Entrevistamos a Valérie Trierweiler

Fue primera dama de Francia hasta que François Hollande la engañó con Julie Gayet. Hablamos con ella de amor, pasión y los secretos del Elíseo.

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El pasado 10 de enero una revista francesa publicó en portada las fotografías de François Hollande saliendo de la casa de su amante, la actriz Julie Gayet. Unos días después el presidente galo rompió con su pareja, Valérie Trierweiler; lo hizo con un comunicado oficial de 13 palabras difundido por toda la prensa. Ella se enteró en ese mismo momento, como Francia entera, mientras se recuperaba del shock que le provocó conocer la infidelidad y que la mantuvo varios días en el hospital. Se refiere a este episodio como «el terremoto que ha devastado mi vida» y se pregunta: «¿Cuánto tiempo necesitaré para superar el duelo de este amor?».

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Valérie Trierweiler (Angers, 1965) era ya una brillante periodista política a los veintipocos años. Atractiva y con una personalidad arrolladora, en 2007 empezó su relación con el entonces Primer Secretario del Partido Socialista, emparejado con su compañera de partido Ségolène Royal, con quien tenía cuatro hijos. Valérie estaba casada con un colega de la revista Paris Match, donde escribía y a la que sigue vinculada. Herida y humillada, ha revelado todos los detalles de su historia en Gracias por este momento (Maeva), libro que ha batido récords de ventas en Francia y que ha convertido un romance de amour fou casi en un asunto de estado. Peleas, llantos, victorias electorales, ataques de ansiedad, viajes oficiales, frascos de pastillas, celos, misiones humanitarias, luchas de poder, envidias, mensajes suplicando volver... «Jamás he amado a nadie como a François Hollande», confiesa en sus páginas. En esta entrevista, sin embargo, declina contestar a la pregunta de si espera enamorarse de nuevo. También a una cuestión sobre Ségolène Royal, figura por la que manifiesta verdadera obsesión. Otro asunto que prefiere esquivar es el que se refiere a los orígenes acomodados de Hollande y a la influencia de estos en su política de izquierdas.

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Abandonó usted su carrera profesional y su familia por François Hollande. ¿Mereció la pena el sacrificio? ¿Alguna vez ha pensado: «No debería haberlo hecho»?
No me arrepiento de haber dejado mi trabajo como periodista política, porque no me identifico con el modo en que el oficio se desempeña hoy en día. Además, tener remordimientos no sirve de nada. Durante toda mi vida he hecho caso de mis instintos, tanto en mi vida profesional como en la amorosa. Mi pasión por François Hollande no me dejó otra elección que lanzarme a vivirla plenamente. Ha quedado claro, además, que yo soy una persona íntegra y que jamás viví en una mentira. Lo que más me dolió fue que me dijeran que había destruido su familia y la pareja que formaba con Ségolène Royal, cuando yo misma estaba casada y tenía hijos pequeños. Era feliz en mi vida familiar. Durante mucho tiempo, velé por que nuestra relación profesional no fuera a más. Me resistí a él tanto como pude, hasta que mis defensas se vinieron abajo. Teníamos una complicidad muy bonita, es el mejor recuerdo que conservo de esos años.

¿Qué fue lo que más le dolió, la traición en sí o que esta se produjese de una manera tan pública?
Lo que más me hizo sufrir fue perder un amor que yo creía único e imperturbable. Sí, sacrifiqué mucho por él y jamás hubiera imaginado que nuestra historia pudiera terminar así. ¡Vivimos tantas cosas bonitas! Fue una gran conmoción para mí. Una conmoción muy dura y violenta. El que su traición se hiciera pública, evidentemente, lo hizo todo más complicado y cruel. Si hubiéramos sido una pareja normal, está claro que hubiéramos podido resolver las cosas de otra forma.

Usted es una mujer independiente, con una vida profesional plena y una familia. Sin embargo, sufre mucho por amor. ¿Resulta esto contradictorio?
Es algo que me he preguntado a menudo. ¿Cómo pude yo, tan apegada a mi libertad, volverme tan dependiente de este hombre, de su opinión, de su atención? No hay peor cárcel que la pasión amorosa. En la literatura podemos encontrar muchísimos ejemplos, magníficos y trágicos. Deberíamos saber amar de forma razonable. Ni él ni yo supimos querernos así. Ningún hombre me había amado jamás como él. Cuando quiso volver conmigo, yo sabía que había demasiado dolor acumulado como para que pudiéramos reemprender nuestra vida en común. Una amiga italiana me dijo hace poco: «Más vale poner fin al dolor que un dolor sin fin». Sufrí demasiado durante el último año de nuestra vida en común como para poder imaginarme el volver a empezar. Hubiéramos estado en el punto de mira de todos. Cualquier gesto que hubiéramos hecho estaría sujeto a interpretaciones. Ya no quiero tener nada que ver con todo eso. 

Proviene de una familia humilde. ¿De qué manera ha marcado este hecho su carácter?
Es evidente que me ha marcado. A todos nos marca el ambiente en el que crecemos. Nuestra familia, la escuela a la que vamos, el barrio en el que vivimos... Yo creo que debo a todo eso mi carácter fuerte. En Gracias por este momento explico cómo viví de muy joven una injusticia que me afectó profundamente: me prohibieron frecuentar a una de mis compañeras de clase porque yo no procedía de un «buen ambiente», y no lo entendí. Era la primera de la clase, nunca hacía nada malo, y aun así, me marginaban. Ya entonces, como ahora, sentía rechazo ante las injusticias clasistas o ante cualquier tipo de racismo. Siempre me pongo del lado de los más débiles y de las minorías. Hoy en día aceptamos muchas desigualdades, como si tuviéramos que resignarnos. Pero yo no me resigno.

Durante años conoció la política como periodista. Más tarde la vivió desde dentro como primera dama. ¿Qué fue lo que más le sorprendió?
Sin duda, lo que acabo de mencionar, este desprecio de las clases altas. Se da una situación a la que en Francia llamamos entre-soi (entre sí), como una especie de autosegregación. Los políticos proceden del mismo contexto que los empresarios y que una gran parte de los periodistas. Se respetan entre ellos; a veces se pelean y otras se apoyan, y en ocasiones se menosprecian, pero comparten el orgullo de formar parte de una especie de Olimpo. Y si no se pertenece a él, se tienen muy pocas oportunidades de prosperar. Aquel que no respeta los códigos, la ley del silencio, paga por ello. Fíjese: ¿cuántos miembros del gobierno o de la Asamblea Nacional proceden de la clase trabajadora? Nunca había habido tanta gente en el poder que se hubiera formado en el mismo grupo muy reducido de universidades de élite como ahora. Estar entre los primeros de la clase de esas universidades selectas les da la sensación de ser superiores al resto del mundo. Pierden todo contacto con la realidad. Yo ya sabía que la política era violenta, pero no hasta este punto. Y es también terriblemente misógina.

Tras el comunicado de ruptura enviado por François Hollande, recibió mensajes de Carla Bruni-Sarkozy y de Cécilia Attias. ¿Puedo preguntarle qué le dijeron?
No voy a desvelar el contenido exacto de sus mensajes. Pero tanto una como otra me dedicaron palabras de apoyo. Ambas conocían este ambiente, pues lo habían vivido igual que yo. Ambas tuvieron que soportarlo y hacer muchos sacrificios y, aunque sus experiencias eran muy distintas a la mía, podían comprenderme.

¿Hasta qué punto cree usted que un político debe responder públicamente sobre su vida privada?
Es una pregunta delicada. En el pasado, la prensa norteamericana silenció el comportamiento de JFK con las mujeres, su relación con Marilyn, como ocurrió con la doble vida de François Mitterrand en Francia, que durante mucho tiempo estuvo oculta. Y esos comportamientos influían en su vida pública. Sin duda, hemos pasado al extremo contrario. En Francia se han publicado más libros sobre la vida privada de François Hollande que sobre su política. Mi libro es consecuencia de esta evolución. Se han puesto tantas palabras en mi boca, se han contado tantas mentiras, que la única solución que me quedaba era contar yo misma mi propia historia.

El papel de las primeras damas ha quedado relegado casi exclusivamente a labores humanitarias, como en su caso. ¿Son útiles?
Sí, sí que lo son. Bernadette Chirac se centró en los niños enfermos, gracias a la asociación Pièces Jaunes; Carla Bruni, por su situación familiar, se interesó en la lucha contra el sida. Danielle Mitterrand, con la que más me identifico, defendía la causa de los pueblos oprimidos. Muchas veces resultaba molesta, incluso a la diplomacia, pero nunca renunció a sus ideales ni a su libertad de expresión. En mi caso, he defendido la causa de las mujeres que han sufrido violaciones en zonas de conflictos y la de los niños desfavorecidos a través de la organización Secours Populaire. Espero haber sido útil. Mantengo el contacto con varias familias a las que tuve la ocasión de ayudar y su aprecio me llega muy adentro.

¿Cómo afronta esta nueva etapa de su vida?
Todavía me cuesta mucho proyectarme en el futuro. Cuando la vida que llevas se interrumpe de un día para otro de manera tan brusca, es difícil anticipar los días venideros. Pero quiero imaginármelos como días llenos de música. Pronto cumpliré 50 años, empieza forzosamente una nueva etapa de mi vida. Mi carácter me lleva a no dejarme vencer y sé distinguir entre las pruebas que pone la vida y las desgracias.

¿Qué papel han jugado sus hijos estos últimos meses? ¿Qué sentimientos y qué opiniones le han transmitido?
Como les sucede a todas las madres, los hijos nos transmiten su amor. Y los míos, mis tres hijos, han sido más que generosos durante estos meses.

¿Ya ha pensado cómo va a celebrar la Navidad?
Sí, como todos los años, con mi familia, los Massonneau. Tengo cinco hermanos, y en Navidad nos reunimos unas 30 personas alrededor de la mesa. No hay nada que me haga más feliz. Es la celebración familiar por excelencia y nosotros estamos muy unidos. Mi madre ha estado muy presente en esta época tan difícil, e incluso a mi edad eso cuenta. La necesitaba a mi lado.