Los vicios gourmet de Davi Rovira

Le chiflan las lentejas y el kebab, y las ostras no fallan en familia. Estos son los placeres gastro del actor con más chispa.

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En la cocina soy de sota, caballo y rey, pero lo poquito que hago lo hago muy bien.
La gente dice que soy mucho mejor comiendo que cocinando. Es aplastante.
Soy muy fan de la fabada, la comida tailandesa, el cocido madrileño, la tortilla de patatas… ¡Ya me está entrando hambre!
La piña es lo único que no me gusta en esta vida, el resto me lo como todo.
De niño no podía ni ver las lentejas. Ahora puedo presumir de hacer las mejores que he probado nunca. ¡Se te va la olla!
No pasaría una semana sin algo dulce. Siempre hay un momentito en el día en el que te apetece esa típica onza de chocolate almendrado.
Mi nevera es un poco desastre. Voy y vengo y siempre tengo más líquidos que sólidos.
Pero nunca faltan vinos, refrescos, zumos… y tranchettes para los perros. Como toman pastillas, se las tengo que esconder dentro.
Mi artilugio de cocina preferido (sintiéndolo mucho) es la Thermomix. El brócoli no lo concibo sin hacerlo ahí al vapor.
Soy omnívoro y me gusta muchísimo la carne, pero intento comer la justa por cierta conciencia moral. Estoy en un proceso de autoanálisis alimenticio.
Cada vez me gusta 
más el mundo de las verduras.
Mi peor creación culinaria fue cuando cociné una salsa de pesto en la sartén. Se quedó un refrito supermalo que estropeó todo. Hubo que volver 
a cocinar, estaba incomible.
Un destino muy gourmet es Tailandia. Estuve el año pasado y disfruté mucho de esa mezcla de picantes y dulces.
Entre fusión y tradición, me quedo con las dos: que no me quiten mi pote o mi fabada... Pero el mundo fusión también me gusta. Probé la japo-peruana en Buenos Aires y me encantó. ¡Viva el mestizaje gastronómico!
El comino no falta en mis creaciones. Yo digo: «No sé 
si esto lleva comino, pero yo se lo echo a todo». ¡Comino siempre!
Si fuera un plato, sería una calçotada, porque tampoco soy muy sabroso pero tengo mi punto. Diría que 
soy divertido y te manchas conmigo.
Reivindico los menús del día del bar de abajo. Que están muy bien también.
Me conquistan con un kebab. Perdona, Ferran Adrià, pero el de las 5 de la mañana es insuperable.
Para ir con amigos, me encanta Floren Domezáin (Castelló, 9, Madrid). El dueño es de Tudela y tienen las mejores verduras de la huerta. Lo vas a gozar.
Le pediría a Karra Elejalde (compañero de rodaje de Ocho apellidos catalanes) que cocine para mí. Nos prometió a todos hacernos un pescado y al final, nada.
La Nochebuena no es lo mismo sin las ostras que trae mi tío. Cada dos o 
tres años alguien ‘se pone a morir’, pero en mi familia somos espartanos y seguimos apostando por ellas.
En la mesa somos poquitos: la familia de puertas adentro y rara vez superamos las diez personas.
El turrón debería comerse todo el año. Manifiesto mi queja de que no sea atemporal. Turrón, turrón, ¡viva el turrón! Que sales fuera de España y no lo hay, eso es intolerable.
El mundo mazapán es como… ¿pero qué es esto? Y la fruta escarchada del roscón de Reyes... Si queréis adornarlo, bien, pero no digáis: «Esto se come». ¡Ah! Y el mantecado de limón, que es el último que se queda en la caja, también me lo cargaba.
En Nochevieja nos vamos a una casa rural y cocino lentejas. Fíjate si me gustan.

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