Zoé Valdés: "Echo de menos La Habana"

Zoé Valdés espera desde su apartamento de Le Marais que  Cuba “sea un país libre y democrático, un país normal, es mi mayor deseo, y entonces volveré”. Tan presente lo tiene que acaba de publicar una novela ambientada en la capital. Al abrir las páginas de La Habana, mon amour podemos leer: “¿Qué derecho más sagrado que el de vivir en el suelo donde se ha nacido?”.

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¿Qué es lo que más extrañas de tu ciudad?

Todo, pero lo que más me falta es la sensación de vivir rodeada de mar, de ese mar que huele tan diferente. Echo de menos el malecón habanero y las calles de La Habana Vieja, que son las de mi infancia.

Si tuvieras que elegir un paraje sería...

Cojímar, que es un pueblecito de pescadores maravilloso, donde también pasé parte de mi infancia y de mi adolescencia.

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Vives exiliada en París desde 1995. ¿Qué te gusta de tu barrio?

Adoro Le Marais, que es donde vivo desde hace veinte años. Me fascina todo, pero reconozco que me encanta perderme en sus calles, museos –entre ellos el dedicado a Picasso– y parquecitos. La Place de Les Vosges es uno de mis lugares predilectos.

¿Nos desvelas tu rincón secreto en la Ciudad de la Luz?

La Place de Furstenberg,  donde se encuentra la casa de Delacroix. Es pequeña, con un árbol central, la habréis visto en varias películas, porque es muy cinematográfica y los cineastas la adoran. Dos de ellas: Gigi y La edad de la inocencia.

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Eres descendiente de canarios e irlandeses. ¿Qué has aprendido de estas culturas? 

También desciendo de China, o sea de tres culturas, que me han impregnado varias cosas esenciales. Tengo de los canarios una cierta suavidad de vida, el genio de los irlandeses y la paciencia de los chinos. He aprendido de la lectura de sus escritores, de la luz de sus pintores, de la fuerza de su música.  

Has conocido Japón. ¿Qué fue lo que más te gustó de Tokio? 

Estuve justo hace un año, con mi hija y con Miriam Gómez, la viuda de Guillermo Cabrera Infante. Fue un viaje extraordinario. De la ciudad me gustó todo: los templos, la Cinemateca, el mercado de pescados, los restaurantes, los barrios antiguos y el parque de Shinjuku, donde florecían los cerezos y las pintoras japonesas los retrataban.  

Sigues teniendo necesidad de pintar, ¿qué temática predomina en lo que denominas tus garabatos?

En los últimos tiempos, e influenciada por la pintura japonesa, me he dedicado a estudiarla y a pintar paisajes nipones, pero a mi manera.  

Has expuesto en Miami, ¿cuál es tu lugar favorito en esta metrópoli?

Es una ciudad fascinante. Me gusta lo mismo la Calle Ocho que Lincoln Road. Adoro ese templo de la música que es Hoy como ayer, y no puedo excluir ningún restaurante, todos me gustan, soy muy golosa, y cuando se trata de comida cubana, mucho más.    

¿Qué queda de la joven guionista del Instituto Cubano del Cine?

Sigo siendo la misma, amando el cine y escribiendo sobre ello de manera oblícua. Es una de mis más profundas pasiones.  

¿Podrías recomendarnos la película que mejor retrate tu país?

Sigue siendo Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea.

Eres muy activa en las redes sociales, ¿qué te aporta esta ventana al mundo?

Pues, sobre todo, estar mucho más conectada con la gente, y también con los lectores o con amigos que viven muy lejos. Las redes sociales, manejadas siempre con cuidado, son un instrumento de comunicación insuperable y parece que esto se va prolongar por largo tiempo.   

En 1996 fuiste finalista del Premio Planeta con Te di la vida entera, el título de una canción de Benny Moré con la que tus padres se conocieron. ¿Qué tema musical marca ahora tu tránsito vital?

Estoy escuchando mucho los cantos yorubas que fueron escogidos y grabados por la escritora y antropóloga cubana Lydia Cabrera en los años 40 y 50. Son el alma de mi país.