Hablo demasiado

Mejora personal

En su diccionario no existe la palabra silencio. No importa el tema, tienen que comentarlo todo, hablan por los codos, aunque se arrepienten de más de la mitad de lo que dicen, resultando igualmente ingeniosos que impertinentes... ¿Elocuencia o incontinencia? ¿Virtud o defecto?

Elle.es - 14-10-2009

No tendría que haberlo dicho”. Éste es uno de los pensamientos más comunes que aparecen después de haber realizado un comentario desafortunado que ha favorecido una situación incómoda. Aunque hablar sirve para relacionarnos, no es sencillo determinar cuándo es el momento de callarse y escuchar. Según Guillermo Kozameh, médico psicoanalista y profesor de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid,” la incapacidad para mantenerse en silencio es un síntoma que en psiquiatría se denomina verborrea, y es la necesidad de manifestarse a través de las palabras”. En un principio, estas personas pueden ser tachadas de vanidosas, siempre contando cosas sobre sí mismas y encantadas de escucharse, pero “la incontinencia verbal puede ser provocada por causas muy diversas, de manera que los consejos que pueden ayudar a unos, resultarían devastadores para otros”, añade Kozameh.

Caracteres disfrazados

Al hablar, aparecen cualidades que definen la personalidad del individuo: la vocalización, la expresión corporal, los gestos, etc., convierten a una persona en alguien único, le distinguen de sus semejantes. Cuando hablamos, ocupamos el centro de las miradas, nos convertimos en protagonistas, en dueños de las palabras que forman el relato. Sin embargo, el hecho de abusar de esta condición de locutor, de dominar y anular las posibilidades de la conversación al convertir al receptor en un participante pasivo, en ocasiones es signo de que hay un trastorno en la personalidad, de manera que “pueden ser personas inhibidas, que evitan con su ruido verbal temas que sí son importantes en su vida –comenta Guillermo Kozameh–, caracteres narcisistas donde su percepción del entorno gira siempre alrededor de ellos o, incluso, personas que hablan sin parar para encubrir su ignorancia en determinados temas”. El factor común en todos los casos es que esa ansiedad crónica transformada en elocuencia acaba perjudicando a la vida social del afectado, impidiéndole desarrollar relaciones normales y equilibradas que aporten valor a su existencia.

Rechazo social

Cuando nos encontramos ante este tipo de personas, ante el “hablador incesante” e incansable, surge una reacción que, si bien en un principio es de total aceptación –resultan amables, cálidos, extrovertidos, más simpáticos que los tímidos, aquellos que evitan cualquier conversación–, con el tiempo acaban pro-vocando el rechazo absoluto de cualquiera de sus interlocutores. “Al final son utilizados por los demás como música de fondo, lo que representa un círculo repetitivo, ya que el hablante siente que nadie le hace caso y disminuye su autoestima”, señala Guillermo Kozameh. El interlocutor no puede evitar sentirse prescindible en la conversación, y entonces diversos pensamientos y dudas planean por su mente: “¿De verdad me está escuchando o simula para que así termine de hablar y llegue su turno? Además, hace que el encuentro se empobrezca, pues con esta actitud la comunicación pierde una de sus principales características: la de intercambiar información.Para evitar que esto suceda Guillermo Kozameh estima que la solución ante el problema “radica directamente en el propio sujeto, en que intente descubrir las verdaderas causas que lo llevan a hablar desmesuradamente y en que aprenda a considerar el silencio como una herramienta importante para reflexionar y aprender a conocerse a sí mismo”.

¿Qué se puede hacer?

Es posible poner fin a esa tendencia irritante de hablar sin parar. Para ello, Basta con seguir las siguientes pautas:
. Identificar las causas. Narcisismo, inseguridad, fobias, carencias… Es necesario encontrar los verdaderos motivos para poder atajar el problema de manera definitiva.
. Aprender a escuchar. Probar a mantenerse callado en algunas conversaciones y descifrar los conocimientos adquiridos al mantenerse como espectador.
. Valorar el silencio. Puede resultar interesante realizar prácticas que requieran un estado absoluto de silencio: yoga, tai-chi, meditación... Cualquier tipo de actividad que nos ayude a fomentar el autoconocimiento interior.
. Consultar con un especialista. Abandonar los prejuicios a la hora de pedir ayuda a un terapeuta. “Hay situaciones –declara Kozameh–, como la psicosis maníaca, que precisan de un seguimiento profesional”.

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