de los mencionados. Por ejemplo, si necesitas un cambio, fijar una fecha señalada como día en el que empieza ese cambio. O lo que se denomina la 'parada de pensamiento': “agarrar una pulsera o una goma para parar un pensamiento recurrente y obsesivo que se quiere frenar”, concluye Guillermo Fouce.

En definitiva, siendo conscientes del carácter mágico y simbólico de San Juan, no pasa nada por apuntarnos a estos rituales para sentirnos un poco mejor, confiar más en nosotros mismos, ser más optimistas y, sobre todo, pasar un rato divertido en la noche más corta del año.