Entrevista con Andreu Buenafuente

Es ‘showman’, productor, escritor, alquimista de risas, dibujante, cazador de talentos y también padre entregado. El rey de la pequeña pantalla más noctámbula salta ahora a la grande. Y su arte no conoce límites.

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Al inicio de la conversación con Andreu Buenafuente (Reus, Tarragona, 1965), empiezo a enumerarle todas las facetas que arman su trayectoria profesional y exclama espontáneo: «¡Me he aburrido de oírte!». Porque resumir su ca­­­­rrera no es fácil. Empecemos: tiene tres premios Ondas por su labor en programas late night, ha fundado una empresa que se dedica al humor (El Terrat), ha hecho radio, ha dirigido teatro y un documental, ha actuado en películas, ha doblado animación, ha escrito libros (17), ha colaborado en dúos musicales –con Serrat, por ejemplo– y ha realizado ilustraciones para 'The New York Times'.

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El dibujo, su gran cómplice en los momentos de soledad noctámbula, es la actividad con la que rápidamente empatiza y la que le hace confesarse: «Gracias a ella me reencuentro conmigo mismo». Pero aquí no acaba todo. Hace un mes estrenó programa, 'Late Motiv', en el canal #0, de Movistar+, lo que le obliga a vivir en Madrid de lunes a jueves. Por si fuera poco, acaba de producir y protagonizar, junto a su inseparable colaborador Berto Romero, 'El pregón', una comedia de simpáticos perdedores. El refrán el que mucho abarca poco aprieta pierde fuelle ante su ejemplo. Porque en él todo suma. Y, más que nada, el sentido común.

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¿Quién se esconde detrás de tanto ajetreo profesional?
Pues en realidad decepciono un poco porque no soy un personaje atormentado. Me gusta la gente y desde los 17 años, edad a la que empecé en la radio, estoy feliz con mi actividad. Es una carrera vivida y que intento que no sea enfermiza, en el sentido de que no se convierta en algo que invada todo lo demás. Busco equilibrio porque también necesito tiempo para estar con mi familia.

Te faltaba protagonizar una película cómica, algo que por fin se ha materializado en 'El pregón'. Decías que, cuando lo consiguieses, ya te podrías morir tranquilo...
(Interrumpe). He cambiado de opinión. Morirme aún no.

¿Por qué significaba tanto para ti?
En realidad nunca fue prioritario. Pero me picó que periódicamente la gente me dijera cómo era posible que, siendo cómico y teniendo una factoría de humor, no hubiese hecho una película. Cuando Berto Romero empezó a realizar sus pinitos en el cine fue cuando nos lo tomamos en serio.

¿Qué te ha parecido la experiencia?
Me ha dejado la misma sensación que al que corre maratones: se puede sobrevivir. Y la he disfrutado. Imagínate, con 50 tacos y poniéndome nervioso como un colegial. Eso es lo que me mantiene joven: estar vivo y muy activo a estas alturas de la carrera. Espero ir a más en próximas entregas. Porque tengo intención de repetir en el cine.

En la película te desnudas. Exigencias del guión, claro...
(Risas). ¡Qué va! Lo pedí yo. Lo propuse ante las carcajadas del equipo y no me quedó más remedio que seguir adelante. La realidad nos premió (Berto lo acompaña en el trance) porque el rodaje fue muy plácido. Es curioso: los que nos dedicamos a esto tenemos una bipolaridad tremenda. En mi vida privada soy muy pudoroso, callado y hasta aburrido. Pero en cuanto me coloco el maquillaje y la americana, me pongo en situación y podría hacer la croqueta delante del rey de España.

¿Y cuando acaba la función?
Me voy a mi casa corriendo. Después de tantas luces, risas y ruido, ya no puedo más y, por una cuestión humana, me hacen falta paz y un sofá. Una necesidad de soledad que se prolonga hasta el desayuno. Me levanto antes y como desarmado, tomo algo solo y luego ya repito en familia.

¿Cuándo surgió el flechazo con Berto Romero, tu alter ego, inseparable colaborador y amigo?
Era de noche, oía la radio y en una emisora local de Barcelona escuché al grupo El Cansancio (grupo que Berto mantiene). Mi olfato, más o menos entrenado para la comedia y para la búsqueda de talento, se paró en ese dial. Y, desde entonces, se ha desarrollado una complicidad cocinada a fuego lento. Con los años he descubierto que detrás de ese cómico que me hace mucha gracia hay un gran tipo, un hombre centrado, cauto, con sentido común y buen compañero. Y también con una talla de ropa menos que yo, cosa de la que se vanagloria siempre que puede.

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Eres el rey del late night...
(Vuelve a interrumpir). Bueno: más que rey sería el Robinson Crusoe o el pesado del late night, porque sigo apostando por ello contra viento y marea. Queda clarísimo que la tozudez es el secreto de mi permanencia en este trabajo.

¿Sientes la responsabilidad de ser un líder de opinión?
Le quito mucha épica. La gente que está en su casa es muy lista. Me ha escogido, aunque sus opiniones las tiene de antes y ya no le voy a influir. La superdifusión de la televisión puede generar algún monstruo raro. Pero no es mi caso.

¿Hay que tener un ego muy grande para ser tú?
Eso del ego es algo que me tiene también muy confuso. Ni siquiera sé lo que pienso sobre ello, entre otras cosas porque la palabra en sí posee algo de tóxico. Para trabajar en esto debes creer que sirves. El artista quiere que lo quieran y busca gustar; eso es así. Desconfía del artista que no lo persiga. Pero no soy fruto de un pelotazo ingobernable, sino que he venido desde abajo y todo se ha desarrollado de una manera tan gradual como natural. Eso me ayuda a no confundir tener repercusión con ser importante.

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¿Quién es tu líder de opinión?
Sobre todo Silvia (la actriz y humorista Silvia Abril, su pareja), que es muy razonable y tiene una cabeza muy bien amueblada. Humorísticamente me fío de Berto y de mis amigos cercanos.

¿Te aferras a tus colegas de siempre o eres abierto a la gente?
Intento ser poroso. Yo creo mucho en las personas, a pesar de que algunas me han decepcionado. Pero no permitiré que esas decepciones rompan mi confianza en la humanidad. Me duele cuando conozco a alguien de mi edad que dice: «Yo ya tengo todos los amigos que quería tener». A mí eso me parece una muerte en vida. Quiero creer que de repente conoces a una persona de 28 años que te aporta y que suma experiencias. La vida es líquida; los más felices y sabios son los que a los 90 años se rodean de gente joven.

¿Qué tal te llevas con la autoridad?
No me gusta mucho que me manden. En cuanto me dicen qué es lo que debo hacer, ¡mal vamos! Entiendo que tiene que haber un orden; no soy un pesado ni un intratable. Pero como la gestión de nuestras autoridades políticas ha convertido esto en una leonera, les he perdido el respeto. Lo que sí me gusta es discrepar, y desde la comedia intento que eso se vea.

Eres tu propio jefe. ¿Cuáles son las ventajas?
Sé que no hubiese podido hacer todo lo que he llevado a cabo sin ser mi propio jefe. A cambio, tampoco hay a nadie a quien echarle la culpa. A lo mejor viviría más tranquilo sin tener que luchar con los bancos para sacar adelante una empresa y a sus trabajadores. Llegué a pensar que me habría gustado que me llevaran y no tirar tanto del carro. Finalmente he firmado un pacto conmigo mismo. Yo lo escogí, así que...

Además de monólogos, música y humor, en tus programas hay entrevistas. ¿Cuánto tiempo dedicas a prepararlas?
Cada vez más. Es el campo más complicado de mi trabajo. Ahora cuento con un estupendo equipo de pensadores que me ayuda. Todo tiene que parecer fácil y en realidad eso de sentarse a hablar con alguien que no conoces esconde una gran complejidad: saberte muy bien a la persona, hacerle sentirse cómoda y conseguir que se abra. Y al no considerarme periodista, con la experiencia he desarrollado también una cierta falta de escrúpulos. Al principio de mi carrera pasaba muchísima vergüenza. Ahora ayuda que el entrevistado vea frente a él a un señor. Eso rompe tabúes y facilita el que tengas una conversación con cualquier persona; sea quien sea. Cuando eres más joven te queda la duda de que te miren y piensen: «¿Y con este niñato de qué voy a hablar?» (risas). Recuerdo que con quien no conecté muy bien fue con Benicio del Toro. Pero porque hicimos la entrevista en castellano, idioma con el que se sentía más inseguro; venía de promoción y eso es una paliza. De todos modos, conseguir frescura entre dos personas que no se han visto nunca es un auténtico milagro.

Sacas mucho a relucir el tema de la edad. ¿Cómo te ha sentado cumplir los 50?
Ahora viene una época de madurez real. Antes me las daba de maduro, pero hoy ya tiene su lógica. A nadie le gusta hacerse mayor, aunque también me he tranquilizado en esto. He decidido que voy a vivir esta etapa sin entrar en un bucle del paso del tiempo. Intento cuidarme y estar a la altura de mi trabajo. Porque mentalmente yo tengo 35. A cambio, conozco a gente de 35 años que de cabeza es mucho mayor que yo.

¿Qué te han enseñado los años?
Que en la vida están presentes todas las gamas del gris. Cuando empecé todo me parecía rosa y dorado. Luego la gente querida se muere, otros te decepcionan, los trabajos se pierden, un país se hunde, las empresas las pasan canutas...

En 'El pregón' la heroína romántica (interpretada por Belén Cuesta) se llama Silvia. ¿Es un guiño personal a tu pareja?
No, el nombre ya estaba. En cambio, propuse que mi personaje se llamase Juan en homenaje a mi padre. Murió hace tiempo y me habría gustado que la hubiese visto.

Hablemos de mujeres: ¿cuál es tu percepción del universo femenino?
Es superior al del hombre en muchos campos. Es que la mujer está mejor acabada genética e intelectualmente. Es un motor de vida a todos los niveles. El hombre sólo puede acompañarla y, en algunos casos, completarla. Estoy totalmente convencido de que podéis vivir sin hombres. Cuando digo esto y hay alguna mujer en la conversación, siempre escucho: «Bueno, no exageres, tú también estás bien» (risas). Pero es que, en el fondo, sólo nos necesitáis para inseminar. Si nos consideramos por separado, no hay color. Aunque es bonito cuando se produce el equilibrio entre el hombre y la mujer. Y vivirlo es maravilloso.

¿Cómo son ahora vuestros referentes masculinos?
Complicados. Para lo bueno y para lo malo, el nuevo hombre es reflejo de muchas actitudes, incluida la machista. Es un género dominante que ha hecho auténticos desastres, y entiendo que esté bajo la lupa. A cambio, el hombre está como un poco amenazado, observado, cuestionado, y debe responder de impresentables terribles que no tienen nada que ver con él. Es lo que nos toca. Por mi parte, aun a riesgo de sonar machista (y espero que no; pero como estamos en una época tan políticamente correcta, cualquier opinión se exagera), defiendo la masculinidad más neutra, y es la de que el hombre es así. ¿Y eso qué quiere decir? Pues que es despistado, y con un gen al que ya han puesto hasta un número que le hace propenso a la infidelidad.

Tuviste una hija con 47 años. ¿Alguna vez te paraste a pensar en el tipo de padre que querías ser?
Para la paternidad, como la mayoría de los hombres, he sido un torpe. Si no fuera por vosotras, la especie se habría acabado, y no sólo porque dais a luz, sino porque decidís que hay que dar a luz ¡ya! Yo estuve como postergando la decisión, no sentía la paternidad como algo pendiente. Al llegar a los 45 años y al tener una relación estable con Silvia, ella revivió en mí esa necesidad. Ha sido natural, bonito, y me ha llegado en el momento perfecto. Ser padre me ha quitado de encima unos cuantos años mentales. Físicos ya es otra cosa (risas).

Teniendo unos trabajos tan absorbentes, ¿cómo os organizáis?
Somos una familia en un constante arriba y abajo que intenta disfrutar de sus momentos juntos. La factura que pagas es tener en casa una organización que es casi empresarial, con gente que hemos contratado para que nos ayude. Pero ponemos mucho empeño en compaginarlo y debo reconocer que para eso Silvia es una crack. Ella hace que todo fluya. Sin su ayuda todo sería un caos.

Ahora que resides en Madrid, ¿cómo percibes desde la distancia la polémica en torno a la independencia de Cataluña?
Le quito mucho hierro a todo sin quitarle importancia. Se ha nivelado la complicación. Ni los catalanes son de otro planeta y se han vuelto locos ni los españoles no se saben gobernar. Estamos en un escenario de replanteamiento general. Hay un montón de gente en Cataluña que esta pidiendo un nuevo estatus y otro montón que no y lo que veo es que, en lugar de estar a la altura de ese reto, todo se politiza y se estigmatiza. El propio término separatistas me parece muy ofensivo. No salgo de mi asombro cuando veo que los que tienen que gestionar esto no hacen lo que deben. Porque es una cuestión de convivencia. Por favor: pacten los partidos que deban pactar, votemos, penalicemos a los que lo han hecho mal y hagamos prevalecer la normalidad. Parece que estamos encallados en un bucle sin fin cuando lo que pedimos son soluciones. Insisto: los gestores tienen que estar a la altura.