La cirugía se cobra una nueva víctima en Hollywood

El actor de Modern Family Reid Ewing ha confesado que fue víctima de un trastorno dismórfico corporal que le volvió adicto a la cirugía plástica.   

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Reid Ewing saltó a la fama por interpretar a Dylan, el atractivo adolescente que conquista a Haley, la hija mayor de los Dunphy, en la serie Modern Family. Un joven llamativo, de aires alternativos y seguro de si mismo, que nada tiene que ver con la realidad que sufrió el propio actor. 

A sus 27 años, Reid ha relatado para The Huffington Post lo que supuso sufrir un trastorno dismórfico corporal, una condición mental por la que el afectado se obsesiona ante un defecto –real o imaginario– de su cuerpo de manera desproporcionada. La preocupación es tal que afecta al carácter y a la manera de socializar del individuo y puede llevarle a tomar decisiones tan drásticas como fue la cirugía estética en este caso. 

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El actor apunta que es un problema que va más allá de los complejos cotidianos, ya que desde joven “su apariencia era lo único que le importaba”. Esta obsesión le llevaba a tomarse muchas fotos diarias para analizar estos supuestos defectos y a sentirse hundido por su aspecto físico. Tras llegar a la conclusión de que “nadie tiene el derecho a ser así de feo”, decidió comenzar con las operaciones estéticas a los 19 años de edad. 

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Unos implantes de mejillas le descubrieron lo adictivo que podía resultar el quirófano, a pesar de lo dolorosa que fue la intervención. Pero tras semanas de durísima recuperación, los resultados fueron desalentadores: “Las partes inferiores de mis pómulos estaban tan huecas como las de un cadáver”. Sin darse por vencido, acudió a un segundo médico “incluso menos cualificado que el primero”, quien decidió que la solución pasaba por un implante de barbilla, con unos resultados incluso más catastróficos que la primera vez, ya que el actor notó que el mismo “podía desplazar el implante de un lado a otro de la cara”.

Su estremecedor relato da cabida a diversas intervenciones más, añadiendo y retirando implantes, durante los años posteriores. Intervenciones que en lugar de acabar con sus inseguridades, hacían aflorar nuevos defectos que debían ser corregidos y le hundían cada vez más en su depresión. 

A día de hoy el actor reconoce que ninguno de los médicos por los que pasó se preocupó por su salud mental, ni tuvo en cuenta un historial que incluía desórdenes alimenticios. Nadie le sugirió que visitara a un psicólogo, pero es solo a día de hoy cuando se ha dado cuenta de que no necesitaba ninguna de esas intervenciones. 

Reid lo califica como una experiencia “altamente adictiva” que no es tratada con la seriedad que debería, dado el secretismo y la escasa aceptación social que rodea a esta práctica. Por ello recomienda que “antes de buscar cambiar tu cara, deberías pensar si es tu mente la que necesita un arreglo”. Un ejemplo que ilustra la gravedad que supone dejarse llevar por las apariencias físicas hasta límites extremos.