Lo que ven los videntes

Comportamiento

Predicciones, visiones... A todos nos gustaría creer en ellos. Pero ésos y ésas que leen en nuestro pasado y ven nuestro futuro, ¿tienen realmente un don? ¿O es tan sólo intuición?

Elle.es - 10-11-2009

“Mi primera experiencia con una vidente fue totalmente casual –cuenta Beatriz, de 40 años–. Era septiembre de 2002. Me echó las cartas y me leyó la mano. En aquel momento estaba casada, era feliz en mi matrimonio, pero ella pronosticó que dos meses después mi marido me iba a dejar. Y así ocurrió. No pudo tratarse de sugestión porque yo no había ido a buscarla, ni siquiera me cobró... Desde entonces, tengo un gran respeto por la gente seria que se dedica a la videncia”. ¿Casualidad? ¿Premonición? A veces cuesta trabajo creer en los videntes y más aún desde que han empezado a proliferar en televisión las echadoras de cartas y los videntes por teléfono. Muchos piensan que los que se interesan por la videncia son personas crédulas, con un nivel intelectual pobre, a las que se les puede convencer de cualquier cosa. Sin embargo, las estadísticas son sorprendentes: según un estudio realizado por el Instituto Opina, en España se estima que hay cuatro millones de personas entregadas a la videncia, de las cuales un 42 por ciento pertenece a la clase alta. Consultan a los videntes antes de tomar decisiones importantes o cuando algo en sus vidas no funciona como a ellos les gustaría. ¿Superstición?

Eliminar la ansiedad

Para Mila Cahue, psicóloga clínica del gabinete Álava Consultores, esto puede deberse a un deseo de recuperar la sensación de control sobre lo venidero y lo desconocido: “Los seres humanos necesitamos dar sentido a lo que nos rodea por una mera cuestión de supervivencia. Cuando no entendemos por qué ocurren ciertos acontecimientos o cuando éstos escapan a nuestro control, nos sentimos francamente incómodos. Queremos eliminar la sensación de intranquilidad o de ansiedad que sentimos, recuperando la calma necesaria para el bienestar del organismo”. Muchos opinan que los videntes tienen este poder mientras otros, más racionales, opinan que el futuro no está escrito. Sin embargo, no se trata de debatir en estas páginas el fenómeno de la videncia o de si son unos charlatanes, sino de analizar su funcionamiento psicológico: ¿Qué ven los videntes? ¿Qué pone en marcha ese mecanismo que les lleva a hablar sobre alguien del que ignoran absolutamente todo, que no han visto nunca en su vida? ¿Qué podemos esperar de ellos?
Para saberlo hemos consultado con tres videntes: la holandesa Veluska, la sevillana Concha Pino y la madrileña Rosario Velasco. Las tres tienen una larga experiencia en el mundo de la videncia. “No considero que tengamos un don –estima Veluska, que lleva 11 años practicando de manera profesional la videncia–, sino más bien cierta facilidad para abrirnos con las personas”. Para Rosario Velasco, se trata más de una capacidad: “Al igual que algunas personas tienen unas capacidades determinadas para tocar un instrumento, pintar o escribir, yo la tengo para conectar más allá del tiempo y del espacio pero siempre procurando tener los pies en la tierra, intentando racionalizar y encajar lo que me enseñan las cartas”.
Sin embargo, según afirma la psicoanalista francesa Elisabeth Laborde-Nottale, cada uno de nosotros puede experimentar un estado de conciencia que hace que la videncia sea posible: “Cuando hacemos una sesión de sofrología, de relajación o de visualización, y logramos ese estado de ‘trance’ durante el cual el vidente ve desfilar ante sí una especie de sueño muy real –que se traduce en representaciones, símbolos, nombres propios o lugares – que él debe descifrar. Esta aptitud a la comunicación extrasensorial, que tenemos siendo niños, suele desaparecer cuando aprendemos a hablar y podemos establecer contactos a través de las palabras.?Los futuros videntes, sin embargo, la conservan y la transforman en un mecanismo de defensa contra un cierto sentimiento de inseguridad permanente que mantienen”. Un sentimiento de inseguridad que proviene del hecho de que los consultantes pongan en entredicho sus previsiones.

Poder prever el peligro

Tanto Veluska como Concha Pino sostienen que sus primeras experiencias en este campo transcurrieron en su infancia, a edades muy tempranas, y que no fue algo ni deseado ni buscado. “Los videntes tienen esa sensibilidad porque han tenido una infancia atípica”, explica Veluska, y en esto coincide con las conclusiones a las que llegó un equipo de psicólogos belgas de la Universidad de Lieja en su estudio sobre los mecanismos psicológicos que entran en juego en los videntes.
Según los psicólogos, los videntes suelen ser individuos frágiles, debido a una infancia difícil, llena de pérdidas, de separaciones. “El que ha sufrido abuso sexual en su infancia, por ejemplo, diferenciará con más facilidad tonos de voz, gestos, miradas, olores, indicativos de peligro, difíciles de detectar para otra persona que no haya estado en esa situación”, analiza Cahue. Esto explicaría el carácter individual de la videncia: no se produce de la misma manera en todas las personas, puesto que dependerá de la experiencia personal de cada uno.
Otros estiman que los videntes son personas que tienen una gran facilidad para recoger la información confusa, verbal o no verbal, que deposita el consultante durante la sesión. La reordena en el cerebro y la devuelve de forma coherente y llena de sentido, proporcionando la sensación de seguridad y control que necesita la persona que acude a una consulta. El vidente actúa entonces como mediadoro entre el presente de esta persona y su futuro. Lo ven como un ser que sufre, al que le falta algo, al que hay que ayudar. Por eso no les gusta que se les venga a ver en consulta por curiosidad: tienen que sentir que hay una herida en el visitante para poder ayudarles.

Querer creer en el destino

A veces, las profecías tardan en cumplirse o no se cumplen, y ése es el gran misterio de la videncia: ¿Por qué seguimos consultando? “Porque lo veo como alguien que reemplaza a varias personas a la vez: un sacerdote, un buen amigo, un psiquiatra”, confiesa Antonio, de 33 años. O quizá porque la videncia nos sirve para aceptar uno de nuestros principales fantasmas: que el destino está siempre escrito y que lo está de preferencia, bajo la forma de una bella historia, donde, al final, todos nuestros deseos se cumplirán. Por eso, al vidente no sólo le pedimos –“háblame de mí”–, sino que le exigimos –“dime que tengo un futuro, asegúrame que la vida gris que llevo ahora va a volverse de color rosa”–. La adivinación es una de las más antiguas profesiones del mundo, y mientras tengamos necesidad de aplacar nuestra sed de sueños, seguirá sobreviviendo a los tiempos.