¿Qué hacer cuando Internet te odia?

Todo el mundo recibe críticas, pero ¿cómo saber cuáles vale la pena tomarse en serio? Después de años obsesionada con los comentarios negativos e ignorando los positivos, la escritora Dani Shapiro encontró una respuesta.

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Cuando apenas tenía 20 años, durante un breve periodo de mi vida dedicado a pruebas para anuncios de televisión, telenovelas y películas, cada mañana salía fatigosamente de la cama y me preparaba para el día que me esperaba. Esta era mi rutina: daba dos clases seguidas de aeróbic (esto era en los años 80) y luego volvía a casa y me pesaba para asegurarme de que no había ganado ni un gramo durante la noche. Luego me arreglaba el pelo con unos rulos y un poco de laca, me pasaba media hora maquillándome y, por último, me ponía la ropa apropiada para interpretar el papel que tocaba ese día y que podía ser cualquiera, desde un traje a un bañador. Sabía que enfrente tendría a personas cuyo trabajo era juzgarme y a las que ni siquiera podría ver el rostro. Decía mi nombre a cámara tan alegremente como podía. Un nombre que ni siquiera era el mío, ya que mi agente me había aconsejado que me inventara uno, puesto que Shapiro era demasiado étnico. Y hacía lo que me pedían: unas líneas de Mamet, Wasserstein o el Dr Pepper.

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"Gracias por venir, cariño," decían. "Ya te llamaremos".

Por supuesto, casi nunca me llamaban. Mi agente me contaba que buscaban otra cosa. Alguien más alta o una pelirroja. O lo que fuera. Todo lo que escuchaba era que yo no era lo suficientemente buena o no tenía el suficiente talento, ni siquiera para sonreír de manera atractiva mientras sostenía una lata de refrescos. "Mira, sencillamente no te encuentran atractiva", me dijo una vez mi agente. Vivía en un estado continuo de inseguridad que me llevaba a hacer más ejercicio, a matarme de hambre y a teñirme cada vez más rubia. Llegué a pensar que sólo si llegaba a ser perfecta me elegirían, pero a decir verdad, era una actriz lamentable. Era tímida, no hablaba mucho, me ruborizaba enseguida y tartamudeaba delante de la cámara. Hubiera sido un acto de misericordia que alguien me hubiese cogido de la mano y me lo hubiese dicho directamente. Me estaba equivocando si trataba de ganarme la vida metiéndome en el papel de otra persona.

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Pero el tópico es cierto. Uno de mis libros favoritos es Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron, y cuando di el extraño salto de estrella frustrada a aspirante a novelista, el rechazo y la crítica que había experimentado anteriormente me resultó muy útil. En los talleres de escritura del curso de postgrado de la Universidad Sarah Lawrence, no era raro que los estudiantes rompieran a llorar cuando recibían la crítica a su trabajo. Pero, en mi caso, lo estaba esperando. Y lo agradecía. Como actriz, me habían rechazado por lo que era, por mi "atractivo" o por la falta del mismo. Como escritora, era mi trabajo el que no estaba a la altura, pero podía vivir con ello. Cuando enviaba mis relatos a las revistas literarias y recibía las típicas cartas-modelo de rechazo como contestación, no me lo tomaba como algo personal. Las consideraba como una señal de que tenía que perfeccionar mi trabajo.

Tuve suerte de empezar mi carrera sin la etiqueta de "futura estrella". Tenía un archivador lleno de cartas de rechazo y había publicado tres novelas que no habían recibido mucha atención antes de que escribiera un libro de memorias que tuvo un éxito inesperado. Y, de repente, todo el mundo empezó a opinar, no de mi libro, sino de mí. Ese libro, Slow Motion, era una obra de iniciación sobre mi educación judía ortodoxa y de mi rebelión subsiguiente, que me llevó a una larga relación con un hombre casado, poderoso y mayor que yo, que sólo terminó por el impacto que me produjo la muerte de mi padre en un accidente de tráfico.

Puede parecer raro ahora, pero, por aquel entonces, tenías que ir a un kiosco si querías comprar una revista o un periódico. Vivía en Nueva York y acudía al puesto de periódicos en la esquina de la calle 82 con Broadway, porque era el que primero recibía los ejemplares. Hubo sorpresas agradables, como abrir el nuevo número de Vogue y ver una reseña escrita por una de mis heroínas que elogiaba mi libro. Pero los aspectos negativos y crueles no tardaron en aparecer. La palabra barbie apareció bajo mi foto en el New York Observer. Un escritor al que, por entonces, yo admiraba, intentó acabar con mi carrera en la revista New York. Lo citaría aquí para que lo vierais, pero no guardé ninguna copia (y no puedo encontrarlo en internet, lo juro). Me pasé llorando tres días sin salir de mi apartamento. Una vez más sentí que estaba siendo juzgada no por lo que escribía, sino por lo que era. Mi vida, de nuevo, estaba bajo la lupa.

Por supuesto, podríais decir que lo estaba buscando. Ser una escritora, hacer algo que implica una opinión de los demás, es invitar a que te critiquen. Y si escribes sobre cosas personales, bueno, ¿qué esperas? Me he pasado casi dos décadas escribiendo acerca de mi familia, mi historia, mis miedos, mis angustias, mis crisis espirituales, mis tristezas y mis alegrías. He intentado escribir, a partir de mi propia experiencia, libros que recordarán a otros.

En parte por ello y en parte gracias a la repercusión que tienen las palabras que se vierten en las redes sociales y en Internet, la gente se siente con derecho a decir lo que quiera. Y ¿por qué no? Las opiniones de los demás, incluso las opiniones sobre otras opiniones, están disponibles al instante. Tenemos siempre algo que decir y que queremos compartir con los demás, ya se trate de la nueva cara de Renée Zellweger o de la camiseta que lleva Malia Obama. No nos paramos a pensar si estamos siendo ecuánimes, sobre todo cuando se trata de celebrities, pero tampoco cuando el objetivo de nuestra crítica es una persona de la calle. Aquellos días en los que tenía que ir al puesto de periódicos para leer los comentarios sobre mi libro han pasado y ahora, para una escritora como yo, sentada en su mesa, centrada en su trabajo, curándose de las inseguridades latentes en su interior, basta con un clic para ser consciente de la existencia de un coro de voces contradictorias que terminan por agobiarte. ¡Eres impresionante! ¡Eres gilipollas! ¡Eres brillante! ¡Eres la escoria de la tierra! Y si esa escritora da a esas voces demasiado crédito, no será capaz de escribir ni una palabra más.

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Así que voy a hacer una prueba, quizás demasiado arriesgada, justo mientras escribo estas líneas. ¡Qué diablos! Estoy hablando de crítica, ¿verdad? Así que tengo una excusa, diré que mi editor me obligó a hacerlo. Voy directamente a Salon.com, donde recientemente he publicado un artículo algo provocador sobre el significado de la memoria. En ese momento no miré los comentarios -Salon es famoso por la gran cantidad de comentarios mezquinos. Egoísta, condescendiente, sarcástica, angustiosamente largo... Una manera de promocionar un libro autocomplaciente y un poco ridículo que nadie lee... Al menos ahora sé que nunca debo leer nada de Dani Shapiro.

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¡Guau! El nivel de invectiva hace que el piropo de barbie de aquel día parezca ahora hasta benévolo. Estas personas no están manifestando simplemente un desacuerdo conmigo o que no les guste mi trabajo, sino que me odian, me están denigrando. Ahora estoy de lleno en modo masoquista —este autocastigo hace que sienta deseos de fustigarme más- así que hago clic en los comentarios que aparecen en Amazon sobre mi últimos libros. Hay un montón de comentarios con cinco estrellas, pero mis ojos los pasan por alto y se centran sólo en los que hacen daño. Absolutamente ridículo... Apesta a falta de sinceridad... Estridente, echado a perder, llorona pretenciosa.

Siento náuseas, pero me doy cuenta de algo sorprendente en mi reacción: me siento como si me hubiese pasado con la comida-basura. Tengo una sensación de malestar, una sensación rara, asquerosa y, de repente,... ya se ha pasado. Sois personas que no me conocéis, que no os gusto y de cuya crítica no puedo aprender nada. Todo esto va seguido de una revelación menor: no tengo que hacer que se sientan como yo. Ya no soy esa niña escuálida en traje de baño haciendo piruetas. Soy sólo una escritora sentada a solas en una habitación, intentando combinar palabras de manera que puedan comunicar algo auténtico.

Un amigo posteó hace poco en Instagram: Prefiero ser especial para una persona que simpático para todo el mundo. Gasté mucha energía tratando de resultar simpática para todo el mundo y a) no era divertido y b) no funcionó. Apuesto a que todos hacemos esto en algún momento, intentar agradar a todo el mundo y también apostaría a que la causa de este comportamiento se remonta a algún momento de nuestra niñez. ¿Quién fue el primero que nos hizo pensar algo malo de nosotros mismos, que necesitábamos arreglar algo de nuestro ser? Tengo un hijo adolescente y recuerdo una mañana que le llevaba a la guardería. En el aparcamiento, vio a un amigo y corrió hacia él para decirle hola. El otro niño volvió la espalda a mi hijo y le negó el saludo con esa crueldad que solo los niños pueden ofrecer y se me partió el alma. Esas ofensas, pequeñas o grandes, son las que definen el primer recuerdo que tenemos de nosotros mismos. Y valorarnos es la única forma que tenemos para poder encajar la crítica y el rechazo, aprovechando lo que es útil y desechando lo demás.

Para mí, el mejor resumen de esas ofensas es una imagen que tenía olvidada dentro de un álbum de fotos familiares, posiblemente la única foto en la que aparecemos mi hermanastra Susie y yo. Debo tener 11 años, por lo que Susie debe tener 26. Llevo el pelo corto, brackets y llevo un top blanco Danskin, a través del cual se aprecian ya unos pequeños pechos. Susie lleva una especie de vestido decorado al estilo batik, el pelo largo y ondulado le llega a la cintura y lleva gafas de abuela. Recuerdo el momento: la sensación de felicidad por estar con mi hermana mayor. Es la persona más guay que conozco y encima ¡vive en la ciudad! ¡Es psicoanalista! De mayor quiero ser como ella: toca el piano, así que yo también toco el piano. Ella lee a Freud, yo leo a Freud. En la fotografía, pongo una risa bobalicona a quien quiera que esté haciendo la foto. Y Susie está mirándome. Sus labios apretados, sus ojos entrecerrados, su entrecejo fruncido. Si hubiese podido leerse su pensamiento, diría algo como: ¡muchacha tonta y estúpida!

Pasé años tratando de cambiar la opinión que Susie tenía de mí. Iba a ser inútil, aunque yo no lo sabía. Ella deseaba que mi madre nunca se hubiera casado con nuestro padre y, por tanto, que yo no hubiera nacido. Psicoanalizad eso. Crecer con una hermana que era profundamente injusta conmigo hizo que me viera a mí mima de una forma que quizá me hizo acabar en esos sombríos estudios de televisión, donde me esforzaba por ser aceptada y, durante gran parte de mi vida adulta, busqué versiones de Susie por todas partes. Buscaba la cara de Susie en las fiestas, en las citas, en las aulas en las que daba clases, en los auditorios donde daba conferencias. Buscaba a una persona — hombre o mujer— que no fuera como yo. En cierto sentido, creía que tenían visión de rayos x; que podían escudriñar mi interior más de lo que hacían otros, hasta llegar a mi verdadero ser. Y así me vi envuelta en un interminable y agotador esfuerzo para imponerme a ellos.

Puedo precisar el momento exacto en el que me di cuenta de que esto había cambiado. Como sucede con muchos cambios psíquicos, fue ocurriendo lentamente, pero me di cuenta de ello no hace mucho en una fiesta llena de gente en Connecticut. El anfitrión me presentó a otro de los invitados y luego nos dejó solos para charlar. Mientras íbamos intercambiando cumplidos superficiales, ¿Cómo conociste a Lisa? ¿Vives cerca?, sentí cómo me analizaba. Su entrecejo fruncido. Sus labios apretados. Era la cara de Susie. Estaba a punto de comenzar a responder con evasivas cuando, de repente, tomé una decisión.

"Voy a por una copa", dije, y me dirigí a la barra. No me importó parecer grosera. Ya lo había hecho. Me sentí bien, no me preocupaba que ese desconocido me despreciara. Sentí los ojos de Susie clavados en mi espalda mientras me alejaba. Era todo lo que podía hacer para no empezar a dar un puñetazo a toda la gente que había a mi alrededor. Había ganado una batalla muy reñida con aquella niña de 11 años que deseaba la aprobación de su hermana mayor y que se sentía mal y débil cuando aquella se negó a hacerlo.

Hay una hermosa oración hindú que trata de unas personas que piden ser conducidas de lo irreal a lo real. Me parece que cuando somos nosotros mismos, cuando decimos "soy quien soy con mis defectos y mis virtudes", estamos dando un paso adelante para ser más reales. Y cuando nos creemos las opiniones de perfectos desconocidos basadas en datos aleatorios que van desde algo que leen sobre nosotros a lo que llevamos puesto e incluso en sus propios pronósticos, estamos siendo atacados y gobernados por lo irreal. Mientras escribía este ensayo, no he pensado ni una vez en cómo iba a ser recibido por el mundo. Si lo hubiera hecho, no habría sido capaz de escribirlo -estoy revelando mucho acerca de mí misma, lo cual es en parte bastante doloroso y poco favorecedor. Pero como estoy llegando al final, me imagino algunas posibles reacciones: Falsa modestia... ¿Quién demonios se cree que es? ¿Cómo se atreve a ignorar todos esos comentarios de internet sólo porque no le gustan? Los comentarios desagradables del pasado pueden volver aparecer. Eres una llorona malcriada y una creída... Pero bueno, no voy a volver a caer en el lado oscuro. Soy sólo una persona especial, aunque no para todo el mundo.

Y así cierro la puerta. Escribo estas líneas. No busco en Google lo que la gente piensa. En el silencio, en ausencia de todas esas voces, es donde descubro quién soy.

Vía: ELLE US

De: Elle