A solas con Mr. Redford

Sigue siendo todo un seductor en el mejor sentido de
 la palabra. Así es de cerca el actor, director y 
mito más emblemático del cine norteamericano.

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Dice mi compañera Amaya Ascunce (coordinadora de esta web) que el mundo femenino se divide entre las partidarias de Robert Redford y las de Paul Newman. Para mí está claro que desde que Paul se marchó esa dicotomía es futil y que ahora ya-todas-
somos-de-Bob. Así que cuando me confirmaron por teléfono una entrevista cara a cara con el que, a mi parecer, sigue siendo el icono sexy number one, primero decidí volver a creer en Dios y luego contarlo –lo de Mr. Redford, claro– vía mail a toda la redacción. Y el tsunami no se hizo esperar: «¡Pero toma yaaaaa!», «Oh, My Gooooood!» o «Ese déjamelo a mí» fueron los tres primeros comentarios que alunizaron en la bandeja de entrada.

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La visita a Madrid del actor y director norteamericano Robert Redford (Los Ángeles, 1936), dueño y señor de Sundance Channel –en marcha en España a través de Movistar Imagenio desde 2011– pretende publicitar la expansión internacional de su canal (que ahora se establece también en Turquía), y abrir el gusanillo sobre la programación que este enero emitirá en nuestro país. En su parrilla, películas, series y documentales para todos los gustos, así como la cobertura del festival de Sundance de 2013, repleto de estrenos indies, eventos y entrevistas con celebrities de paso por la nevada Park City, en Utah (EE UU). Pero ya fuera por Sun-dance o por San-Petersburgo, los astros se habían alineado para que yo me encontrara en una luminosa suite de un gran hotel frente a los ojos azules de Robert Redford.

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Y sí. Sigue teniendo la sonrisa y el cuerpo ágil de Dos hombres y un destino cuando se acerca rápidamente para estrecharme la mano. Lleva un pantalón vaquero, una camiseta cowboy y una chaqueta de punto negro. «Hola, pero ¿dónde estabas?», bromea como si hubiera estado esperándome toda la tarde. «¿Quieres tomar algo?», me pregunta al estilo Gatsby. «No, gracias», le respondo. Si hay un defecto (minusculísimo, eso sí) que achacar a Robert Redford es que la puntualidad no es lo suyo... Así que dudo en desenfundar y confesarle que mientras aguardaba me he bebido un litro de agua y una jarra de té –los nervios– al tiempo que sondeo disimuladamente las paredes en busca de la puerta del 
restroom, por si acaso. Pero él es más rápido: «¿Eres francesa?». Touché! Me ha confundido con Inés de la Fressange. «No, soy española». «Ah, pero ¡eso es genial!», exclama. (¿....?) «He pasado todo el día atendiendo a la prensa holandesa y francesa, y por fin puedo hablar hoy con alguien de este país...».

Usted es una auténtica estrella de cine. Ha interpretado muchas películas míticas. Pero, sin embargo, luego no las ha visto. ¿Por qué?
No lo sé, la verdad. Quizás porque crecí en Los Ángeles en un ambiente hostil y los chicos con los que salía por ahí eran tipos duros. Los sábados solíamos ir al cine, a ver unos dibujos animados geniales: Flash Gordon, Wonder Woman, Tarzán... Aunque alguna vez íbamos también a ver una película, y entonces nos despachábamos a gusto, nos reíamos, pero sobre todo nos burlábamos de las escenas de amor, gritábamos... Así que la idea de estar en la pantalla o de verme a mí viéndome en el cine... Puf (risas).

Usted nació en Los Ángeles, en la 
cuna de Hollywood, pero paradójicamente escapó de allí en cuanto pudo.
Crecí en un barrio obrero y durante muchos años no tuvimos nada, ni coche: teníamos que ir andando a todas partes. Yo sólo tenía una bici con la que repartía los periódicos, pero no podía salir a ningún sitio. Hasta que me hice algo mayor y comencé a irme de acampada a las montañas. A los 15 años, conseguí un trabajo en el Parque Nacional de Yosemite (California) que me puso en contacto con la naturaleza. Y esa conexión me hizo tan feliz que quise que a partir de entonces formara parte de mi historia.

Y optó por irse a vivir al corazón de Utah y ponerse de su lado...
La naturaleza adoptó un papel tan importante en mi vida que me transformó en un activista medioambiental.

Pero eso no le ha llevado a dar el salto a 
la política de su país. ¿Le tienta hacerlo?
Lo mío es más como lanzar granadas desde el otro lado de la valla. Pero ¿ir hasta allí? No, nunca... Prefiero hacer películas sobre política, y que sean críticas, cosa que ya he hecho. Yo soy bastante escéptico con el proceso electoral de mi país. Nunca he querido formar parte de él porque es demasiado restrictivo y me sentiría con las manos atadas. Y eso que creo que el panorama pinta algo mejor desde las últimas elecciones. Aunque ¿cuánto mejor? Eso aún no lo sabemos...

¿Ha sido difícil defender esa integridad también dentro del negocio del cine?
Creo que hay que evitar caer en los convencionalismos: que si hay que hacer esto o esto otro, tener un agente y un mánager y un peluquero... Yo no necesito nada de eso. Pero siempre he sido así. Cuando era joven, deseaba ser independiente para poder hacer las cosas que quería y como a mí me apetecía. Y muchas veces me equivocaba. Aun así prefería hacerlas a mi modo.

Y así, independientes, surgieron el Sundance Institute y el Sundance Festival.
En 1981 no había nada similar, ni siquiera existía el cine independiente, así que fue un riesgo comenzar un programa sin ánimo de lucro para apoyar a nuevos artistas. Yo les presenté a otros colegas consolidados del mundo del cine: guionistas, actores, directores... que actuaban como mentores. Cinco años más tarde nos dimos cuenta de que esos artistas nobeles terminaban muy bien su trabajo pero no tenían dónde ir. Porque el circuito mainstream no ofrecía ningún espacio para que pudieran estrenar. Así que creamos un festival que aglutinara a todos los creadores y les permitiera poner en común sus trabajos. Fue un riesgo porque lo convocamos en las montañas de Utah en invierno. Lo hice a propósito para que fuera extraño; pensé que sería más interesante hacerlo raro. Y porque yo vivo allí, claro.

¿Qué es lo que el cine le ha enseñado sobre usted mismo?
Esa es una pregunta con miles de respuestas. Cuando iba al colegio odiaba las matemáticas. De hecho, me importaban un pimiento. Mis padres y mis profesores me insistían en que me esforzara, y yo les decía que no las iba a necesitar jamás. Por entonces quería ser pintor, artista. Pero al convertirme en director, me di cuenta de que el 80 por ciento de la dirección se basa en las matemáticas. Así que me enseñó lo que era la ironía. Eso, y la oportunidad de expresarme contando historias como yo quiero.

¿Cuál es su idea de la felicidad?
Estar contigo.

Uy. Muchas gracias.
Así. Tú y yo.

Siga, siga, por favor.
...A mí lo que me hace feliz es la libertad. Para crear, para hacer las cosas como quiero y para seguir lo que me manda el corazón. Tener una familia, vivir en la naturaleza, haber creado cosas que generan a su vez su propia vida, utilizar el dinero que he ganado en el cine para proteger la tierra... Lo cierto es que aún no sé cuál de todas estas cosas me hace sentir mejor.