¿Se puede disfrutar en el trabajo?

Empleo

A la semana pasamos 40 horas en nuestro lugar de trabajo. Esto hace que nos planteemos si nuestra actividad laboral es una tortura o una oportunidad para realizarnos. Los consultorios de los especialistas se llenan de gente que no disfruta del trabajo.

Elle.es - 25-11-2009

Muchos consideran el trabajo, más allá de una actividad social o una fuente de autorrealización, sólo como la prestación de un servicio a cambio de un salario. Realizar actividades que distan de satisfacer los intereses personales, tener que prestar servicios en un área lejana a la que nos hemos preparado, la inestabilidad laboral, la mala relación con los compañeros, la sobrecarga de funciones... son causas para “padecer” el trabajo y no para disfrutarlo.
Aunque existen personas que tienen la fortuna de encontrar un espacio laboral donde desarrollar su talento y satisfacer sus necesidades, lo cierto es que, después de un tiempo, el desencanto acude en muy variadas formas: poca satisfacción (77 por ciento), mala relación con el jefe (64 por ciento), poca seguridad en el trabajo (61 por ciento), salario por debajo del mercado (53 por ciento) y falta de formación y desarrollo (52 por ciento). Más datos. Según un estudio de la consultora Watson Wyatt –realizado entre 600 compañías europeas-, un 45 por ciento de los españoles no está contento con su trabajo. Por tanto, no es de extrañar que psicólogos, psiquiatras, coaches y expertos en autoayuda coincidan en reseñar el aluvión de trabajadores “quemados”, desilusionados, estresados e infelices, que acuden a terapias de grupo, sesiones de conductismo o buscar “entrenadores laborales” para aprender a asumir un trabajo que les produce infelicidad y afecta a sus vidas privadas.

Ciclo de cinco años

Muchos especialistas, como la psicóloga de Formación y Desarrollo Mónica Lapeña, subrayan que “el período de un trabajador satisfecho en una compañía es de cinco años, después la persona continúa creciendo hasta alcanzar su nivel de infelicidad. Irremediablemente, todo em­pleado está condenado a repetir este ciclo: desarrollo-satisfacción-desencantamiento-insatisfacción-búsqueda de mejores oportunidades... y vuelta a empezar.
La psicóloga Pilar Varela hace una lectura más positiva: “Dos factores de salud mental tienen que ver con el amor y el trabajo:?disfrutar queriendo y disfrutar trabajando definen a una persona adaptada y feliz. Un puesto de trabajo idílico permanentemente no existe, pero hacer lo que uno sabe y recibir un dinero a cambio es una suerte. Echamos la culpa de los males al trabajo, y cuando hay más depresiones, ansiedad y conflictos es en situaciones de inactividad”.
En nuestra vida profesional pla­nean diferentes enemigos: las malas relaciones con los compañeros, el ninguneo por parte de los superiores, la mala remuneración, el aburrimiento, la sobrecarga laboral...
Para superar estos obstáculos debemos, como principio general, negociar los inconvenientes que presentan y sopesar las posibilidades de cada uno. “Sería de kamikazes laborales pretender imposibles –argumenta Lapeña–. Por ejemplo, puede ser más fácil conseguir que me paguen las horas extras en lugar de lograr una reducción de jornada”. Otros aspectos a tener en cuenta son: no pelearse con la realidad y poner sensatez con las peticiones. Siempre debemos plantearnos objetivos cercanos, casi diarios: tomar la iniciativa, reformular procedimientos que consideremos poco operativos en la empresa, delegar tareas que nos superan, aprender nuevas formas de realizar el trabajo, mantenernos al margen de compañeros con actitudes negativas y de victimismo...
Pilar Varela también aporta su experiencia: “Si nuestro trabajo es digno, que no todos lo son, para disfrutar de él sólo hace falta poner la cabeza y el corazón”. Y se explica: “El efecto psicológico del trabajo bien hecho es automático y a menudo inconsciente. Múltiples experimentos demuestran que las personas no deseamos hacer mal nuestro trabajo, aunque no nos paguen. Todo tipo de trabajo, el remunerado y el del ama de casa, el estudiante o el voluntario, puede convertirse en una de las principales razones de vivir”.

Con ayuda externa

Si no hemos prestado la atención adecuada a nuestras necesidades fundamentales tenemos otro enemigo:?el estrés. Y sus consecuencias: nervios, insomnio, somatización de enfermedades, bajo rendimiento...
Sólo hay dos opciones ante semejante rival: luchar o abandonar. Si decidimos la primera opción, es posible que haya que pedir ayuda terapéutica, recurrir a un coach o fortalecernos internamente del modo en que elijamos. “En algunas ocasiones, estas técnicas aportan la fuerza necesaria –si las circunstancias nos lo permiten– para renegociar nuestra situación con la empresa: aumento de sueldo o beneficios sociales, reducciones de jornada, posibilidades de formación, o cualquier recompensa externa que sea adecuada y posible”, aclara Lapeña.
Sólo agotadas todas estas opciones, si nuestra situación nos asfixia y es irreversible, no queda otra salida que el cambio: “Soy consciente de la dificultad de encontrar un trabajo y lo que para muchos supone –explica la psicóloga Lapeña-, pero en muchos casos no es un capricho, es la única opción. No obstante, hay que tener muy claro que se trata de cambiar, no ‘huir’. Ningún trabajo es bueno o malo en sí mismo. Lo que lo hace mejor o peor es la manera en que nosotros lo aceptamos, las armas con las que combatimos las malas rachas, y la decisiones que tomamos”.