Olga Kurylenko, miss Mundo

La entrevista más personal con la actriz ucraniana.

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Detrás de las enormes gafas de sol con las que la actriz Olga Kurylenko (Ucrania, 1979) esconde su rostro cuando llega a nuestro plató londinense, no se protege un personaje caprichoso. Según los códigos del 'showbusiness', podría serlo si quisiera. Porque la intérprete ucraniana, nacionalizada francesa y afincada en la capital inglesa, monopoliza una imparable trayectoria cinematográfica que comenzó en el videoclip 'Love’s Devine', de Seal (2003), despuntó al convertirse en chica Bond ('Quantum of Solace', 2008) y se ha consolidado a escala global con realizadores como Terrence Malick ('To the Wonder', 2012) y Fernando León de Aranoa ('Un día perfecto', 2015).
Lo que ocultan esos cristales oscuros es, en realidad, el apuro de una mujer cumplidora y disciplinada que llega casi dos horas tarde a un compromiso de trabajo. Y que expresa con sincera angustia sus disculpas. «Ha sido todo por culpa de un jet lag espantoso. Volví de Los Ángeles anteayer y no he pegado ojo hasta la madrugada. A mi bebé también le ha afectado muchísimo y no ha dormido, lo que ha complicado todo», se excusa. Olga, madre primeriza de un niño de ocho meses, medidas de modelo y una belleza más cercana a la mediterránea que a la eslava, se quita las gafas y enseña abiertamente a la persona escondida: una mujer terrenal.

Muy cercana a la que habitualmente refleja el universo de Giuseppe Tornatore, realizador incombustible cuya mirada cinéfila se sublima gracias a personajes de piel como los de 'Cinema Paradiso' (1988), 'Una pura formalidad' (1994) y 'Malèna '(2000). O también como los de su película más reciente, 'La correspondencia' (se estrena el 22 de julio), dolorosa historia de amor a distancia entre una alumna de astrofísica, Kurylenko, y su maduro profesor, interpretado por Jeremy Irons. Un romance incondicional que aspira a perdurar y que avivan mediante vídeos, mensajes de WhatsApp y conversaciones online.

«Me gustaría creer que una pasión sin límites como la que refleja la película es posible en la vida. Sé que hablo de una utopía romántica que idealiza el amor –reflexiona Olga–, pero quiero creer que existe, aunque sea muy excepcional. De todos modos, cuando has amado a una persona la sigues queriendo, es para siempre. Incluso si ha habido peleas, desacuerdos y rupturas. El odio no es sino otra fase del amor».
Empezar un diálogo hablando de sentimientos resulta sorprendentemente espontáneo con Olga, que ha superado dos matrimonios fallidos (el último, con el empresario americano Damian Gabrielle, con quien celebró su boda en Blanes, Gerona) y que ahora saborea la estabilidad junto al periodista, escritor y actor Max Benitz, padre de su hijo, Alexander. Pero todo resulta sencillo frente a esta actriz de temperamento alegre. «Seguramente la relación que describe la película es más intensa y duradera debido a la distancia –continúa–, no se desgasta. ¡Un motivo para estar a favor de Internet y de las nuevas tecnologías!».

Y sale de ella declararse nula a la hora de ponerse al día con el universo ‘app’. «Me da pereza porque todo se renueva constantemente. Eso no quita que la Red sea maravillosa: mantiene conectado el mundo y te da acceso a un sinfín de información. Lo que me entristece es el componente narcisista; la gente se dedica a exhibirse en selfies, a observar pantallas, y se pierde lo que les ocurre a los demás. No dedican tiempo a mirarse a los ojos».

Quizá por ello esta mujer de mundo llena de ruido a su alrededor haya buscado un refugio en el que recuperar el control de su propia vida y, sobre todo, la calma. «Encontré una casita en un pueblo de la Provenza, en Francia; allí me protejo de las prisas. Dejo el móvil, leo mucho y, en verano, miro las estrellas». Curiosamente las mismas que le unen en la ficción a Jeremy Irons y sobre las que aprendió que es en su ocaso cuando enseñan su brillante belleza.
La conversación sigue ágil con una mujer universal que habla con fluidez inglés, francés y ruso. De vez en cuando se aturulla en su afán por comunicarse y lanza alguna que otra expresión italiana para pedir que le digas frases en español que le refresquen el idioma con el que se familiarizó durante el rodaje de Un día perfecto. «Lo practicaba con Benicio –del Toro–, que tiene un gran sentido del humor. Me gusta integrarme y escuchar. Escuchar mucho. Adoro el español». Y confiesa que le ha contagiado el entusiasmo a su madre, Marina Alyabusheva, exbailarina y también residente en Londres, donde recibe clases particulares de flamenco con un profesor español. «Vino a verme a aquel rodaje y se entusiasmó con la Feria de Sevilla. No para de practicar el zapateado, ¡nos vuelve locos!», comenta la actriz entre risas.

Olga, que de niña recibió clases de danza, no acompaña a su madre en esta afición. Sin embargo, su pasión española continuará este otoño, cuando se ponga a la órdenes del carismático Terry Gilliam en 'El hombre que mató a don Quijote', una odisea cinematográfica, mucho tiempo maldita, que el director británico lleva 15 años queriendo poner en pie y que finalmente rodará en escenarios de nuestro país. «No puedo contarte más –por primera vez aparece una Kurylenko precavida–. Pero estoy feliz con este proyecto». Y remata el comentario con una sonrisa de luna llena. Antes le espera una sátira política, 'The Death of Stalin', que rodará en Londres con el director Armando Iannucci y que casi encadena con la que acaba de interpretar en Los Ángeles, Mara, un thriller de terror con el que volvió a la carga tras seis meses dedicada a su hijo. «Me he llevado al niño, claro. Ha estado conmigo en todas partes. ¡Quién me lo iba a decir!».

Con esta exclamación hace elipsis de una biografía incansable y entusiasta volcada en su trabajo, hasta ahora su prioridad. A él se ha dedicado sin poner fronteras desde que, a los 13 años de edad, un cazatalentos la descubrió en el metro de Moscú, la fichó como modelo y la empujó a marcharse a París, con lo que dejó atrás una infancia difícil. «Realmente, era casi un bebé –dice de sus inicios–. Recuerdo mi curiosidad inocente, esa pureza infantil, y también mi instinto para saber a quién debía hacer caso y a quién no. Y la pasión por sentirme al principio de algo bonito, por tener ante mí un futuro lleno de posibilidades en una ciudad tan increíble como París. Eso suponía un gran cambio para una niña criada por su madre en un pueblecito de Ucrania». Se queda callada un minuto para poner orden en esa especie de torre de Babel en la que se ha ido convirtiendo nuestro diálogo.
"Si miro hacia atrás, creo que se han cumplido mis sueños –continúa en francés–. Algunos se han tomado más tiempo, pero, sinceramente, hoy me siento más feliz que nunca. Creo que se debe a que tengo una familia propia. Me resulta muy curioso porque nunca tuve instinto maternal y en mis planes no entraban los hijos. Al contrario: todas mis expectativas estaban puestas en mi carrera, en aprender y en sacarle el jugo a la vida. Tener niños implica una dedicación, y siempre temí que me impidiera hacer otras cosas. He tenido suerte. La maternidad me ha llegado en el momento perfecto. Y lo que me ha sorprendido ha sido comprobar que, de verdad, tener un hijo es increíble. Es lo más bonito del mundo».

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