Educando para la dicha
Pilares para los más pequeños
Las consultas de los psicólogos están cada vez más llenas de niños tristes, con problemas de ansiedad, depresión y trastornos de todo tipo, pero ¿acaso no lo tienen todo? ¿No son los reyes de la casa? ¿No se supone que la infancia es la etapa más feliz de la vida?
Elle.es - 10-11-2009
En principio, los niños están más predispuestos a la felicidad que los adultos. “Las patologías emocionales, como depresión, ansiedad o indiferencia, no suelen aparecer hasta el final de la niñez, hacia los 12 ó 14 años”, explica Raquel Palomera, psicóloga y profesora en la Facultad de Educación de Cantabria. Sin embargo, el libro que mejor desentraña los secretos de la felicidad, El Principito, de Antoine de Saint-Exupery, está precisamente protagonizado por un niño un tanto impertinente que aprende a ser feliz y a valorar las cosas importantes gracias a sus variopintos encuentros. ¿Por qué? Porque la felicidad no es innata, no viene de fábrica, o sólo en parte. Se compone, señala Martin Seligman, padre de la Psicología positiva, de tres factores: predisposición biológica (nuestros genes nos inducen entre un 25 y un 50 por ciento a ser optimistas o pesimistas), circunstancias vitales y control de la voluntad. En el caso de los niños, la familia, la escuela y el entorno resultan determinantes en su felicidad, que va mucho más allá de “la atención material, de la que los chavales andan sobrados. En cambio, está surgiendo un creciente abandono afectivo, porque no tenemos tiempo de ocuparnos de ellos. Faltan las figuras de apego, fundamentales en su desarrollo”, advierte Francisco de Pedro, experto en pedagogía y profesor en la Facultad de Educación de Alcalá de Henares (Madrid).
Un camino sin atajos
Lograr que un niño sea feliz no requiere pócimas mágicas, encantamientos o poderes de superpadre. El principal ingrediente de la verdadera fórmula de la felicidad es saber “dar valor a la felicidad de los hijos, que éstos se sientan queridos y necesarios, potenciando sus capacidades, su personalidad y no sus carencias, en un ambiente predecible, ordenado y disciplinado”, propone Raquel Palomera. En vez del recurrente “qué malo eres” o “estás tonto”, se les debe recordar más a menudo lo bien que dibujan o lo orgullosos que estamos de que ordenen su cuarto.
Educar para la "resiliencia"
Tan importante como potenciarles las emociones positivas es no caer en la sobreprotección. Sólo así irán adquiriendo herramientas para superar los contratiempos. “Tienen que aprender que para conseguir algo, siempre hay que esforzarse, de esta forma se favorece su autoestima y se les enseña a superar con éxito las adversidades”, arguye el profesor De Pedro, cuya tesis doctoral versa sobre cómo educar para la resiliencia, esa capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades, superarlas y sacar lo más positivo de ellas.
Esta habilidad es la que obra el milagro de que muchos niños que pasan por situaciones especialmente difíciles, como el divorcio de sus padres, una larga enfermedad o un maltrato, no se conviertan en adultos sentenciados a la desdicha. “Todavía me maravilla cómo han salido adelante chicos que han pasado por situaciones tremendas, pero que han encontrado algo o alguien a lo que aferrarse, que los valora y acoge como persona”, prosigue De Pedro, para quien la resiliencia no sólo debe promoverse en casa, sino en la escuela, donde los profesores están hartos de lidiar con chicos apáticos y sin ninguna motivación.
Momento de juergas
Obsesionados, además, con “prepararles para el futuro”, los padres olvidan muchas veces que los niños necesitan jugar, tener un tiempo de ocio para realizar actividades placenteras en sí mismas: a corto plazo, como comer su plato favorito o ir al parque, y otras más duraderas, como apuntarle a una actividad o a un campamento, siempre y cuando se ajusten a sus gustos y no a los nuestros. Sin embargo, advierte la psicóloga Raquel Palomera, “no conviene dar demasiado seguido, porque se habitúan y es contraproducente”.
Amigos para siempre
Los amigos son otra de las piedras angulares de la felicidad que se está descuidando llevados por el estilo de vida actual. Antes, los niños crecían entre juegos colectivos, en la calle, rodeados de hermanos, primos, vecinos y amigos. Hoy, gran parte de aquel tiempo que se compartía con amigos ha sido absorbido por la televisión, la videoconsola e Internet, los mil y un juguetes en su habitación o las múltiples actividades extraescolares. Potenciar las relaciones es tarea fundamental porque, como recuerda la psicóloga, la principal fuente de dicha nos las proporcionan “justamente las relaciones que mantenemos con otros seres humanos”.
Cariño y respeto, autoestima y fortaleza, tiempo para los juegos y los amigos son ingredientes gratis y básicos para ayudarles a crecer en espíritu y alimentarles su felicidad y su sonrisa. Y si el tiempo escasea, pero no la voluntad, la forma más bonita de acabar el día es estimulándoles la sonrisa: preguntarles todas las noches antes de acostarse qué les ha ido bien en el día y qué les ha gustado más, una norma que es también para los padres, pues si ellos son felices, sus hijos también.





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