Yo para ser feliz quiero...

¿Sabemos qué buscamos?

Por suerte estamos diseñados para sacarle el máximo partido a la vida y por suerte, también, lo que nos hace verdaderamente dichosos son las cosas más sencillas, pero en ocasiones se nos olvida y nos perdemos en un laberinto de imposibles, buscando no sabemos qué. ¿Qué es eso que tanto anhelamos y que a veces nos ciega? ¿Qué es la felicidad?

Elle.es - 04-05-2011

Cierra los ojos y pide un deseo: “Ser feliz”, sueño. Hace ya 23 siglos, Aristóteles concluyó que hombres y mujeres buscaban la felicidad por encima de cualquier otra cosa, hoy sigue siendo nuestra protagonista. Soñamos, imaginamos, anhelamos, pero ¿hemos reflexionado qué es para nosotros la felicidad? Quizá sea el momento de hablar con nosotros mismos, mirar en nuestro interior y buscar la verdadera felicidad, ésa que José Luis Zaccagnini, profesor de psicología de la Universidad de Málaga y experto en Psicología Positiva, define como “una meta, un objetivo vital que orienta y motiva nuestro comportamiento hacia la autorrealización. Cuando decimos ‘me siento feliz’, lo que ocurre es que sentimos que nos estamos acercando hacia la autorrealización”.

Tras el verano, la vida sigue

Estos días, de vacaciones unos o recién llegados otros, es fácil pensar, no sin cierta sorna, que nos estamos acercando mucho a esa meta de la autorrealización. Pero no debemos confundir placer con la auténtica felicidad. Ésta se mantiene en el tiempo, mientras que los placeres, legítimos pero volátiles, mejoran nuestra calidad de vida, pero no se pueden tomar como un fin en sí mismos. El hombre es realmente feliz más allá de la simple consecución del placer y eso es lo que nos distingue de los animales. Las vacaciones están para disfrutarlas, pero no nos van a dar la felicidad duradera. “Si alguien es muy feliz de vacaciones y al volver se le cae el mundo encima es que tiene un serio problema”, continúa Zaccagnini. Poner todas nuestras expectativas en el veraneo no tiene sentido porque, como acompaña Carmelo Vázquez, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, “vivimos y viajamos con nosotros mismos, nos llevamos en la mochila, es el equipaje que siempre nos acompaña”.
Los estudios demuestran que a lo largo de la vida nuestro nivel de felicidad o de bienestar subjetivo con ella mantiene un patrón estable. Según María Cavas, profesora de Psicobiología de la Universidad de Málaga, “las personas que se quedan paralíticas en un accidente, a los dos años del golpe muestran niveles de felicidad muy similares a los que tenían antes”. Ocurre lo mismo con aquellos a los que les toca la lotería, al cabo de un tiempo vuelven al mismo nivel de felicidad de antes. “Tenemos unos mecanismos –explica Vázquez– que nos devuelven al punto en que nos sentimos bien, distinto para cada persona: las hay más hedónicas, más sufridoras… Nuestras conductas y la búsqueda del entorno y la gente tienden a llevarnos a ese punto. Este funcionamiento forma parte de un sistema adaptativo, con sistemas de frenada y aceleración para regularse”.
Por suerte, la felicidad depende de nosotros y, afortunadamente, por lo general somos felices; estamos diseñados para sacarle el máximo partido a la vida y tenemos mecanismos psicológicos para sentirnos lo mejor posible, incluso en situaciones tremendas. Pero tendemos a cometer un error: pensar en la felicidad en términos absolutos. El “felices para siempre” pertenece al mundo de los cuentos, que acaban bien porque acaban. Nosotros sólo podemos alcanzar estados próximos a la felicidad, a la autorrealización, y éste debe ser nuestro objetivo, “ese estado –define Zaccagnini– en que nos encontramos bien con nosotros y con todo lo que nos rodea, porque comprendemos la realidad en que vivimos, la aceptamos porque la amamos y sabemos cómo tratarla”.
¿Cómo alcanzar, entonces, la máxima felicidad posible? Paradójicamente, sin buscarla, porque si ése es nuestro único objetivo, nos frustramos. “La felicidad no hay que buscarla –enseña Vázquez–, es una búsqueda inicialmente perdida. Viktor Frankl dijo que los que buscaban la felicidad eran los primeros aguafiestas. No hay que hacer un plan para ser feliz, sino un plan para vivir que incluya aquello que contribuye a la felicidad, que es una vida activa y socialmente plena. La felicidad es una especie de gran buque que puedes cambiar un poco de rumbo y al cabo del tiempo ves los resultados. Lo importante no es tanto el producto como el proceso, el día a día”.
Zaccagnini invita también a diseñar un plan “con los propios objetivos vitales para buscar la felicidad y tratar de alcanzarlos, trabajándolos”. Porque, como dice el filósofo José Antonio Marina, hacer lo que me da la gana es obligarme a hacer lo que “la gana” dicte. Si nuestro bienestar depende de lo que somos, no de lo que tenemos, no podemos esperarlo sentados. “La felicidad es una condición vital que cada uno debe cultivar y defender”, dice el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi.

El bienestar no es egoista

Pero la búsqueda de la felicidad individual no es tan individual ni egoísta como nos han querido hacer creer. “Estamos diseñados para encontrarle el sentido a la vida en las relaciones con los demás: con la pareja y con los familiares, que juegan un papel central; en las amistades, fuente de equilibrio psicológico; en las relaciones laborales, presentes en un tercio de nuestras vidas, y en nuestra relación con el resto de la humanidad. La felicidad debe entenderse como el intento de crecer como persona en un mundo en que todos puedan hacer lo mismo”, señala Zaccagnini. Mientras más felicidad damos, más nos queda; por eso, la recomendación es que en el día a día hagamos aquello que contribuya a una buena vida en todos los aspectos, los hedónicos y los virtuosos.
El rey de Bután se hizo famoso cuando dijo que el objetivo de su gobierno no era maximizar el PIB, sino la felicidad nacional bruta. Bután se convirtió así en el reino de la felicidad. ¿Por qué no maximizar la felicidad bruta de nuestro pequeño territorio y el de los que nos rodean? Está en nuestras manos.