¿Qué significan nuestras torpezas?
Comportamiento
Tropezar en la calle, romper una taza o derramar el café al servirlo son algunas de las torpezas que habitualmente todos cometemos. Pero cuando se vuelven repetitivas, terminan por crispar a los demás. ¿Por qué nos avergüenzan?¿Qué indican?¿Despiste, poco autocontrol, falta de seguridad, desinterés?
Elle.es - 21-10-2009
Quién no se ha torcido nunca un tobillo al bajar un escalón, ha derramado el café de la taza o ha roto un plato al intentar cogerlo? Y, sin embargo, si preguntamos a nuestro alrededor, pocos serán los que se definan pocos hábiles. ¿La razón? La torpeza infravaloriza socialmente, como explica Miguel Silveira, psicólogo especializado en control del estrés y autor del libro Vivir sin estrés. “Nos da cierta vergüenza, porque a nadie le gusta aparecer como imperfecto, patoso o corto de entendederas, sobre todo en esta época en la que lo brillante, lo perfecto, lo impresionante se cotizan a la alza. En cuanto a los demás, las torpezas ajenas producen hilaridad por el contraste entre lo que se espera que hagamos bien y lo que hacemos mal.?En el fondo, hemos aprendido por modelos, viendo actuar a otros, que lo feo, lo imperfecto, lo limitado, lo erróneo inspiran sentido del rídiculo”, puntualiza el especialista.
La palabra torpe viene del latín turpis y significa desmañado, falto de destreza o de habilidad, y aunque en medicina se refiere a un problema de coordinación, en su aceptación más cotidiana contiene otros matices. Según los psicólogos, la falta de seguridad puede engendrar torpeza y precipitación. Cuando nos sentimos bloqueados y no conseguimos expresarnos, el cuerpo intenta comunicarse como puede.Esto es lo que le pasó a Luis tras el nacimiento de su primera hija: “Tenía la impresión de llevar un paquete en los brazos. Hasta que no empezó a hablar, me sentí torpe, incapaz de coger correctamente a un niño en brazos. Viví esta incompetencia como un fracaso personal”.
También esconde, como indica Silveira, despiste o falta de concentración: “Suelen ser personas poco proclives a no enterarse de lo que les ofrece el momento presente, soñadoras y ensimismadas. Asimismo, ocurre con los que viven sometidos a una gran presión. En esas personas que no están en lo que están, se produce una asincronía entre lo que tiene que suceder y lo que sucede”. Muchos sufren con ello, como Teresa, de 35 años, a la que desde pequeña, han intentado corregirle este “defecto” ortofonistas y ortopedistas: “Me choco con todo, piso a todo el mundo, cada vez que tengo algo en las manos, se me cae al suelo. Y, sin embargo, procuro tener cuidado y concentrarme, sobre todo cuando estoy fuera de casa. Porque sé que soy torpe, mi madre no ha dejado nunca de repetírmelo”. Y es que la falta de habilidad sólo es visible y queda latente bajo la mirada de los demás. Son los otros los que nos la desvelan. Si estuviésemos solos y si nadie nos hiciese ningún comentario, el coleccionista de cardenales viviría su poco hábil destreza sin que le preocupase lo más mínimo. Aunque hablan de nosotros y de nuestra manera de enfrentarnos a la vida, esta falta de habilidad puede deberse a un problema de motricidad mal desarrollada durante la infancia. Para que un gesto se realice con soltura, debe repetirse mucha veces a lo largo de la vida, hasta que se convierte en automático. Sin embargo, hay niños que pasan muchas horas frente al televisor, sin moverse, casi sin parpadear. Lo único que manejan es la vista.
Males de infancia
En ocasiones, una educación demasiado exigente o estricta es la culpable de que algunos niños, llegados a la edad adulta, se bloqueen cuando repiten ciertos actos. Esto sucede cuando hemos tenido unos padres impacientes que han querido enseñarnos demasiado rápido a pelar correctamente una manzana, por ejemplo. Su reacción agresiva puede provocar un cierto bloqueo en nosotros que sale a flote cada vez que cogemos un cuchillo. “Corremos el riesgo de etiquetarnos como torpes y comenzar a comportarnos según esa etiqueta que nos hemos puesto. Así, el que se considera patoso estará más pendiente de su comportamiento, se autoevaluará negativamente y el resultado será una conducta poco espontánea, mediada fundamentalmente por la ansiedad”, explica Mónica Rodríguez-Cruz, terapeuta del Centro de Psicología Huarte. Algo que muchos tímidos, por ejemplo, viven mal. “No sé cómo lo hago –cuenta Marcos–, pero en seguida pierdo las amistades y sufro pensando en ello. Lo pienso una y otra vez, le doy vueltas y más vueltas, trato de vencer mi timidez, pero no me sale, meto la pata, siento una vergüenza terrible y pierdo las oportunidades, me quedo paralizado. Me preocupa demasiado lo que piensen de mí y por eso me falta naturalidad. Tengo la sensación de que todo el mundo me estará mirando y que se están riendo interiormente de mí.”
Dificultad de adaptación
Nuestras torpezas hablan, en definitiva, de nuestra dificultad de adaptación frente a una situación determinada. Y, sin embargo, también despiertan ciertas simpatías. Es como un antihéroe por el que sentimos ternura frente a sus debilidades. Algo que Marcos conoce muy bien, de hecho eso fue lo que le atrajo de su mujer: “La conocí en una cena en casa de amigos comunes. Aún recuerdo su entrada: llegó tarde, se tropezó con el abrigo que llevaba en la mano.?Durante la cena, vertió la copa de vino. Me gustó. "La encontré espontánea, frágil. Pensé que necesitaba ser protegida, que no estaba hecha para estar sola”.




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